Ganadores del Premio de Relato Corto del Teatro Real

María Llorens Cortés, con el relato titulado El descanso de Pélida, y Eva María Torrecilla, con la obra La fecha de Apolo, han obtenido ex aequo el primer premio de Relato Corto Teatro Real para Jóvenes convocado el pasado mes de febrero, con motivo del estreno de Aquiles en Esciros, de Francesco Corselli, cuyo tema era el mito de Aquiles.

En la misma convocatoria han resultado finalistas Javier Quevedo, con Fantasmas, y Miguel Reviriego Antón, con Última Misiva antes de salir a la batalla.

El jurado, formado por los periodistas y escritores, Concha Barrigós, redactora jefe de cultura de la Agencia EFE; Jesús García Calero, jefe de cultura del periódico ABC, y Juan Cruz, adjunto a la dirección de EL PAÍS, ha destacado la calidad de los treinta relatos presentados y ha valorado la creación literaria y artística que representan.

Sobre El descanso de Pélida, de María Llorens, el jurado ha señalado que “se trata de un relato vibrante y tierno, que presenta a Aquiles viviendo una historia de amor eterno con Patroclo. El relato premiado combina con eficacia una fuerza narrativa y una tensión poética que lo dotan de una sutil belleza. La magia y la tristeza esperanzada se unen en una historia llena de ternura”.

La flecha de Apolo, de Eva María Torrecilla, sitúa la historia en la época de la epopeya troyana y narra la muerte del hijo de la diosa y el mortal a manos de Paris “con una estructura poética y cinematográfica muy atractiva que recrea, en distintos planos y con verosimilitud, los últimos momentos del héroe”.

Ambos relatos serán publicados en la web del Teatro Real, y en futuras ediciones impresas de la institución, y sus autoras formarán parte de la Fundación Amigos sin cuotas durante un año y recibirán dos entradas para el estreno de la ópera Rusalka, de Antonín Dvořák, que tendrá lugar el próximo mes de noviembre, dentro de la Temporada 2020-2021 del Teatro Real.

Los dos finalistas, Javier Quevedo, y Miguel Reviriego Antón obtendrán un año de permanencia en la Fundación Amigos y dos entradas para alguna de las funciones de la mencionada ópera.

Aquiles en Esciros, obra recuperada por el Instituto Complutense de Ciencias Musicales (ICCMU) para el Real, no llegó a estrenarse debido a la declaración del estado de alarma que ha impedido el desarrollo normal de nuestra vida cotidiana.

La flecha de Apolo
por Eve Blakesley

Troya arde.
Sus templos, casas y palacios se consumen en una gigantesca pira; de su interior
se escapan los gritos ahogados de aquellos que jamás conseguirán huir con vida. En las
calles, los supervivientes son hostigados por las tropas griegas, que sedientas de sangre,
recorren lanza en mano las entrañas de la ciudad, acabando con la vida de hombres,
mujeres y niños por igual.
Y sin embargo, esas pobres almas que ya se apresuran a cruzar la laguna Estigia
no me importan. Los cadáveres que alfombran los bellos jardines de la familia real
troyana carecen de sentido para mí.
Igual que esta maldita guerra. Igual que mi propia vida. No son más que
ilusiones enviadas por los dioses para torturarme, para recordarme que, por mucho que
lo deseé, no puedo morir.
Aprieto la espada entre mis dedos ensangrentados. Es una realidad que creí
aceptar hace tiempo, pero tras la muerte de Patroclo, algo se desgarró dentro de mí, algo
oscuro y visceral.
Un deseo nacido del más profundo dolor.
Una necesidad de seguir a Patroclo hasta los mismísimos brazos de Hades solo
por contemplarle una última vez.
Sin embargo, no puedo morir. El gran héroe Aquiles, temido y amado al mismo
tiempo por los dioses, está condenado a llevar una vida maldita, añorando aquello que
jamás volverá a tener.
El dolor parece a punto de partirme en dos, y como único modo de liberarlo,
levanto la espada y atravieso el pecho de un soldado troyano demasiado joven,
demasiado crédulo, que se disponía a ensartarme con su lanza. En sus ojos veo la
esperanza de convertirse en un héroe para su ciudad; el sueño pueril de ser aquel que
venció a Aquiles. El muy necio no ha pasado de ser más que una mera marioneta de los
dioses, un peón en medio de una guerra absurda, y mientras arranco la espada de su
pecho aún palpitante, veo cómo la esperanza se diluye en sus ojos antes de que su
cuerpo caiga a plomo en la tierra.
Para esto nací. Para esto me eligieron los dioses: la muerte, la guerra, la gloria.

Las palabras de mi madre resuenan como un susurro frío en mis oídos, traídas
desde mis recuerdos más primarios: Si te quedas, vivirás largos años, pero sin gloria. Si
te vas, alcanzarás una inmensa fama entre los hombres, pero tu vida será fugaz.
Y heme aquí, con la gloria entre mis dedos, pero sin rastro de la muerte que tanto
ansío conseguir. Los dioses deben de estar burlándose de mí y de mi desdicha, y furioso,
alzo de nuevo la espada para cortar el cuello a otro troyano, tan joven y confiado como
el anterior.
Después, llega otro. Y otro. Los troyanos se arman con su desesperación y me
ofrecen su última defensa; sin embargo, sus lanzas resbalan sobre mi armadura y sus
espadas, demasiado lentas, parecen ser repelidas por la propia Atenea.
Los soldados más sensatos empiezan a retroceder, percatándose de que su guerra
estaba perdida incluso antes de comenzar. Me quedo de pie ante ellos, resollando. El
casco me oprime; el calor del fuego que se alza a mi espalda, lamiendo el cielo
nocturno, parece a punto de hacerme arder.
Me quito el casco con un gesto brusco de la mano, tirándolo sobre el montón de
cadáveres que me rodea. Después, levanto la espalda y apunto con ella a los soldados,
lanzándoles una sonrisa desafiante.
—¿Quién será el próximo que se enfrente a Aquiles? —grito—. ¿Quién osará
desafiar a los mismísimos dioses?
Casi me parece saborear el escalofrío de terror que recorre el cuerpo de los
soldados, cuyas armas tiemblan en sus manos. Noto cómo la sonrisa estira aún más mis
labios, pero entonces uno de los soldados levanta la mirada hacia el extremo de los
jardines. Sigo la dirección de sus ojos para encontrarme la figura de un hombre saliendo
del palacio. Lleva una espada al cinto y un arco en la mano, y por un momento, me
parece estar viendo al dios Apolo, preparado ya para cumplir mis más profundos deseos.
Sin embargo, cuando el hombre se separa de las sombras de palacio y el fuego
ilumina los atractivos rasgos de su rostro, compruebo que solo se trata del príncipe
Paris.
Ladeo la cabeza hacia él, midiéndole desde la distancia. Le recuerdo del día que
me enfrenté a su hermano, el príncipe Héctor, a los pies de las murallas troyanas. Paris,
lejos de mostrar el mismo valor que su hermano, se mantuvo escondido en lo alto de las
murallas, protegido tras la figura de su amante Helena, y no hizo un solo movimiento
cuando atravesé el pecho de Héctor con mi lanza. Tampoco cuando até su cadáver a un
carro y lo arrastré en torno a la ciudad.

Sin embargo, ahora, tras tanto tiempo, parece que el dolor ha anidado en su
alma, porque me observa de la misma manera en la que yo miraba a Héctor: con el odio
desmedido de aquel que ha perdido lo que más ama en este mundo de desgracias.
—¿Qué estás mirando, príncipe? ¿A qué esperas para vengar a tu hermano? —le
grito, alzando mi espada ante él.
Paris yergue la cabeza. Su rostro juvenil, de ojos dorados y rasgos afilados,
perfilados por bellos rizos castaños, se transforma en una máscara de ira. No desenvaina
la espada; en su lugar, levanta el arco, saca una flecha del carcaj a su espalda y me
apunta.

Ni siquiera tiene el coraje suficiente como para entablar un combate a espada
conmigo.
De mi boca se escapa un resoplido lleno de desprecio, y sacudiendo la cabeza, le
doy la espalda. Las flechas no pueden matarme; nada puede hacerlo. Comienzo a
caminar hacia los soldados, pero entonces escucho el murmullo que Paris dedica a los
cielos.
—Dioses, permitidme cumplir con mi venganza.
Hasta mí llega la forma en la que tensa su arco, el sonido de la cuerda
estirándose. Sonrío y sigo caminando.
—Apolo, guía la flecha hacia el corazón de mi enemigo. Que el disparo sea
certero, te lo ruego…
Levanto la espada hacia los soldados, dispuesto a ensartarlos, pero entonces un
rayo de dolor me paraliza la pierna. Bajo la mirada para contemplar la flecha que acaba
de atravesarme el talón: un charco de sangre negra empieza a manchar la tierra.
Ladeo la cabeza hacia Paris, que ha palidecido y que se apresura a cargar el arco
con una nueva flecha. Es un hombre tan débil que lo más piadoso para él sería que
acabara ya con su mísera existencia. Sin embargo, antes de que pueda agacharme para
arrancar la flecha de mi talón y me apresure a cortar el cuello de Paris, el dolor que me
sube por la pierna se me hace insoportable.
Una agonía intensa nace en algún punto de mi pecho. Jadeo y bajo la mirada
hacia el charco de sangre que me rodea. Es demasiada sangre, demasiado dolor, para
una simple herida de flecha. La debilidad se extiende por mi cuerpo como una
enfermedad, y no tardo en caer de rodillas a la tierra, empapándomelas de rojo.
¿Quizás sea esto la muerte? ¿Caeré aquí, a merced de la flecha de un mortal?

Suelto la espada, que se desploma con un agudo sonido metálico sobre el suelo;
apoyo las manos en la tierra y jadeo, con la respiración dificultosa y el corazón alegre
por primera vez en años.
Sí, aquí está la muerte del héroe Aquiles: la siento en los huesos, que se me
tornan quebradizos a cada segundo; la noto en el sabor acerado que me inunda la
lengua; la siento en las risas histriónicas de los dioses, que llegan desde el Olimpo como
un débil rumor.
Mi muerte, tan ansiada, tan querida… La abrazo como si estuviera fundiéndome
con el mismísimo Patroclo. Una sonrisa acude a mis labios sin que pueda evitarlo. Noto
la presencia del príncipe Paris tras de mí. Dice algo, no comprendo el qué, aunque
tampoco importa. Ya nada importa.
Me desplomo sobre mi propia sangre, tan negra como la noche que nos rodea.
Así rubrico mi final, yo, Aquiles, caído como el más patético de los mortales
ante el más débil de los hombres. Se me cierran los ojos de golpe, sin que un solo
recuerdo pueda acudir a mi mente, sin que pueda atarme a nada de lo que tuve en vida.
Cuando vuelvo a abrirlos, se extiende ante mí, eterna, gris y humeante, la laguna
Estigia.
Por fin.

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