Boris Godunov

Se esperaba en el Real esta versión ampliada del Boris Godunov de Musorgski. Pero desde la decisión de su programación por parte de la dirección artística, hasta su estreno esta temporada, han trascurrido tres años, y en todo este tiempo, algunas cuestiones han ido a más y otras, inevitablemente, a menos…

Boris Godunov está basado en el drama histórico homónimo de Aleksands Pushkin y el libro de Nikolai Karamzín, Historia del Imperio Ruso (1829). Musorgski nos cuenta en esta ópera, no solo la historia de un personaje, sino una historia sobre Rusia y el pueblo ruso.

En esta ocasión, y a diferencia de la producción que el mismo teatro ofreció en 2007, han tenido el acierto de ofrecer la versión más completa de 1872 incluyendo, además, la escena de la Catedral de San Basilio y la del Bosque de Kromi. El resultado es una obra mucho más redonda.
La segunda versión, la del 72, más política, se sustenta sobre tres reflexiones principales: la opresión que se puede ejercer desde el poder, cuyo referente es Boris, el populismo y la propaganda, que representa el falso Dimitri, y el pueblo.
El mismo pueblo que al principio de la obra pide el nombramiento de Boris como Zar y al concluir esta pide que maten a ese mismo Zar. A esto se une el análisis más psicológico de la versión de 1869, que presenta a un Boris perseguido por sus fantasmas del pasado. Fantasmas representados por niños que aparecen en sus delirios.

Varios son los aspectos que llaman la atención de esta obra. El primero pone de manifiesto la genialidad de su compositor. No resulta fácil imaginar a un funcionario que al llegar a casa, harto de trabajar, se dedique a la composición de tan importante obra operística. Y que ésta sea, además, referente e influencia para compositores como Debussy, Messiaen o Berg. Y es que nadie como Musorgski ha establecido, después de
Monteverdi, tan acertadamente la relación entre la música y la historia que narra, creando un universo sonoro completamente diferente al de sus contemporáneos.

El aspecto escénico es una de las primeras desilusiones con las que nos encontramos. La escasez de presupuesto, excusa para un pobre vestuario, no justifica sin embargo un mastodóntico edificio más propio de la antigua Unión Soviética. El director escénico Johan Simons ha creado un escenario abierto, gris, frío y decadente. Sobre éste se despliega una pasarela donde desfilan los personajes que detentan el poder mientras el pueblo observa o participa desde un escalón inferior.
La escenografía está llena de elementos comunes en las modernas producciones que ya empiezan a resultar un poco aburridas por exceso de utilización. La filmación y proyección simultánea, el vestuario actual o la frialdad y fealdad del escenario.
Transmite Simons una atmósfera opresiva, la que padece el pueblo ruso y también el atormentado Boris.
Tampoco fue acertado en esta ocasión el vestuario con el que algunos de los personajes principales quedaran descontextualizados, algo que en una obra como esta es imperdonable.

En la pretensión de establecer un claro paralelismo entre la Rusia descrita por Musorgski, y la actual, Simons ha cubierto con pasamontañas el rostro de algunos miembros del coro, haciendo una explícita alusión al grupo de punk ruso Pussy Riot. Recordar que algunos miembros de este grupo fueron recientemente condenados por la emisión de un vídeo en la Catedral del Cristo Salvador de Moscú, bajo la acusación de “socavar el orden social”.
El mensaje es claro, entonces y ahora, como explica Simons, “los individuos anónimos, aquí mediante un pasamontañas como las Pussy Riot, pueden ser condenados y destruidos, pero las ideas continúan en otros. Teoría que sirve igualmente para el plano político y para el religioso”.

Pero hablemos de los personajes, y empecemos por el más importante, el pueblo, el Coro, acompañado por los Pequeños (grandes) Cantores de la JORCAM. Con un volumen de sonido y de expresividad tan contundente que consiguen escenas realmente sobrecogedoras, como la escena polaca. El Coro es uno de los elementos de los que este Teatro puede sentirse muy orgulloso, y en esta ocasión han sido extraordinariamente dirigidos por Haenchen.

El otro protagonista de la ópera, Boris, interpretado por Günther Groissböck, es otra desilusión de la noche. Boris tiene una personalidad que hace que sus ausencias sean casi más importantes que sus apariciones en escena, por eso queda desdibujado al no responder a tanta expectación. Es una voz lustrosa, pero de escaso porte y entidad. Godunov debora a Groissböck.

No ocurrió lo mismo con Pimen, en la voz de Dmitry Ulyanov. El viejo monje de voz untuosa y graves extensos y severos, que otorgan al personaje la autoridad necesaria para desvelar, a través de su crónica de la historia de Rusia, la trama que Boris urdió para asesinar al pequeño Dimitri, hijo de su antecesor Iván el Terrible y auténtico heredero.

El príncipe Chuiski, de Marguita, posee un agudo brillante, de un metal claro y bien templado para un personaje intrigante en la Duma. Una pena que la mala dirección de actores no le ubicase más adecuadamente en el escenario. El traje gris marengo tampoco le otorgaba el empaque merecido.
Grigori, el falso Dimitri, interpretado por Michael König, fue otra de las decepciones. Sus agudos fueron en algún momento desagradables y su corpulencia, poco apropiada para el personaje, dificultaba sus movimientos entre los empleados del Real que circulaban por el escenario, para asombro de muchos, portando mesas y sillas.

Anatoli Koscherga creó un Varlaam acertadamente histriónico. Julia Gertseva, Marina, más brillante en los tonos medios que en algún agudo que no supo resolver, pero su voz es compacta y tersa.
La dualidad del “idiota”, que le permite a través de la inocencia, decir la verdad sin miedo a ser tenido en cuenta, y la profunda inteligencia de sus observaciones. A menudo el idiota es el único que acierta. No se puede decir lo mismo del pueblo. Viene a colación una frase de Stuart Mill, “la sociedad quedará abrumada por el peso de la mediocridad colectiva”.

Hartmut Haenchen, que la pasada temporada dirigió en este Teatro una enorme Lady Macbeth de Shostakovich, ha ofrecido aquí una dirección sobria y eficiente. Se le podría exigir un poco más de refinamiento en los matices,pero ha sonado una partitura rotunda que probablemente fuera muy del gusto del compositor. Tal vez la coincidencia de ambos en vivencias totalitarias, Haenchen viene de la Alemania del Este, favorezcan una mayor atención a elementos más frugales que pirotécnicos. Su dirección del coro, tal vez haya superado a la de la orquesta.

El entusiasmo del público al término de la representación, fue más bien contenido. ¡Despierten los que están dormidos! La ópera es muy grande, se escucha, se ve, se siente, se disfruta y, en ocasiones como esta, se piensa…

Boris Godunov
Modest Musorgski (1839-1881)
D. musical: Hartmut Haenchen
D. escena: Johan Simons
D. coro: Andrés Máspero
Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real
Pequeños Cantores de La JORCAM
Groissböck, Kadurina, Yarovaya, Margita, König, Gertseva,
Nikitin, Kotscherga, Vázquez, Popov, Nekrasova

Publicado en Críticas