Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny

Mahagonny

Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny: “Cada uno se hace su cama en este mundo”

Teatro Real, 19.50h. Es el inicio de temporada y los palcos están relucientes. La gran araña central ilumina los nuevos y sedosos vestidos que acompañan a las perfumadas damas que, a su vez, acompañan a sobrios y elegantes caballeros. Todo es expectación y glamour, todo es exquisitez y lujo. Por favor, desconecten sus teléfonos móviles.
Sube el telón y un gran estercolero aparece ante nosotros, y todo junto y a la vez comparte el mismo espacio. Uno es consecuencia del otro y esto es lo que Kurt Weill nos quiere mostrar. Esa es la grandeza de Mahagonny.
Dos años dedicó Weill a trabajar sobre esta obra. Años de entre guerras. Los años 20 y 30 fueron lo suficientemente estimulantes como para hacer de ellos los de mayor creatividad musical y operística de toda la historia. Se aglutinaron en aquel momento ritmos, géneros, compositores, intérpretes, escritores… El clasicismo convivía con una explosión de música y literatura representada por Kurt Weill, Alban Berg, Korngold, Schomberg… Autores de obras que bien podían haber sido escritas ayer mismo. Tal es el caso de Mahagonny. Una obra que apuntaba entonces de manera acertada el futuro, y que la casualidad ha querido que esta producción aterrice en Madrid, precisamente en este momento. La lucidez de la música de Kurt Weill y el libreto de Bertolt Brecht, han provocado las mentes, siempre hirviendo, de Alex Ollé y Carlus Padrissa. Nos han situado delante de nuestros propios detritus. De la decadencia de una sociedad fantasma, zombie, donde se representan, de una particular manera, los siete pecados capitales.
Un escenario cargado de basura y de una gran plasticidad, llena de volúmenes que no dejan de crecer a lo largo de la obra. Como solo un basurero crece.
Los componentes de La Fura dels Baus han planteado en esta ocasión un escenario sobrio, sencillo, sin las grandes producciones metalúrgicas y tecnológicas a las que nos han acostumbrado últimamente. Solo montañas de basura que se cubren, a veces y como en cualquier ciudad, de aparentemente aterciopelados campos de golf que, pretenden tapar aquello que más pronto que tarde acabará deglutiéndolos.
Sobre el escenario todo se hace de manera compulsiva y alienada. Todo se consume de forma colectiva e instintiva, desde comer, sobre un gran comedero industrial como pollos en una granja. O el sexo, practicado multitudinariamente y de manera mecánica. Una escena “porno” muy bien resuelta, incluso, elegantemente resuelta sobre colchones que se mueven al gracioso ritmo de la música.
Todo ello iluminado genialmente por Urs Schönebaum, que contribuyó al ambiente delirante de la ciudad.
La música fue una agradable sorpresa. Mucho más compleja de lo que se podía esperar. Intercalaba canciones con un cierto aire de musical que, lejos de desmerecer a la obra, proporciona una gran vitalidad. Una música llena de energía, por momentos trepidantes, fruto de la joven batuta (aunque dirige sin ella) del director granadino Pablo Heras-Casado. No se arredró y dirigió con firmeza y brío hasta el réquiem final a una Orquesta del Teatro Real que estuvo brillante. A destacar, sobre todo, la sección de metales.
El reparto formó un conjunto muy equilibrado. Algo que pocas veces ocurre y que hizo subir la media de calidad de la representación.
No hubo voces que resaltaran de manera sobresaliente. Jenny, interpretada por la soprano canadiense Measha Brueggergosman, puso voz a una interpretación magistral. Es una Jenny espectacular aunque algo escasa de potencia. Fue de menos a más, una lástima si tenemos en cuenta que la pieza más conocida es al principio, “Alabama Song” en la que faltó una voz más plena y potente. No fue así en el momento de seducir a Jim, fue de una sensualidad canora fantástica.
El peso de la obra en el segundo y tercer acto, recae sobre la voz de Jim Maclntyre, interpretado por Michael König, un tenor ligero, pero provisto de una voz con matices metálicos y brillo. Papel casi wagneriano por lo exigente y resuelto muy dignamente.
El resto del reparto muy equilibrado, los roles estaban perfectamente definidos, incluso el físico era el adecuado. El tono de los recitativos impregnó a los delincuentes venidos a gobernantes de potestad y vigor ante los peculiares habitantes de la nueva ciudad. La mezzosoprano norteamericana Jane Henschel, con una voz sólida y segura como su personaje. El tenor Donald Kaasch con un buen registro medio y voz ágil, además de dotar a su personaje de gran comicidad. Destacar también al bajo-barítono jamaicano Willard White y el tenor John Easterlin. Este último demostró su paso por Broadway con una interpretación casi buffa de su personaje.
Otra de las novedades fue el coro. A falta de algunos ajustes en los ataques, el empaste, y algún divo que anda suelto, lo que hemos escuchado resulta muy prometedor después de un año de travesía por el desierto. Potencia y calidad y unos pianos apreciables. Un coro que, no solo canta, también interpreta y monta/desmonta escenarios. Unas voces de gran calidad que bajo la dirección de Andrés Máspero prometen grandes momentos.

Kurt Weill (1900-1950)
Libreto: Bertolt Brecht
D. musical: Pablo Heras-Casado
D. escena: Alex Ollé, Carlus Padrissa.
Reparto: Jane Henschel, Donald Kaasch, Willard White,
Measha Brueggergosman, Michael König, John Easterln, Otto Katzameier,
Steven Humes
Orquesta y Coro del Teatro Real de Madrid
2 Octubre 2010

Publicado en Críticas