Homenaje a Teresa Berganza en la Zarzuela

Berganza

“Personifica el casticismo de la zarzuela, el rigor mozartiano, la frescura y gracia rossiniana y la verdadera pasión de la Carmen”. Así presentaban el pasado 17 de diciembre en el Teatro de la Zarzuela a Teresa Berganza. En un sentido homenaje que este Teatro quiso rendirle en el ensayo general de La del manojo de rosas que, interpretado pos sus alumnos se representa estos días en la Zarzuela. La sorpresa contó con la presencia en escena de alguno de sus mejores amigos. María Bayo, Luz Casal, el Maestro Antón García-Abril, el barítono Ruggero Raimondi y el tenor Luigi Alva. Estos dos grandes han sido dos de sus principales lugartenientes en los escenarios a lo largo de su dilatada carrera profesional.

Unas imágenes, sin duda, emocionantes y entrañables. Y es que Tersa Berganza nació castiza, en el número 13 de la calle de San Isidro, Y desde entonces ha sido incondicional de su público madrileño.

En una entrevista que el diario El Mundo, de la que reproducimos parte, le realizó hace 14 años, queda muy bien reflejado su carácter y su energía que, junto a una voz fresca de arrollo claro, han hecho de ella una de las más grandes. “Mi voz es mi amante: gozo y sufro por ella. Siempre he vivido enamorada, pero ni siquiera mi amor hacia un hombre ha sido tan grande como mi amor a la música. Sólo mis hijos están por encima”. “(….) De reencarnarse, lo haría en Teresa Berganza. “Pero no cometería la tontería de casarme y divorciarme dos veces. No sé qué me pasa a mí cuando firmo un compromiso. A veces siento que estoy firmando una sentencia de muerte”. En 1957 matrimonió con su pianista Félix Lavilla, con el que fue “inmensamente feliz” durante 20 años y tuvo a sus tres hijos: Teresa, que le ha dado dos nietas y es ama de casa; Javier, dedicado a la grabación de discos de música clásica, y Cecilia, soprano lírica. Tras el divorcio, reincidió con el sacerdote José Rifá, que acabó retomando los hábitos. “Y claro, una se queda de piedra. Con la Iglesia soy un poco escéptica”. Ahora cuida a su “voz amante” con una vida apacible. “Lo que más me gusta de este mundo es levantarme sin prisas; puedo dormir hasta 12 horas seguidas, algo que también es muy bueno para mi piel. Tengo la tensión muy baja, y hasta que me hago conmigo misma necesito mimos. Después leo la prensa, aunque me resisto a despertarme con una bomba en Israel. Las revistas del corazón cada vez me atraen menos. Pienso: ¿qué me importa a mí la vida de esta elementa? Una vez en pie, vagueo un poco: mi gran ducha, mi gran masaje, mis llamadas de teléfono. Por la tarde hago gimnasia, ensayo junto al piano, doy clase a mis alumnos en la Escuela de Música Reina Sofía (heredó la cátedra que dejó vacante Alfredo Krauss, `un hombre digno hasta en la forma de morir’), paseo por la lonja que rodea al monasterio, hago yoga, escucho a Vivaldi, Mahler o Mozart, según esté de humor. Desde que vivo aquí leo más la Historia de España; me seduce mucho Juana La loca. Antes de irme a la cama, hacia las diez, me encanta darme baños de contraste para mis pies cansados y ponerme mis mascarillas. Hay que tener fuerza de voluntad para seguir viviendo tan bien”, concluye el relato arrollador de sus quehaceres cotidianos con un suspiro teatral de diva satisfecha.” (El Mundo).