Rocío Márquez y el arte de la vanguardia

Rocio Márquez

“Ángeles negros traían pañuelos y agua de nieve.” Este pequeño fragmento de Los pelegrinitos de García Lorca es el nombre del espectáculo que el sábado 28 de febrero tuvimos la suerte de ver quienes estábamos en el Teatro Real. Asistimos al nacimiento de una nueva dimensión del arte flamenco. En primer lugar, porque el flamenco no puede hacer otra cosa que crecer, que elevarse. Y en segundo lugar, porque quienes esa noche sembraron el escenario de duendes, son algunos de los que han hecho, hacen y harán historia en este arte.

El propósito, homenajear a García Lorca profundizando en su obra y complementar, de manera extraordinaria e inusual, la ópera El público que del mismo autor se representa estos día en el Teatro.

Sobre el escenario apareció, junto al maestro Pepe Habichuela, Rocío Márquez. La joven onubense que tras el esfuerzo inicial de embridar unos nervios cargados de emoción, empezó a desgranar obras de los recopilatorios “Libro de poemas” y “Canciones populares antiguas”, de Lorca.

Con los “Tangos del escribano” apareció en el escenario Leonor Leal. Su baile, cargado de frescura y elegancia, con la mayor de las tradiciones a cuestas, dejó de manifiesto el horizonte infinito que posee el flamenco.

El momento más valiente llegó con Proyecto Lorca. Juan M. Jiménez al saxo, Antonio Moreno en la percusión y Daniel B. Marente al piano, vistieron de jazz y barroco los quiebros flamencos de la voz de Rocío Márquez. Solo las artes puras se complementan ejerciendo una presión que destapa la caja que las contiene. Como una mecha que corre hasta liberar toda la energía contenida y mezclada durante tiempo.

En los últimos compases del concierto, la guitarra de Miguel Ángel Cortés y la voz de Arcángel acompañaron en el escenario a Márquez que en este punto del concierto, había demostrado ya que 29 años son suficientes cuando el arte es el germen. Un aparente caos de sonidos y voces tomo la sala como por asalto. Llenó el Teatro de una grandeza humilde de la mano de “Anda, jaleo” o “Los cuatro muleros”. Y todo quedó cubierto de duende, de historia, de tradición y de futuro…

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