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Unas bodas de Figaro diferentes en el Teatro Real

Las Bodas de Figaro

Unas bodas de Figaro diferentes en el Teatro Real

Las bodas de Figaro
Le nozze di Figaro
Wolfgang A. Mozart (1756-1791)
Opera buffa en cuatro actos
Libreto de Lorenzo da Ponte, basado en la comedia La folle journée, ou le mariage de Figaro (1784) de Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais
Producción de Canadian Opera Company procedente del Festival de Salzburgo
Teatro Real de Madrid, 28 de abril de 2022
D. musical: Ivor Bolton
D. escena: Claus Guth
Escenografo y figurinista: Christian Schmidt
Iluminador: Olaf Winter
Coreógrafo: Ramses Sigi
Diseñador de vídeo: Andi A. Müller
D. coro: Andrés Máspero
André Schuen, María José Moreno, Julie Fuchs, Vito Priante, Rachael Wilson, Monica Bacelli, Fernando Radó, Christophe Montagne, Moisés Marin, Alexandra Flood, Leonardo Galeazzi, y Uli Kirsch, que interpreta el ángel
Once años habían transcurrido desde su última comedia italiana, La Finta Giardiniera (La jardinera fingida) y Mozart se mostraba preocupado al no encontrar una historia apropiada para su próxima comedia. Lo refleja en una de las cartas a su padre en 1783, “he mirado más de cien libretos, y no he encontrado ni uno con el que estuviera satisfecho; habría que hacer tantos cambios aquí y allá, que incluso si un poeta se pusiera a ello, le sería más fácil escribir un texto completamente nuevo”.
Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real

Llega entonces a Viena, de la mano de Antonio Salieri para trabajar en la corte, el libretista y poeta italiano Lorenzo da Ponte. Se inicia entonces una fructífera colaboración entre Mozart y da Ponte que dejará atrás la época de Metastasio. Se abre un nuevo viaje operístico que ya no tendrá retorno.

Mozart mostraba cierta admiración por las obras del dramaturgo francés Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais y por una de sus obras, la trilogía de Figaro, para cuya primera parte, Il Barbiere di Siviglia (1782), había puesto ya música Giovanni Paisiello. Eligió la segunda de esta trilogía, La folle journée, ou Le mariage de Figaro (1784), que trata explícitamente los conflictos de clase de la época.

La obra de Beaumarchais, cuyo estreno teatral estuvo lleno de dificultades por la crítica social y política que contenía, puede enmarcarse dentro del proceso revolucionario que culmina en 1789 con La Revolución Francesa. Después de tres años de lucha con la censura, Las bodas de Figaro pudieron ser estrenadas llegando a las 60 representaciones. Pero las protestas y las intrigas de antiguos enemigos de Beaumarchais, consiguieron que la obra se prohibiera en toda Europa.

Como narra da Ponte en sus memorias, la ópera estuvo terminada en apenas seis semanas, “a medida que yo iba escribiendo la letra, Mozart componía la música”. Solo faltaba convencer a José II de su idoneidad. De ello se encargó da Ponte, mucho más diplomático que Mozart, que prometió al emperador prescindir de las partes más polémicas. Se suprimieron escenas enteras, pero la sustancia ideológica permanecía intacta.

La mentalidad liberal de José II, que ya había abolido la censura y autorizado un decreto de matrimonio civil por el que se suprimía el consentimiento paterno, facilitaron el estreno de una ópera que, al tener un formato de comedia, amable y simpático, disimulaba muy bien su carga de profundidad.

El 1 de mayo de 1786 se estrena por fin en Viena Le nozze di Figaro, preámbulo de Don Giovanni y, sobre todo, de Cosi fan tutte, que cierra el ciclo de la brillante colaboración entre Mozart y da Ponte.

Le nozze di Figaro es hoy en día una de las óperas más representada en todo el mundo, aunque siempre no fue así. Al Teatro Real llega pronto, en 1903, mucho antes que a otros teatros europeos. Después tuvo unos años de cierta decadencia en la programación y no fue hasta los años sesenta que, tímidamente, volvió a las temporadas operísticas.

El Teatro Real presenta esta temporada una producción que es todo un clásico, la creada por Claus Guth para el Festival de Salzburgo en 2006, que sustituye a la inicialmente anunciada de Lotte de Beer y que no tuvo muy buena aceptación, siendo generosos, en el Festival de Aix-on-Provence.

Vuelve a utilizar Guth las grandes estructuras arquitectónicas que tanto le gustan. Presenta una gran escalera en un gran espacio como único escenario. Un decorado blanco, desnudo, lejos de los excesos dieciochescos que suelen acompañar las representaciones de esta ópera. El vestuario de Christian Schmidt, también muy del estilo de Guth, como pudimos ver en Rodelinda, en este mismo Teatro, de tonos grises y uniformado. Los sutiles cambios de escena se deben sobre todo a la iluminación de Olaf Winter, que va generando con sombras y pequeñas proyecciones, las atmósferas que ayudan a describir la escena.

También en esta ocasión, Guth utiliza un personaje que no está en el libreto pero que aparece constantemente en escena. En esta ocasión se trata de una especie de Cupido que, invisible al resto de personajes, maneja los hilos de todos intentando alterar su comportamiento, sembrando confusión a su paso.

Los personajes son tratados en esta producción de manera sobria, sin adornos, dejando al descubierto la parte más profunda de su personalidad. Sin embargo, el resultado final de la escenografía es que no ayuda al desarrollo ni a la conclusión de la historia.

Volvía Ivor Bolton a dirigir Mozart al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real. Puede que contagiado por la monótona escenografía, la dirección de Bolton no ha tenido la brillantez y la chispa de otras ocasiones. Solo en algunos momentos se han hecho presentes esos destellos que Mozart reflejó tan brillantemente en su partitura.

Esta obra se distingue de otras óperas buffas por la gran calidad de sus conjuntos, que expresan la enorme variedad de sentimientos amorosos. En esta ocasión quedan un poco opacados y faltos de frescura. No se aprecia la variedad de texturas de una orquestación tan detallada como la que ofrecen Las bodas de Figaro, sobre todo en la obertura y los vientos.
Lo mejor de la orquesta han sido los recitativi secchi, del clave y el violonchelo, que han permitido que las escenas fueran más fluidas.

La parte vocal ha presentado un conjunto de voces equilibrado. Para afrontar esta ópera la exigencia teatral está casi al mismo nivel que la vocal. Pero en este caso, además, es necesaria una buena forma física.

Fue una alegría ver a la granadina María José Moreno encarnar el rol de Condesa en el Teatro Real. Lo hizo con gran seguridad, como hace ella las cosas. Es esta una Condesa un poco especial, lánguida y solitaria, y Moreno la reflejó muy bien en esos aspectos a los que añade un punto de sofisticación muy adecuado al personaje. Tuvo momentos de gran lirismo y brillantez, sobre todo en sus dos arias más importantes, “Porgi Amor” y “Dove Sono”. Posee un centro poderoso y buenos agudos.

Susana, el personaje central de la obra, estuvo interpretado por la francesa Julie Fuchs. Su voz es ligera y fresca, perfecta para Susana, le faltó volumen y hacer más creíble a su personaje, tal vez demasiado infantil.

El Figaro de Vito Priante tampoco resultaba muy creíble como prometido de Susana, parecía su padre. Muy estático en escena, andaba algo perdido con su personaje, que había sido desprovisto de su verdadero carácter por el director de escena. Pero su voz esta sobrada de calidad y posee un hermoso y cálido timbre.

El barítono italiano André Schuuen interpreta al Conde Almaviva. Ya pudimos escucharle en el Capriccio hace unas temporadas. Se siente cómodo en el personaje, aunque le falte un poco de empaque y parece un adolescente con traje. Defendió bastante bien los agudos y su zona grave es suficiente y consistente.

El Cherubino de Rachael Wilson fue, junto a la Condesa, lo mejor de la noche. Fresca y juguetona en lo interpretativo, demostró tener una buena línea de canto y un centro y agudos muy poderosos y timbrados. Lástima que fuera igual vestida que el Cherubino de pega que Guth puso sobre el escenario. Se desenvolvió con destreza, la misma con la que interpretó sus arias “Non so più cosa son, cosa faccio” y “Voi che sapete”.

A buen nivel estuvieron el resto de comprimarios que en esta producción quedaron un tanto deslucidos en lo interpretativo, Monica Bacelli, como Marcelina; Fernando Radó, como Bartolo; Christophe Montagne, Como Basilio; Moisés Marin, Don Curzio; Alexandra Flood, como Barbarina; Leonardo Galeazzi, como Antonio y Uli Kirsch, que interpreta el ángel o Cupido.

Una nueva lectura de una ópera que por primera vez otorga a la partitura un papel fundamental en el desarrollo de la trama dramática.

Texto: Paloma Sanz
Fotografías: Javier del Real
Vídeos: Teatro Real