Così Fan Tutte

Cosi Fan Tutte

Y Haneke llegó a Madrid, a dirigir el “Così fan tutte” con 5 candidaturas a los Oscar y acompañado de un considerable revuelo mediático. Una, que no termina de acostumbrarse a los directores de escena erigidos en protagonistas únicos de las actuales representaciones operísticas, me temía lo peor. Pero no hay nada que temer, es cierto lo que dicen, Haneke es un maestro.

La intensidad de las emociones no son siempre sinónimo de tormento. Como muy bien explicó Haneke sobre el sufrimiento que pueden llegar a infringir sus películas, “es quien sufre con ellas quien debe preguntarse por qué, ya que no es mi intención hacer sufrir”. Y así ha tratado y resuelto la dirección escénica de esta obra, con intensidad, aprovechando que se trata de la obra más profundamente elaborada de Mozart. Un Mozart convulso en el momento de su composición y que así queda reflejado en la partitura. Sin duda, de las más bellas que escribió.

Pero empecemos a desmenuzar los entresijos de esta representación. Nada más entrar nos encontramos con la agradable sorpresa del regreso al programa de mano de 32 páginas en sustitución de la ridícula cuartilla que se viene distribuyendo últimamente. Esperemos que esto sea un gesto definitivo.

El izado de telón desvela el misterio tan celosa y ridículamente guardado durante meses. Un gran ventanal separa el interior de un palacete barroco del siglo XVII italiano. En el exterior, una balaustrada napolitana y columnas atemporales que ofrecen una gran profundidad, dejando ver el cielo y la luz que serán uno de los protagonistas en permanente movimiento, pasando de un esplendoroso día a una noche estrelladamente cerrada. Ambos efectos de una indudable belleza.
En el interior, de una elegante simplicidad, los únicos elementos son la chimenea y la logia napolitanas, unos sillones de corte moderno y, como contrapunto a este esplendor, un frigorífico que es casi un protagonista de la obra ya que es permanentemente visitado por todos los personajes.
Sobre el escenario se produce una interesante simbiosis entre el siglo XVII y el XX. Se entremezclan sin mezclar y muy elegantemente, personajes y vestuario de ambas épocas. Una fusión perfecta que provoca la identificación indistinta y sutil.

Mucho tiempo habían dedicado Mortier, Cambreling y el propio Haneke a la selección, mediante audiciones, del conjunto de cantantes más adecuados. El resultado es de un equilibrio musical e interpretativo muy notable. Todos dentro de una cierta discreción. Destacar al joven tenor Juan Francisco Gatell. Interpretó con gallardía “un aura amorosa”, dotado de un hermoso timbre, aunque con ligero trémulo, aspira a una importante carrera.
Otra de las voces sobresalientes fue la Fiordiligi, interpretada por Anett Fritsch. Alejada de sutilezas y refinamientos pero con un instrumento poderoso en la proyección, amplio y con gran capacidad. Daba la impresión de haber podido cantar todo lo que se le hubiera puesto esa noche por delante.
Se echa en falta en los cantantes, no se si dada su juventud, o el respeto reverencial al exigente maestro ausente, de cierta carga de profundidad dramática en la interpretación de las arias. Una obra tan llena de ímpetus se requiere escuchar con más órganos que los auditivos.
Han brillado los conjuntos, más importantes en esta ópera que las arias. Los dúos han hecho gala de una extraordinaria compenetración.

La dirección musical a cargo de Cambreling hay que dividirla en dos partes. Teniendo siempre en cuenta que Mozart no es precisamente su especialidad. La primera parte resulto algo lenta por la falta de brío. Cosa muy distinta fue la segunda parte, resuelta con brillantez y energía.
La manera deliberada en que Cambreling y Haneke han marcado el tempo musical y dramático, incorporando los silencios significativos, se fueron entendiendo mejor a medida que avanzaba la obra. Estas pausas valorativas a las que Haneke nos tiene acostumbrados en sus películas, resultan aquí acertadas cuando son el complemento a los momentos de mayor intensidad. Permiten respirar profundamente la escena que se acaba de presenciar. Los recitativos llevan todo el peso interpretativo y se convierten en un elemento dramático conductor fundamental, situando la escena de manera precisa.

De la mano de Haneke se respiran los movimientos, los detalles, nada está dejado a su suerte. Todo lo que sucede, y lo que no, es deliberado. Una magnífica dirección de actores que permiten una visualización escénica de una distribución perfecta.
Sin darte cuenta, una historia que parece inverosímil, se convierte en perfectamente creíble y de la que se espera el final con entusiasmo, un final sobradamente conocido pero del que se espera sorpresa.

Un Così fan tutte para disfrutar plenamente y para una reflexión final. ¿Qué se diría de esta misma producción si el maestro de escena no fuera Haneke?.

COSÌ FAN TUTTE
Teatro Real, Madrid, 26 febrero 2013
W. Amadé Mozart (1756-1791)
Dramma giocoso en dos actos
Libreto de Lorenzo Da Ponte
Nueva producción del Teatro Real. Coproducción con De Munt La Monnaie de Bruselas
D. musical: Sylvain Cambreling
D. escena: Michael Haneke
Escenógrafo: Christoph Kanter
Figurinista: Moidel Bickel
Iluminador: Urs Schönebaum
D. coro: Andrés Máspero
Orquesta y Coro titulares del Teatro Real
Fiordiligi: Anett Fritsch
Dorabella: Paola Gardina
Guglielmo: Andreas Wolf
Ferrando: Juan Francisco Gatell
Despina: Kerstin Avemo
Don Alfonso: William Shimell
Clave: Eugène Michelangelila

Publicado en Críticas