Vida y Muerte de Marina Abramovic

Marina Abramovic

Una vez más, y ya son varias esta temporada, una pregunta cargada de tendenciosidad se repite al salir de una representación en el Teatro Real, ¿pero, esto es ópera?. Evidentemente, no. Si embargo, es casi imposible no darse cuenta de la cantidad de similitudes de peso que un obra como “Vida y muerte de Marina Abramovic” tiene con obras del repertorio clásico. La escenografía, los tableaux, la comedia, la tragedia, la emoción, la prima donna, incluso la muerte final de la protagonista.

Nunca un espectáculo, pretendidamente operístico, había despertado tanta expectación en la reciente historia del Teatro Real. Tal vez habría sido más acertado que fuera esta producción, y no C(h)oeurs, la que hubiera estado fuera de abono. Aún así, no se habría podido responder a las peticiones de entradas. Tal era la expectación.

A la sala no se puede acceder hasta diez minutos antes de dar comienzo el espectáculo pero al entrar, te das cuenta de que ya ha comenzado. Mientras el público, un tanto desconcertado por la espera y por la penumbra de la sala, intenta localizar sus asientos, tres doberman merodean por el escenario alrededor de tres féretros ocupados por Marina Abramovic.
Este momento de quietud que dura unos quince minutos es, según comentó divertida la propia Marina Abramovic en rueda de prensa, el momento que más le ha costado. “He tenido que desarrollar mucha paciencia. He pasado tantas horas ensayando este momento que, cuando muera de verdad, pensaré que se trata de un ensayo”.

Las luces y la escenografía son, como es habitual en los trabajos de Robert Wilson, muy cuidados estéticamente, y de una delicadeza casi infinita. Una sublime iluminación creaba una atmósfera cargada de intensidad y magnetismo en la que se encajaba, con gran precisión, las proyecciones, los sonidos y los movimientos estáticos con los que se desenvolvían los actores sobre el escenario, como si se tratase de una obra simbolista. Wilson ensambla con gran coherencia y elegancia los distintos estilos y materiales con los que trabaja.
Los instantes iniciales se acompañan de un sonido grave y continuo que se hace cada vez más intenso. En ese momento comienza a escucharse la voz impactante de Svletana Spajic. La severidad y melancolía de estas voces tradicionales, cargadas de la difícil historia servia, ayudan a fijar perfectamente al personaje. Cada elemento que se va sumando a la escena, ya sea voz, luz, sonido, imagen o palabra, añaden dramatismo e intensidad. No existe un momento de descanso. Tan solo hay alguno en la primera parte que parece hacerse eterno. Pero todo es expectación a la que contribuye, de manera espectacular, la expresividad, maestría y humildad con la que Willen Dafoe ejerce de maestro de ceremonias. Unas veces como narrador, otras como protagonista, otras, simplemente, como un soldado más, pero siempre como un elemento imprescindible. Cuanto tienen que aprender los actores españoles, sobre todo humildad.
Dentro de una obra tan emocional como esta, los elementos que más profundidad la imprimen son las voces. Muy acertada la actuación del contratenor alemán Christopher Nell.

Los músicos, encabezados por Doug Eieselman, componen una variedad de mundos diferentes que se superponen unos a otros de manera mágica. Sonaban como un pálpito de fondo a las proyecciones que aparecían sobre algunas de las performances de Marina Abramovic.

Otro de los triunfadores de la noche fue Anthony. Cuenta Marina Abramovic que la primera vez que le escuchó cantar no pudo reprimir el llanto por la emoción que le produjo. Las veces que Anthony aparece en escena es lo más parecido que he visto a la expectación que levanta una diva antes de iniciar el aria más importante y esperado de la noche. Sus temas son melódicamente sencillos, pero su forma de interpretarlos, su voz, hipnótica y sugerente, personalísima y cargada de intimidad y fuerza, dejaba sobrecogido al público que, hipnotizado, tardaba unos instantes en reaccionar. Aparecía siempre en los momentos más graves de la historia acompañado únicamente por el piano y siempre para dulcificar, para poner el contrapunto a la tragedia. Una voz que calma y eleva las palabras a la dimensión de los sueños.

Al final, la aparente protagonista queda en un segundo plano. El espectáculo no es una performance de Marina Abramovic, ni siquiera es ella el objeto de estudio. Es la materia de estudio, o mejor aún, el pretexto. Ella pierde el protagonismo en favor de los elaboradores y narradores de la historia. Ahí está el mérito de Marina Abramovic, el haber reunido en torno a ella a un grupo de geniales biógrafos.

The Life and Death of Marina Abramovic
Teatro Real, Madrid, 19-4-2012
Encargo y producción del Teatro Real
Una creación de Robert Wilson, Marina Abramovic y Anthony
Willem Dafoe, William Basinski, Svetlana Spajic, Jacques Reynaud, A. J. Weissbard, Ann-Christin Rommen, Wolfgang Wiens, Nick Sagar,
Joey Cheng, Tomasz Jeziorski, Dan Bora, Ivan Civic, Amanda Coogan, Andrew Gilchrist, Elke Luyten, Christopher Nell, Kira O´Reilly,
Anthony Rizzi, Carlos Soto, Svetlana Spajic Group, Doug Wieselman, Gael Rakotondrade, Matmos, Oren Bloedow

Publicado en Críticas