Orfeo y Euridice, la plasticidad de Pina Bausch

“La danza corre el riesgo de disolverse si continúa narcisistamente contemplándose a sí misma…. Las fronteras entre teatro, plástica, danza y literatura se difuminan en un espejo que le devuelve su imagen ampliada y, hasta cierto punto deformada de sus propios orígenes siendo y no siendo ballet, siendo y no siendo teatro, plástica, danza literatura e incluso filosofía”.
(Adolfo Vásquez Rocca, Pina Bausch: Danza Abstracta y Psicodrama Analítico)

Gluck quiso a través de su obra reformar la ópera que hasta ese momento había marcado el barroco. Quiso aligerarla de todo aquello que era accesorio y que solo servía para sobrecargarla. En Orfeo y Euridice (1774), como en Ifigenia en Tauride (1781), quería situar en plano de igualdad los distintos elementos que la componía, y de este modo lo expresaba: “La voz, los instrumentos, todos los sonidos, incluso el silencio, deben servir a un mismo objetivo, la expresión; y la unidad entre las palabras y el canto debe ser tan estrecha que la poesía no parezca tener menos importancia que el canto, ni la música menos que la poesía”.

Pina Bausch, la bailarina y coreógrafa alemana que revolucionó la historia europea de la danza del siglo XX, eligió en 1975 la primera versión de Orfeo y Euridice que compuso W. Gluck en 1774, creando una ópera danzada en la que la coreógrafa trata de respetar el principio marcado por Gluck en sus composiciones. Uniendo, a las expresiones artísticas que la conforman, la danza. Lo hace construyendo un paralelismo entre voces y bailarines cuyo resultado es la fusión de ambos elementos sobre el escenario.

Esta versión, en la que los dioses no permiten el encuentro de los amantes, fue dividida por Bausch en cuatro cuadros, Duelo, Violencia, Paz y Muerte. Reflejando desde el primer momento el protagonismo que Bausch otorga a las emociones producidas por la danza. Del mismo modo que Gluck, Pina Bausch despojó la danza de todo lo accesorio. El resultado fue lo esencial. Ese lugar desde donde solo los genios parten para la construcción de sus obras.

En la primera escena, “Duelo”, Euridice aparece subida en una elevada silla, inmóvil, con una estética casi de Macarena andaluza. Un árbol seco y con sus raíces aparece tumbado sobre el escenario. Siendo este un elemento con una gran carga simbólica. Todo ello dentro de un gran cubo blanco donde comienzan a desenvolverse los bailarines. Dan paso a la “Violencia”. Las fuerzas del infierno son las que intervienen en este acto. Las Furias tejen el laberinto con hilos blancos mientras se produce la danza de los “Can Cerberos” que cuidan las puertas del infierno para que los muertos no puedan salir, y los vivos no puedan entrar.

Después llega la “Paz”, el momento de recogimiento entre Orfeo y Euridice, aunque son conscientes que el momento de la separación se acerca. También es un momento de sosiego tras la intensa y violenta escena del infierno.
En el momento de la “Muerte”, como los anteriores, está cargado de intensidad, Euridice aparece vestida de rojo y Orfeo aparece contenido y taciturno. Aparecen de nuevo los Can Cerberos que impiden que Orfeo acompañe a Euridice en su viaje al infierno, separándoles para siempre.

Las voces, elementos imprescindibles en esta ópera danzada, estuvieron a gran altura. Maria Riccarda Wesseling, interpretó un Orfeo intenso, dramático, potente y lleno de expresividad. Fue la más aclamada por el público. Sus Orfeos danzantes Stéphane Bullion y Nicolas Paul estuvieron muy contenidos en algunos momentos, Bullion incluso soso.

Yun Jung Choi, como Euridice, posee una voz magnífica y bien timbrada, potente y ágil que, unida a la expresividad de Marie-Agnès Gillot y Alice Renavand, construyeron una Euridice llena de plasticidad y emoción.

El papel de amor fue interpretado por una Jaël Azzaretti de voz chillona y desagradable. Lejos de la elegancia de Charlotte Ranson, que con sus movimientos daba vida al Amor más delicado.

Una magnífica dirección musical a cargo de Thomas Hengelbrock al frente de su orquesta y coro, Balthasar-Neumann-Ensemble y el Balthasar-Neumann-Chor. Una orquesta nada multitudinaria pero suficiente, y un coro que desde el foso y sin partitura, ha resuelto con elegancia los fragmentos más dramáticos de la obra.

La delicada exquisitez con la que el Ballet Nacional de la Ópera de París interpreta esta creación de Pina Bausch, ha sido recibida por el público de Madrid con entusiasmo y gran reconocimiento. Ojalá el Teatro Real convierta en tradición la presencia de las mejores compañías de danza cada temporada. Algo a lo que también nos ha acostumbrado Gerard Mortier. Brigitte Lefèvre, Directora de la Danza de l´Opéra de Paris, recordó a los desaparecidos Gerard Mortier y Pina Bausch refiriéndose a ellos, “Siempre tuvimos sus ojos y su espíritu, y ya no los tenemos. Soy muy optimista porque creo que ambos están ahí de algún modo, eso es el arte”.