La Flauta Mágica

La Flauta Mágica

Con las funciones de Die Zauberflöte, termina la presente temporada de otoño, invierno y primavera en el valenciano “Palau de Les Arts”, que ha sabido conjugar los inevitables recortes presupuestarios, con una programación a base de cinco títulos de diferentes repertorios: La Bohème y El barbero de Sevilla, junto a dos óperas de Verdi –estamos en el 200 aniversario del compositor de Busetto- una popular y superconocida como Rigoletto, y otra mucho menos representada, pero de indudable atractivo como I due Foscari, con la siempre carismática presencia de un Plácido Domingo, metido en roles baritonales, pero conservando su atractivo timbre, y una línea de canto verdaderamente impensable para sus setenta y dos años.

Pues bien, todas esas producciones contaban con magníficas escenografías, a las que se suma la minimalista pero muy atractiva propuesta escénica de la mozartiana Die Zauberflöte.
A pesar de la reducción de títulos con respecto a años anteriores, el Palacio de la Ópera Valenciano, ha cuidado al máximo los resultados musicales, vocales y escénicos de cada una de sus óperas programadas, a las que Brío Clásica está dedicando extensas y didácticas reseñas.
Die Zauberflöte es una obra a la que podría denominarse de diferentes maneras: gran ópera, como la llamó Mozart, también podría adscribirse al género de la opereta vienesa o también a un “singspiel” como en el caso de El rapto en el serrallo. También como un cuento de hadas.
Sin embargo, su manifiesta iconografía masónica resulta evidente, ya que de principio a fin, toda la temática de esta ópera nos remite a la francmasoneria. Ténganse en cuenta que Wolfgang Amadeus Mozart era masón, y su ópera resulta un encendido canto a la fraternidad universal. Sus dos protagonistas principales el príncipe Tamino junto con su amada Pamina, son introducidos en el rito iniciático masónico.
Podría pensarse que esta ópera es sólo una parábola de la lucha entre el bien y el mal, de lo ridículo y lo sublime, de elementos masculinos y femeninos. Sin embargo, Die Zauberflöte puede considerarse una obra genial que reúne todas estas contradicciones, ensalzando el amor asociado a la búsqueda de la verdad, la solidaridad mutua, la justicia, la fraternidad y la tolerancia.

Como en todas las grandes creaciones operísticas mozartianas, el canto debe prevalecer en su estado más puro: depurada técnica, calidad vocal, gran expresividad.
Dentro de la tipología vocal que requiere La Flauta Mágica, el personaje de La Reina de la noche precisa una soprano dramática de absoluto dominio de la coloratura, unido a empuje y bravura. Ese tipo sopranil existente en los tiempos de Mozart, y retomado en algunas óperas de Bellini y Donizetti, por sopranos como Giuditta Pasta, Giulia Grisi, y en tiempos más recientes por la gran María Callas: ya no existe. Por tanto, el rol de La Reina de la noche lo desempeñan lírico-ligeras de gran extensión y fácil dominio de las agilidades.
En cuanto a los dos papeles principales de Pamina y Tamino, requieren respectivamente: una soprano lírica de cierta anchura, buen legato, dominio de las regulaciones dinámicas; y, sobre todo, una muy depurada línea de canto; y un tenor lírico de suficiente anchura para afrontar momentos heroicos y dramáticos.
Y, el personaje de Sarastro, de gran importancia durante toda la ópera, requiere un bajo profundo con un canto de gran nobleza.
Finalmente, citemos, el personaje baritonal del pajarero Papageno, que debe conjugar una actuación cómica y desenfadada, con momentos más serios y de cierto dramatismo.

Dicho todo esto, para poner al lector en antecedentes, quiero realizar un comentario siempre constructivo de esta producción del Teatro Regio di Parma de La Flauta mágica, que se representó en el transcurso de seis funciones el pasado mes de abril en el Palacio de Ópera Valenciano: en primer lugar, que se puede realizar una puesta en escena –atractiva- de matizado minimalismo, creada por Simon Corder, también responsable del muy acertado diseño luminotécnico que le saca tremendo partido al muy sencillo montaje escénico. Destacar, los expresivos números de ballet, excelentemente resueltos por acrobáticos bailarines, con la magnífica coreografía de Duncan Macfarland.
El Coro de la Generalitat Valenciana (como siempre) realiza una sobresaliente actuación dirigido por su titular Francesc Perales, destacando, sobre todo en el impresionante y muy emotivo coro del Acto II.
Siempre es preciso comentar la gran calidad de la Orquesta de la Comunitat Valenciana, plagada de magníficos profesionales capaces de adecuarse a variopintos repertorios: en este caso la música de Mozart, siempre de gran altura sinfónica, y que el director supo exponer con absoluta brillantez.
En el plano vocal habría que resaltar la actuación vocal y escénica de la joven soprano italiana Grazia Doronzio, quien realizó una sobresaliente actuación como Pamina, estando magnífica en todas sus intervenciones, sobre todo, en su muy complicada aria del Acto II, “Ash, ich fühl’s (¡Ay, tengo el sentimiento)”, cumpliendo en un amplísimo porcentaje, todas las bondades vocales que requiere este personaje, ya apuntadas más arriba; y, mostrándose –pese a su juventud- en la línea de otras grandes Paminas como, por ejemplo: Elisabeth Schwarzkopf, Gundula Janowitz, Annaliese Rothenberger o nuestra Pilar Lorengar.
Cabe también destacar el magnífico Sarastro del bajo coreano In-Sung Sim, con una bella y noble línea de canto. Su actuación resulta muy brillante a lo largo de toda la ópera, destacando en su aria del Acto II “In diesen heil’gen Hallen.
Notable y graciosa actuación como Papageno del barítono Thomas Tatzl, junto a la Papagena bien cantada y actuada de Helen Kearns, quien muestra una gran flexibilidad corporal, al estar totalmente encorvada durante bastante tiempo, para luego aparecer como una chica joven y esbelta que embelesa a Papageno.

Dejo para el final lo que considero más flojo de todo el reparto: La Reina de la noche de la soprano Mandy Fredrich, quien cantó muy discretamente su aria del Acto I “O zittre nich, mein lieber sohn! (Este retrato es encantadoramente bello)” para mejorar en su endiabladamente difícil aria del Acto II “Der Hölle Rache..” (¡La venganza del infierno..)”
El Tamino de Daniel Johansson, está, más o menos aceptable, en sus intervenciones con Pamina, Papageno y Sarastro.
Ya, los resultados son más discretos en su gran escena del Acto I “Dies Bildnis ist bezubernd schón (¡Este retrato es encantadoramente bello)”, si le comparamos con un Fritz Wunderlich (el mejor Tamino de la historia), o con la elegantísima creación del joven Nicolaï Gedda, junto a la Pamina de Elisabeth Schwarzkopf, y el Papageno de Giuseppe Taddei, en la magnífica toma en directo de 1953, dirigido por la flamígera batuta de Herbert von Karajan; e, incluso, la excelente creación, en tiempos más recientes, del mejicano Francisco Araiza, en la toma en video de 1991, dirigida por James Levine desde Metropolitan de Nueva York.
En fin, una notable Flauta mágica, sobre todo por algunos de los cantantes.

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