Prégardien en el Ciclo de Lied

No estamos ya acostumbrados a asistir a una interpretación en la que su protagonista se muestre humilde en la perfección y lleve a cabo su virtuosismo sin aspavientos. La elegancia y la sutileza son dos cualidades a sumar a las que ya posee Christoph Prégardien, un tenor lírico ligero que, aunque acusando ya el paso de los años, es más que un placer escucharle en un género, el liederístico, que conoce y domina con maestría.

Prégardien ofreció en el cuarto recital del Ciclo de Lied que conjuntamente organizan el Teatro de la Zarzuela y el Centro Nacional de Difusión de la Música, un repertorio dividido en dos partes. En una correcta primera parte interpretó los Lied que, sobre poemas de Ernst Schulze, compuso Schubert. La segunda parte estuvo dedicada a Schumann y a su Liederkreis, op. 39, compuestas en 1840. En esta segunda parte Prégardien sacó lo mejor del liederista que lleva dentro. Llenó este ciclo de canciones de matices y musicalidad. Los textos de Joseph von Eichendorff y la intensidad de la música de Schumann, inspiraron a un Prégardien mucho más profundo y expresivo. Sin duda estas obras se acomodan mejor a las cualidades de su voz y a su perfecto fraseo.

Estuvo acompañado al piano por Julius Drake, que puso el espíritu y el brío que le faltó en algunos momentos a Prégardien. Drake brilló con luz propia y equilibró desde el piano a su acompañante, ofreciendo profundidad emocional en las canciones de mayor calado dramático, y más arrebatado en las de mayor brío.

La noche terminó con tres propinas que el público agradeció entusiasmado, la “Serenata”, del Canto del Cisne, “Nacht und Träume” y “Der Musensohn”.

Fotografía: CNDM / Rafa Martín

Christoph Prégardien

Curioso y original se presentaba en el Teatro de la Zarzuela el tercer recital del Ciclo de Lied. Bajo el título, Noches de cabaret, la mezzosoprano Nancy Fabiola Herrera, comenzó a desgranar, con su voz densa y envolvente, toda la musicalidad de unas obras, tal vez menos conocidas, para demostrar que no solo el lied alemán requiere de gran dominio y maestría. Demostró que composiciones que se prestan menos al encorsetamiento y la técnica requieren de la misma disciplina y gestión del conocimiento musical y canoro.

Un repertorio lleno de posibilidades artísticas y con identidad propia, que la personalidad ecléctica de Herrera, unida a sus recursos estilísticos, llevaron a un nivel superior las obras más populares de compositores como Oscar Straus, Erik Satie o Francis Poulenc. Esta primera parte, más formal, si se puede decir así, se completó con obras de Kurt Weill y Louis Guglielmi (Louiguy). Siempre muy bien acompañada al piano por Mac McClure.

Para demostrar la singularidad de la velada, ocurrió algo que, al menos yo, no había visto antes en un teatro. Tras el descanso, un público despistado, no sé si por la originalidad de la noche, no terminaba de entrar en la sala, lo que provocó que cantante y pianista estuvieran en el escenario esperando bastantes minutos a que el público terminara de acomodarse. Este fue el inicio de una segunda parte en la que Herrera demostró poseer una capacidad de registros artísticos e idiomáticos casi camaleónica.

No es fácil colocar la voz tras una primera parte más académica, pero, una vez resueltos los ajustes, Herrera nos descubrió nuevas formas de profundizar en la libertad de interpretación, en el conocimiento de las obras y sus compositores y en la capacidad de transmitir la nostalgia y el exotismo que plantean compositores como Ernesto Lecuona, Joaquín Zamacois o Astor Piazzolla. O dibujar la perfecta melancolía de los boleros de Pedro Junco, María Grever, Álvaro Carrillo, Gabriel Ruiz Galindo o Bobby Capó.

O como describe de manera excepcional María del Ser en el programa de mano, “Trasladarse al siglo XIX es viajar a través del subjetivismo y la introspección; es la época de la rebeldía, de la voluntad de explorar todas las vías artísticas con un fin de plenitud expresiva que intenta reconquistar un preciado pasado o alcanzar un futuro maravilloso. Es la búsqueda de los sentimientos, envueltos en sueños, en el misterio y en la fantasía de lo exótico perseguido por un espíritu de nostalgia, de melancolía y de anhelo tras una realización imposible”.

Mahler había dicho “soy apátrida por triplicado: nativo de Bohemia en Austria, austríaco entre los alemanes y judío en todo el mundo. Siempre un intruso, nunca bienvenido”, era prisionero de la época que le tocó vivir. El imperialismo vienés entraba en decadencia y se abrían paso las nuevas corrientes artísticas, intelectuales y filosóficas, encabezas por Klimt, Olbrich, von Hoffmannstahl o Freud, su amigo personal.

Tardó en llegarle el reconocimiento. La originalidad de sus composiciones, por un lado, y el auge del nazismo en Alemania y Austria por otro, hicieron que su obra fuera catalogada como “degenerada”. A esto se unía el ambiente antisemita de la sociedad vienesa de la época que, tras una campaña en la prensa destinada a su expulsión de la Ópera de Viena, logró que en 1907 Marler se trasladara a Nueva York, donde dirigió la Ópera Metropolitana entre 1908 y 1910. Al año siguiente regresaría a Viena donde falleció el 18 de mayo, aquejado de una grave enfermedad.

Tras la Segunda Guerra Mundial, dos de sus alumnos más brillantes, Bruno Waltter y Otto Klemperer, comenzaron la difusión de su obra, tras más de 50 años de indiferencia.

Gran admirador de Wagner, había intentado sin éxito componer ópera, pero si desarrolló una brillante carrera como compositor de sinfonías y lieder orquestales. Aunque se trata de dos géneros diferentes, en Mahler no se entiende el uno sin el otro. A lo largo de su carrera compositiva, ambos géneros se retroalimentaban. A partir de 1890, Mahler orquestó todas sus canciones, dotándolas de una entidad sinfónica que enriqueció notablemente su música vocal.

El Teatro de la Zarzuela dedica en su XXVI Ciclo de Lied dos series completas de las obras de lied de Gustav Mahler. En esta primera entrega se interpretan las Llieder eines fahrenden gesellen (1884-1885), canciones del camarada errante. Este fue el primer ciclo de canciones como tal, que compuso al término de su tormentosa relación amorosa con la soprano Johanna Richter, mientras era director de la Casa de Ópera en Kassel, Alemania.

Las Lieder acompañadas de piano no deben considerarse como obra menor. Mahler era un pianista extraordinario y es el conocimiento absoluto del instrumento, junto a la claridad y perfección que buscaba en sus composiciones, las que hacen que estas versiones de voz y piano estén tratadas como una versión orquestada, llena de matices y texturas sinfónicas.

Christian Gerhaher y Gerold Huber elevan a su máxima expresión el término compenetración. Ambos fueron alumnos del gran Dietrich Fischer-Dieskau, lo que se nota, entre otras cosas, en la fiel interpretación que realizan. Dieskau pensaba que a Mahler no hay que leerlo entre líneas, “solo observando exactamente sus instrucciones puede ponerse de manifiesto plenamente el arte de Mahler”.

Gerhaher moduló su voz para ofrecer un registro más claro, más cercano al tenor que a su natural voz de barítono. Demostró una vez más su capacidad de articular, de decir el verso delineado y exacto con una voz depurada y fluida. Como siempre, sin necesidad de adornos estilísticos. Realiza con precisión el viaje hacia lo más profundo en la interpretación del lied. Nadie como él transita por los diferentes caracteres y exigencias que contienen estos ciclos de canciones. Dota de una profunda intimidad expresiva las Canciones del camarada errante, donde nada es accesorio. Desemboca entonces en Des knaben wunderhorn (El cuerno maravilloso del muchacho) y su voz se eleva con una rotundidad concluyente.

El broche final llegó con una honda interpretación de Kindertotenlieder (canciones sobre la muerte de los niños). No abandona la elegancia nunca, ni se deja llevar por el dramatismo, pero otorga a cada una de estas canciones una intensidad abisal y siempre sobria.

Una magnífica forma de comenzar este tradicional Ciclo de Lied del CNDM y el Teatro de la Zarzuela. Sin duda, la calidad de este Ciclo supone ya un patrimonio cultural muy importante para Madrid. Que cunda el ejemplo.

Fotografía: Elvira Megías

El pasado 8 de agosto tuvo lugar en la Iglesia del Carmen de Peralada, un extraordinario recital de música barroca totalmente dedicado a obras de Georg Friedrich Händel, con la participación de la soprano Nuria Rial, el tenor Juan Sancho y el conjunto barroco Capella Cracoviensis, dirigido por su titular Jan Tomasz Adamus. El concierto llevaba por título HUMAN LOVE, LOVE DIVINE, con un programa preparado por Juan Sancho, de arias y dúos de óperas, cantatas y oratorios de Händel. Las prestaciones de soprano, tenor y orquesta fueron de gran calidad. Un público entusiasmado aplaudió con gran fuerza las intervenciones de cantantes y orquesta. Este recital muestra de nuevo el interés que el Festival de Peralada tiene por la música barroca.

La soprano catalana Nuria Rial, está desarrollando una importante carrera desde que debutase en la ópera Il matrimonio secreto de Cimarosa, en 1998, en el Teatro Principal de Barcelona. Nuria Rial orientó su carrera hacia el lied, la música barroca y renacentista, así como en algunas óperas de Mozart. Se ha impuesto como una cantante de gran prestigio a nivel internacional, sobre todo en Alemania. Su discografía es muy amplia, teniendo en los últimos diez años un contrato exclusivo con SONY CLASSICAL. Voz de precioso y penetrante timbre, gran luminosidad y muy bien proyectada, con excelente y contrastado fraseo, gran dominio de todos los registros y excelente resolución de la coloratura.

El tenor sevillano Juan Sancho, está especializado en repertorio barroco y renacentista, habiendo actuado en los más grandes teatros del mundo. Cuenta con una amplia discografía. Está en posesión de una magnífica técnica, con una voz de atractivo timbre, magnífico fraseo y dominio de todos los registros. Solamente podría achacársele que la voz, por momentos se le queda atrás faltándole proyección.

Nurial Rial lució su magnífica voz en todas sus intervenciones solistas: en el aria “Se vago rio” de la Cantata Aminta e Fillide HWV 89, ofreció un excelente fraseo, con una línea de canto llena de inflexiones, para mostrar melancolía y tristeza. Muy brillante fue su interpretación del aria “Let the bright Seraphin del Oratorio Samson HWV 57, con magnífica resolución de las agilidades, en un aria donde se alternan secciones lentas y rápidas. Resaltar los pequeños diálogos de cantante y trompeta, dentro un magnífico sonido orquestal. El aria se mueve en una alta tesitura donde la soprano mostró un excelente registro agudo. En el aria “With darkness deep” del Oratorio Theodora HWV 68, se produce una perfecta conjunción de orquesta y cantante, quien muestra sus brillantes condiciones vocales, con un excelente fraseo y la emisión de bellas notas en pianissimo. Extraordinaria su interpretación del aria “Eternal source of light divine”, de la Ode for Queen Anne, HWV 74, iniciada con la ejecución de bellísimos melismas en conjunción con la orquesta, que da paso a la magnífica actuación solista de la trompeta que va establecer continuos diálogos con la cantante y a sombrear su voz. El canto melismatico en una elevada tesitura, con la ejecución de ocasionales trinos, será la tónica de esta preciosa aria, donde Nurial Rial consigue una de sus mejores interpretaciones de todo el recital.

Juan Sancho se luce en su primera intervención solista, el aria “Prigioniera ho l’alma” de la ópera Rodelinda, HWV 19, con una buena resolución de las agilidades. El tenor también se mueve bien en el registro agudo. En el aria “With honour let desert be crow” perteneciente al Oratorio Judas Maccabaeus, mostró un impecable estilo interpretativo, con una excelente resolución del canto melismático. Importante intervención solista de la trompeta al comienzo del aria y en el acompañamiento y los diálogos que establece con el cantante. En el aria “È un folle” de la ópera Alcina HWV 34, Juan Sancho ofrece momentos un canto de bravura, con excelentes subidas al agudo. Destacar su interpretación plena de calidez y musicalidad del aria “Waft her, angels, througt the skies” perteneciente al Oratorio Jephta, HWV, con bellas notas ejecutadas en pianissimo.

En los numerosos dúos, los dos cantantes mostraron una buena compenetración: el primero de ellos “Tra amplessi innocenti” de la Cantata Cecilia, volgi un sguardo, HWV 89, estuvo magníficamente interpretado, insertando en las repeticiones virtuosísticas variaciones, con profusión de canto melismático, con una excelente respuesta orquestal donde destaca el continuo sonido del clavicordio, en los pequeños interludios que jalonan este dúo de vertiginoso ritmo, donde los dos cantantes se siguen o juntan sus voces con bellos efectos. En el dúo de Iole e Hyllus “O prince whose virtues” perteneciente a la ópera Hercules, HWV 60, destaca la brillante interpretación orquestal, y brilla de sobremanera la voz de Nurial Rial, con excelente resolución de los melismas y algún ocasional trino; y, cuando confluyen las voces de ambos cantantes se nota la mejor proyección de la soprano. Uno de los mejores momentos de este recital es la interpretación del dúo “As steals the mourn” del L’Allegro, il Penseroso ed il Moderato, HWV 55, con la excelente introducción de oboe y fagot cuyo sonido también brillará al final del dúo. El sonido orquestal resultó muy brillante en el acompañamiento a ambos interpretes, que se lucen con bellísimas inflexiones vocales. Igualmente, resultó de gran belleza el dúo “Dite spera e son contento” de la ópera Ariorante, HWV 33, con una magnífica interpretación. En “Who calls my parting soul” del oratorio Esther, HWV 50, destacó el suave y cadencioso sonido orquestal, con ambos cantantes ofreciendo un alto nivel interpretativo y donde la cálida voz de Nuria Rial, emerge con brillo y absoluta belleza, mostrando un brillante registro agudo. En el último dúo “Happy, happy we!” de Acis and Galatea, HWV, las voces de soprano y tenor ofrecen una interpretación llena de desbordante alegría.

Excelente prestación de magnífico conjunto Capella Cracoviensis, bien dirigido desde el clavicordio por su titular Jan Thomasz Adamus, con unas brillantes interpretaciones de las páginas danzantes: “Sarabande”, “Menuett”, “Gavotte”, “Entrée des songes agréables”, “Entrée des songes funestes” y “Entrée de songes agréables effrayés” de la ópera Alcina HWV 34 y el “Ballo” de Ariorante. Resaltar también la interpretación orquestal de la Obertura. Largo (II) de la ópera Il pastor fido, HWV 8, donde las maderas emergían con fuerza del sonido orquestal . Una vez finalizado el concierto, ante los continuos aplausos del público, los cantantes volvieron a interpretar el bellísimo dúo “As steals the mourn”. En suma, un magnífico concierto barroco.

El pasado 9 de agosto tuvo lugar el concierto de Juan Diego Florez en Peralada, con arias y dúos del repertorio italiano y francés, donde el tenor peruano estuvo acompañado por la soprano armenia Ruzan Mantashyan y la Orquesta Sinfónica del Vallés, dirigida por Guillermo García Calvo. Juan Diego Florez mostró de nuevo su magnífica calidad vocal e interpretativa y una gran capacidad de convocatoria, ya que el Auditorio de Peralada estaba completamente lleno (las entradas se habían agotado hacía tiempo) de un público entusiasta que incluso había acudido del extranjero.

El tiempo pasa a gran velocidad y aún recuerdo aquel recital en la Iglesia del Carmén de Peralada, en 2002, donde Juan Diego Florez, debutante en el festival ampurdanés, embelesó al público asistente con su bellísima voz, elegante fraseo, gran musicalidad y un extraordinario registro agudo que el tenor peruano exhibía con generosidad, en diferentes arias rossinianas y, sobre todo, en su interpretación de “A mes amis” de la La fille du regiment de Donizetti, con sus nueve Do4, que siempre incluía en sus recitales. Entonces, tuve ocasión de hacerle una entrevista, donde me comentó su admiración por Alfredo Krauss, y llegó a decirme que no estaba entre sus proyectos futuros cantar Edgardo de Lucia di Lammermoor, por considerarlo un papel alejado de sus posibilidades vocales. Durante muchos años, sus actuaciones han estado centradas en el repertorio rossiniano, con una asidua asistencia al Festival de Pesaro, donde ha llegado a interpretar hasta doce papeles diferentes. También incluía en su repertorio personajes de óperas de Vincenzo Bellini de gran exigencia en el registro agudo, como Elvino de La Sonnambula y Arturo de I Puritani, junto a otra de sus creaciones fetiche: Tonio de La fille du Regiment.

Juan Diego Florez ha sabido esperar a que su vocalidad madurase y estuviera preparada para efectuar una transición hacia un repertorio más lírico, manteniendo la belleza tímbrica de su instrumento, un cuidado fraseo y homogeneidad de los registros. Sin duda, ese punto de inflexión en su carrera, se produjo cuando debutó con éxito el Edgardo de Lucia, en el Liceu de Barcelona, en diciembre de 2015. Desde entonces, con un registro central más ancho y un mayor volumen sonoro, ha ido añadiendo nuevos roles a su repertorio: Werther de Jules Massenet y Romeo de Romeo et Juliette de Charles Gounod, junto a Hoffmann de Los Cuentos de Hoffmann, de Ofenbach, Gennaro de Lucrecia Borgia. Y, a sus creaciones verdianas de Fenton y el Duque de Mantua en Rigoletto, ha añadido el de Alfredo Germont de La Traviata. Sin duda, está consiguiendo tener un repertorio semejante al de su admirado Alfredo Krauss, incluso, incluyendo dos roles que el gran tenor canario no llegó a interpretar por considerarlos inadecuados para su voz: Roaul de Nangis de Los Hugonotes de Giacomo Meyerbeer y Arnold de Guillaume Tell de Rossini. Y, muy recientemente, en abril de 2019, ha añadido el personaje de Des Grieux de la Manon de Massenet, otro famoso rol del que también realizó una gran creación Alfredo Krauss. El próximo año, Juan Diego Florez debutará el Rodolfo de La Bohème de Puccini –precisamente junto a la Mimi de Ruzan Mantashyan- papel que Krauss solo interpretó en dos funciones sobre un escenario y en una grabación discográfica de estudio, llegando a manifestar que cantar Rodolfo con cierta asiduidad significaba renunciar al repertorio belcantista. Sin duda, este será el gran reto futuro del tenor peruano.

En el recital que ha podido escucharse en Peralada, el tenor peruano ha estado acompañado por la joven soprano armenia Ruzan Mantashyan, de buena presencia escénica y en posesión de un bonito timbre, moviéndose bien en el registro central y con una aceptable resolución de las agilidades, aunque con unos agudos que, por momentos, no lograba colocar debidamente.

El recital comenzó con la Obertura de la ópera Mignon de Ambroise Thomas, donde Guillermo García Calvo logró extraer un máximo rendimiento a la discreta Orquesta Sinfónica del Vallés. Las intervenciones de los dos cantantes comenzaron con fragmentos pertenecientes a la ópera Romeo et Juliette de Charles Gounod. En primer lugar, el tenor mostró una excelente línea de canto en la famosa aria “Ah! Lève-toi soleil” mostrando dominio idiomático y estilístico tan importantes en el repertorio francés. A continuación, la soprano interpretó de manera notable “Je veux vivre”, y ambos cantantes, bien compenetrados, unieron su voces en el bellísimo dúo “Nuit d’hyménée”.

La interpretación orquestal de la obertura de La favorita de Gaetano Donizetti, dio paso al segundo bloque de este concierto dedicado al belcantismo con fragmentos de Lucia di Lammermoor de Gaetano Donizetti, comenzando con el gran dúo del Acto I “Sulla tomba che rinsera…” muy bien interpretado por Juan Diego Florez, mostrando su precioso timbre, con un excelente y contrastado fraseo, y donde Ruzan Mantashyan realizó una notable resolución de las agilidades aunque con evidentes problemas en sus ataques al registro agudo, con notas extremas bastante descolocadas y estridentes. El tenor encaró con verdadera maestría todo el final de la ópera, mostrando en el aria “Tombe degli avi miei l’ultimo avanzo d’una estirpe infelice”, un canto lleno de melancolía, que se torna, de auténtica furia y frustración ante lo que considera una traición de Lucia “Ingrata donna!…” para concluir su actuación con la cabaletta “Fra poco a me ricovero” donde el tenor matiza al máximo su canto para mostrar la pena infinita que le ha producido la noticia de la muerte de Lucia.

La segunda parte comenzó con la interpretación de la famosa aria “Salut, demeure chaste et pure” de Fausto de Gounod, bien interpretada por Florez, aunque con poca variedad de acentos, colocando el obligado Do4, pero sin la facilidad de antaño. La actuación de Ruzan Mantashyan mejoró bastante con respecto a la primera parte, interpretando de manera muy notable “Ah! Je ris de me voir si belle en ce miroir” , la famosa aria de las joyas, también de Fausto, donde la soprano resolvió bien la coloratura a la francesa, y ofreció una buena línea de canto, controlando mejor la subidas al agudo.

Muy buena interpretación del dúo “J’ai marquée l’heure du depart….Nous vivrons à Paris tous les deux”, de Manon de Jules Massenet, cantado con estilo y gran musicalidad. La notable ejecución orquestal de la obertura de la ópera L’amico Fritz de Pietro Mascagni, dio paso a la interpretación de toda la escena final del Acto I de La Bohème de Giacomo Puccini, donde Juan Diego Florez estuvo brillante en la famosa aria “Che gélida manina”, con una emisión muy controlada, gran expresividad y excelente fraseo, emitiendo muy bien el Do4 y concluyendo el aria con suma elegancia. Ruzan Mantashyan mostró su afinidad con el personaje de Mimi, mostrando una expresiva y delicada línea de canto en el aria “Sì, mi chiamo Mimi”, y ambos interpretes dotaron de intenso lirismo el dúo “O soave fanciulla”, con el que terminó oficialmente el concierto. Los fuertes y continuos aplausos propiciaron una serie de propinas, la primera de ellas “Oh! mio babbino caro” de Gianni Schicchi, del Trittico pucciniano, donde la soprano armenia ofreció su mejor interpretación de toda la velada. Juan Diego Florez se lució con la famosísima “Granada” de Agustín Lara, y ambos cantantes mostraron fuerza y gracejo en el dúo de Solea y Rafaelillo del Gato Montés de Manuel Penella. Seguidamente, y como todo el público esperaba, el tenor peruano apareció guitarra en mano para interpretar con simpatía y gran capacidad de comunicación con el público, las canciones: “Palmero”, “La flor de la canela” y un embriagador “Cucurrucú paloma”, y concluir el concierto con una excelente interpretación de “Nessun dorma”, de Turandot de Puccini, que causó un verdadero delirio del público. Sin duda, un recital para recordar.

El pasado 3 de junio terminaba la XXV edición del Ciclo de Lied que conjuntamente celebran el Teatro de la Zarzuela y el Centro Nacional de Difusión de la Música. Y lo hacía de una forma original. En torno a un excelente programa, en el que tuvo mucho que ve el pianista acompañante, Justus Zeyen, se celebró, al modo vienés, una reunión de extraordinarios intérpretes que no hicieron sino potenciar el arte del que cada uno es capaz.

Thomas Quasthoff, que hasta 2012 ha desarrollado una exitosa carrera como barítono, se encargó de narrar, de manera brillantemente dramática, los textos que introducían las obras que a continuación interpretaban el tenor Michael Schade y el barítono Florian Boesch.

Ofrecieron obras de Eichendorff, Mendelssohn, Nietzsche, Brahms, Schubert, Schumann, Heine, Liszt y Wolf. Interpretaron las lied en solitario o formando dúo en una noche inolvidable, no solo por la originalidad del formato, sino por la calidad de los cuatro intérpretes.

Sin duda el Ciclo de Lied, que la próxima temporada llega a su edición XVI, es uno de los más interesante y de mayor calidad que se programan en España y a un precio tan asequible, que resulta ridículo. Si tienen ocasión, no se pierdan la próxima temporada.

Esta XXVI edición ofrecerá 10 recitales: El barítono Christian Gerhaher (30 de septiembre), el barítono Matthias Goerne (7 de octubre), la mezzosoprano Nancy Fabiola Herrera (25 de noviembre), el tenor Christophe Prégardien (2 de diciembre), el barítono Christian Gerhaher (13 de enero), el barítono Simon Keenlyside (3 de febrero), el barítono Manuel Walser (30 de marzo), el tenor Ian Bostridge (20 de abril), la soprano Anna Lucia Richter (4 de mayo) y la soprano Marlis Petersen (29 de junio), completarán la propuesta de la nueva temporada.

Fotografía: Ben Vine – CNDM

Vivica Genaux

La figura de Farinelli ha resultado siempre tremendamente atractiva para el público. Mucho tuvo que ver la película que Gérard Corbiau dedicó, con un tratamiento discutible en los aspectos históricos, al famoso castrati del siglo XVIII.

Tras uno de sus primeros trabajos con arias de Farinelli, con la colaboración de René Jacobs, llega ahora al Teatro de la Zarzuela con “Memoria de Farinelli”, la mezzosoprano estadounidense Vivica Genaux.

Con este trabajo, Genaux trata de mostrar la evolución vocal de Farinelli. Pero también la evolución de su propia voz. Lo ha hecho con arias de distintos compositores, sobre todo de Porpora. No en vano éste fue profesor de canto de Farinelli, quien mejor conocía sus cualidades vocales y el compositor de muchas de las arias que éste interpretó. Genaux demuestra en este recital un color y un timbre de extraordinaria belleza, pero, sobre todo, una técnica y una facilidad para las agilidades y el vibrato que le permiten reproducir arias de una coloratura endiablada. Así quedó demostrado en la primera de sus intervenciones, el aria de Nicomedes: “Vo´che in mezzo del futore”, del Pietro Torri, un aria muy poco conocida. Una se da cuenta al escucharla del porqué de sus escasas interpretaciones. En esta ocasión, Genaux ha interpretado el aria original que cantaba Farinelli, con más coloratura, no solo en el da cappo, sino en toda la partitura.

Otros momentos de locura pirotécnica llegaron con la interpretación de las dos arias compuestas para Farinelli por su hermano, Riccardo Broschi. El delirio llegó con la que cerraba el recital, el aria de Arbaces: “Son qual nave ch´agitata”, con texto de Pietro Metastasio. Una de las arias de Porpora, “Il pié s´allontana”, de Angelica e Medoro, fue compuesta para un joven Farinelli de 15 años cuya voz estaba más próxima a la de una soprano y que Vivica Genaux reproduce con brillantez y, como no, con su peculiar vibrato maxilar.

Les Musiciens du Louvre han sido sus músicos acompañantes en esta ocasión bajo la dirección desde el violín de Thibault Noally. El barroco italiano no es la especialidad de este grupo orquestal, se desenvuelve mejor en el repertorio francés, pero su labor, tanto en el acompañamiento de las arias, como en las obras orquestales, ha estado a gran altura.

La noche terminó con dos propinas, ante los insistentes aplausos, un aria muy poco conocida de Orlandini, y tal vez, la de mayor dificultad de toda la noche, y una muy conocida, “Agitata da due venti”, que hizo las delicias de un público totalmente entregado.

Mariella Devia

Llegaba Mariella Devia al Teatro Real con la intención de despedirse, aunque apenas se aprecien en ella indicios del menor declive vocal. No volveremos a verla en producciones operísticas, esas que le obligan a pasar largas temporadas fuera de su casa de Roma, pero si podremos escucharla hasta finales del 2019 en algunos recitales. Y nos dice adiós con las escenas finales de belcanto de dos óperas que fueron rescatadas durante las últimas décadas para el repertorio, en lo que se conoce como trilogía Tudor. En el caso de Anna Bolena, fue María Callas quien la resucitó. A María Stuarda le dieron brillo Monserrat Caballé o Joan Sutherland. Ambas obras y reinas acabaron formando parte del repertorio de una Mariella Devia que también ha reinado y como tal se despide.

Dice que no le gusta hablar de si misma, que prefiere expresar cantando y, a pesar de su sobriedad interpretativa, siempre refleja maravillosamente la intensidad del personaje que representa mediante una técnica impecable. Ha cuidado su voz y su carrera con inteligencia, sin prisa, sin forzar el instrumento, interpretando siempre aquellos roles que encajaban en su tesitura vocal como un guante. Ella misma nos decía: “La elección del repertorio es fundamental. He tenido una evolución en mi carrera, pero siempre manteniéndome en el ámbito del repertorio que yo manejaba. He evolucionado, pero siempre en el mismo ámbito”.

Siempre contenida, sin exhibiciones ni extravagancias, no las necesita. Su depurada técnica y su facilidad para la coloratura y el legato han sido marca de la casa a lo largo de su carrera. Pudimos verla hace un par de temporadas en Norma. Un papel que la mayoría de las sopranos a su edad han dejado de interpretar hace tiempo, pero que ella ha abordado hasta el final de su carrera de manera magistral.

Esta soprano, ligera en sus inicios, que fue ampliando el repertorio a la vez que su voz, hasta llegar a darle el cuerpo que hoy tiene, nos ha dejado una extraordinaria muestra de roles belcantistas, “Me hubiera gustado cantar Verdi entero, Don Carlo, que es una ópera estupenda, Otello, que me ofrecieron una vez, pero después de haberlo considerado, escuchado y leído, soy consciente de cuales son mis medios y no se si iba a ser fiel a lo que estaba escrito o sería capaz de satisfacer al público”.

Muy bien acompañada en el escenario del Teatro Real por el bajo Javier Franco como Lord Rochefort en Anna Bolena y Giorgio Talbot, en María Stuarda. El tenor Alejandro del Cerro como Lord Riccardo Percy y Conde de Leicester. El tenor Enmanuel Faraldo, como Sir Hervey. El barítono Gerardo Bullón, como Lord Guglielmo Cecil y la mezzosoprano Sandra Fernández, como Smeton y Anna Kennedy. La dirección estuvo a cargo de José Miguel Pérez-Sierra, que supo llevar a la Orquesta y Coro Titulares del Teatro, a pesar de los pocos ensayos que se realizan para estos recitales.

Se marcha una de las últimas divas, aunque es el ejemplo más claro de anti-diva, entre largas ovaciones de un público consciente y agradecido. Solo podemos sentirnos afortunados por haber podido disfrutar de su arte.

Fotografía: Javier del Real

ekaterina-semenchuk

El programa de mano de este segundo recital del Ciclo de Lied, organizado a la limón por el Teatro de la Zarzuela y el Centro Nacional de Difusión de la Música, contiene un delicioso artículo de la musicóloga Cristina Aguilar que empieza así:” Nunca la melancolía Constituyó una seña de identidad nacional tan clara como en Rusia. Fiódor Dostoievski sostenía: «Los hombres realmente grandes deben experimentar, a mi entender, una gran tristeza»”.

Y ha sido Ekaterina Semenchuk (Minsk, 1976) y su pianista acompañante Semjon Skigin los encargados de transmitir esa carga melancólica rusa descrita tan acertadamente por Dostoievski. Lo hacía con un repertorio muy poco frecuente en este ciclo de Lied, algo que se agradece. Tampoco se puede decir que sea su repertorio habitual, pero sin duda demuestra un dominio absoluto a la hora de ejecutarlo. Un programa dividido en dos partes de temáticas diferentes. Unas obras de carácter más popular en la primera parte con música de Nikolái Rimski-Kórsakov, César Cui, Mili Balákirev, Aleksandr Borodín y Modest Músorgski. Y una segunda parte cargada de romanticismo y dedicada exclusivamente a Piotr Ilich Chaikovski.

Muchas son las cualidades vocales de esta mezzosoprano bielorrusa. Emite con la misma naturalidad y facilidad las notas más graves como las agudas y se recrea en un registro central poderoso. Todo en un perfecto equilibrio y solvencia. Tampoco le falta teatralidad, sobre todo en alguna de las propinas con las que obsequió al público de manera muy generosa. Sea cual sea el repertorio, Ekaterina Semenchuk lo solventa de manera impecable y con una seguridad en cada uno de los terrenos que pisa que no deja de sorprender.

Acompañada al piano por Semjon Skigin, uno de los máximos representantes de la legendaria escuela de piano de San Petesburgo. Debutaba en este Ciclo de Lied con una técnica y maestría impresionantes.

Altísimo el nivel del Ciclo de Lied que continúa el el 12 de noviembre con el bajo Franz-Josef Selig, acompañado al piano por Gerold Huber. ¡Imprescindible!

Gerhaher y Huber

Comenzaba en el Teatro de la Zarzuela el celebrado Ciclo de Lied que conjuntamente organiza con el Centro Nacional de Difusión de la Música. Esta temporada, además, celebra los 25 años del ciclo. Y para empezar por todo lo alto, Christian Gerhaher y su álter ego al piano, Gerold Huber, han hecho las delicias de todos con las Schwanengesang, de Franz Schubert.

Schwanengesang (El canto del cisne), está formado por textos de distintos autores y no tienen nada en común entre ellas, a diferencia de los otros dos ciclos de Schubert, Die schöne Müllerin (La bella molinera) y Winterreise (Viaje de invierno), que hemos tenido oportunidad de escuchar en temporadas anteriores en la voz de Matthias Goerne y del propio Gerhaher. La que hoy nos ocupa fue publicada de manera póstuma por el editor Tobias Haslinger quien, tras la muerte del compositor, negoció la compra de los borradores de las ultimas canciones compuestas por Schubert con su hermano Ferdinand. 14 canciones inéditas con acompañamiento de piano que no forman un corpus, como las dos anteriormente citadas, pero cuya calidad no deja lugar a dudas.

Gerhaher y Huber forman un binomio perfecto para la nostalgia de la que partir hacia los textos de Fridrich Rückert y Heinrich Heine. Dos de las principales referencias románticas de la época a los que puso música un Schubert conocedor ya, en aquel momento, de la cercanía de su muerte. Las Schwanengesang son un conjunto de canciones que transitan entre la alegría y la tristeza producidas, principalmente, por situaciones amorosas disfrutadas, como Liebesbotsschaft, (Mensaje de amor) o desgarradas, como Der Atlas (El Atlas).

Gerhaher huye de cualquier elocuencia expresiva. Solo abandona la discreción cuando su voz se eleva, firme y rotunda, llevado por el dramatismo del momento, como en Aufenthalt (Lugar de reposo). Pero siempre desde un elegante e inalterable hermetismo interpretativo que no necesita para trasmitir la elocuencia de los textos de Rükert, Ellstab, Heine y Seidl.

Gerold Huber, que maneja el pedal como nadie, camina siempre en paralelo a Gerhaher, recreando una atmósfera llena de matices y vinculada con precisión a la voz del barítono. Entre ambos configuran un tándem indisoluble.

Una noche romántica y exquisita en un Teatro de la Zarzuela que esta vez dio cabida a un nutrido número de jóvenes aficionados. Esperemos que se consoliden. No en vano, el Teatro de la Zarzuela está realizando un notable esfuerzo para que así sea.

Matthias Goerne

Con Schwanengesang (Canto del cisne) termina el ciclo que esta temporada ha ofrecido Matthias Goerne sobre Franz Schubert. Todo el universo liederístico de Schubert junto a Die schöne müllerin (La bella molinera) y Winterreise (Viaje de invierno).

El 30 de abril Goerne y Hinterhäuser abordaban Winterreise. Un ciclo de canciones compuestos inicialmente para tenor, pero dejando abierta la posibilidad de ser interpretadas por voces más graves que pueden dotar de mayor intensidad y oscuridad cada canción. Siendo también interpretada en ocasiones por voces femeninas. Y es que Winterreise, a diferencia de otras obras, a través de sus dinámicas, tempos o fraseos, proporciona una variedad de posibilidades interpretativas casi infinitas.

Y Matthias Goerne es un de esos intérpretes que dota a Winterreise de vida propia. Goerne profundiza en la intimidad de este viaje de invierno como nadie. La flexibilidad de su voz baritonal, descubre siempre nuevos matices en este conjunto de canciones para que nunca nos cansemos de escucharlas. Este dramático viaje a la soledad sobre versos de Wilhelm Müller, describen el momento emocional de un Schubert abandonado por una mujer. Las canciones van desgranando, mediante la desesperanza, el vagar por ese viaje hacia la melancolía.

Apenas una semana después, el 8 de mayo, Goerne, en esta ocasión acompañado al piano por el veterano Alexander Schmalcz, que sustituyó a un enfermo Hinterhäuser, ofreció Schwanengesang. Los poemas que forman este ciclo de canciones, a diferencia de los otros dos ciclos, no pertenecen solamente a un autor. En este caso son tres los poetas elegidos, Ludwing Rellstab, Heinrich Heine y una última de Seidl que ha sido omitida en este recital. Parece que no formaba parte del cuerpo inicial y solo fue añadida por la superstición de que no fueran 13, sino 14, las canciones que componen este ciclo.

Esta última recopilación de canciones fue realizada por el editor Hanslinger y el hermano de Schubert, tras la muerte del compositor, ante la enorme producción de canciones que había compuesto, casi compulsivamente, antes de su muerte. Menos conocidas que los dos ciclos anteriores, Schwanengesang no trata solamente de una materia. En ellas aparecen temas dedicados al amor, al desamor, la mitología y, uno de los temas preferidos de Schubert, el viaje, del que trata Aufenthalt (Lugar de reposo).

Goerne ha utilizado casi todos los recursos que posee, que no son pocos, para desgranar cada una de las piezas que conforman este ciclo. Desde la exaltación vocal, tal vez algo exagerada de Der Atlas (El Atlas), al dramatismo turbador de Der Doppelgänger (El doble), con el que Goerne es capaz de transmitir las más profundas y desgarradoras tensiones psicológicas. La ejecución de Alexander Schmalcz al piano, fue el marco y el camino perfecto para la interpretación de Goerne. Sutil, enérgico y delicado. Todo en el momento y la medida justa.

Florian Boesch

EL pasado 9 de abril nos disponíamos a escuchar en el Teatro de la Zarzuela el recital 6 del Ciclo de Lied que el Centro Nacional de Difusión de la Música organiza todos los años. Antonio Moral, su director, salió al escenario micrófono en mano para explicar las vicisitudes ocurridas durante el fin de semana y que alteraban la representación. Vamos a empezar a pensar que la pretendida fusión entre el Teatro Real y el Teatro de la Zarzuela ha desencadenado en éste ultimo una serie de acontecimientos misteriosos, aunque debidamente justificados, que van a necesitar la labor de un exorcista más que algunas intervenciones ministeriales.

Del Moral explicó que la titular del concierto, Anna Lucia Richter, había cancelado su participación por enfermedad y pasó a ser sustituida por Julia Kleiter, otra joven soprano situada ya en el horizonte inmediato del Ciclo de Lied. Pero el viernes también suspendía por enfermedad, lo que dejaba a Antonio Moral un estrecho margen de maniobra que solucionó, como él mismo dijo, tirando de teléfono de amigos. Aquí es donde aparece Florian Boesch. El barítono austríaco es bien conocido en éste ciclo y en su improvisado, pero muy bien elegido, programa, estuvo acompañado al piano por Justus Zeyen, cuya maestría al teclado contribuyó al éxito del recital.

La primera parte estuvo dedicada a Schubert sobre poemas de Goethe dedicados a la Grecia mitológica, Prometheus, D 674, Gruppe aus dem Tartarus, D 583, Grezen der Menschheít, D 716, Der Pilgrim, D 794, Meeres Stille, D 216 y Die Götter Griechenlands, D 677. Terminó esta primera parte con Gesänge des Harfners, D 478, Las canciones del arpista que Boesch narra con una gran expresividad y que Zeyen acompaña al piano como si fuese el sonido de un arpa.

La segunda parte estuvo dedicada a Schumann y tres grupos de canciones sobre textos de Heinrich Heine. Der arme Peter. Op. 53, Liederkreis, op. 24 y Gesänge des Harfners, op. 98a. Boesch posee un apreciable volumen de voz que pone al servicio de sus graves, lo que otorga profundidad en la interpretación. Quizá los matices salen peor parados, pero los compensa con una gran sensibilidad interpretativa.

Un recital que, tras la primera sorpresa de las cancelaciones, resultó un éxito. Y unos intérpretes que hicieron disfrutar a un público que agradeció en esfuerzo.

Elīna Garanča

¡Público! ¡público! ¡público!, era el grito del Teatro de la Zarzuela puesto en pie el domingo 11 durante el emotivo comunicado que leyó el director Karel Mark Chichon en su nombre y en el de Elīna Garanča: “Amado público, tanto Elina como yo estamos aquí porque amamos la música española, especialmente la zarzuela, y es por eso que la llevamos a todas partes del mundo. Y es nuestro deseo que este gran teatro siga defendiendo este género tan español y tan único que es la zarzuela. Todo nuestro apoyo a este teatro y a su equipo humano que nos han tratado como familia durante toda esta semana. Que este teatro siga siendo un teatro público…”.

Fue la culminación a un concierto de música española, de la que ambos, director e intérprete, son buenos conocedores y embajadores. La primera parte estuvo dedicada íntegramente a “Carmen”, que no es española, pero se le parece bastante y es éste un personaje que la Garanča tiene bien interiorizado y de la que es en estos momentos una de las mejores intérpretes. La segunda parte, con la participación del Coro, se dedicó por completo a la Zarzuela, género al que se acercan con el respeto de quien lo conoce y valora y no con el floclorismo del que otros hacen gala.

Elīna Garanča posee un magnetismo especial sobre el escenario. Exhibe una gran expresividad sin necesidad de ostentación alguna. Su técnica vocal es, sencillamente, perfecta. Posee todas las cualidades que un cantante pueda tener y las tiene todas a la vez. Canta con la misma facilidad que otros hablan. Su voz es soberanamente poderosa y con sobrada agilidad. Agudos brillantes y esmaltados y tonos oscuros robustos y limpios. Controla las regulaciones con maestría, apiana y crece con la misma facilidad y expresa con picardía e intención lo que dice la partitura. Una lección de canto. La Garanča juega en otra división.

La réplica se la dio un esforzadísimo Andeka Gorrotxategi, que tuvo que poner mucho empeño para estar a la altura de semejante compañera de escena. Mejor en los dúos apianados que intentando igualar el volumen vocal de una Garanča que, a diferencia de Gorrotxategi, no mostraba la menor dificultad.

Ante las noticias sobre la inminente “fusión” entre el Teatro Real y el Teatro de la Zarzuela, y la incertidumbre que se ha creado en el mundo de la lírica y aficionados, solo queda esperar el desenlace en próxima fechas. Las sensaciones entre el público y la crítica son de inquietud y cierto desasosiego. Esperemos que no se ponga en peligro el buen trabajo que la actual dirección del Teatro de la Zarzuela, con Daniel Bianco a la cabeza, está llevando a cabo desde su nombramiento en 2015, poniendo en valor nuestro género lírico y situándolo en el siglo XXI.

Matthias Goerne

El pasado lunes 26 de febrero, el barítono Matthias Goerne, ofrecía el primero de los tres recitales que hará esta temporada en el Ciclo Lied del Teatro de la Zarzuela y el Centro Nacional de Difusión de la Música. Los últimos compases del recital fuero culminados por unos instantes de silencio antes de iniciar los aplausos. Un silencio íntimo, de introspección y recogimiento que acompañan siempre a esos momentos mágicos de agitación interior. Una experiencia casi única, por poco habitual.

Lo que había ocurrido en la hora y media anterior fue, sin solución de continuidad, la exposición desmenuzada de la gran diversidad de colores con la que Schubert recrea los poemas de Wilhelm Müller, “Die schöne müllerin”, (La bella molinera).

Goerne fue evolucionando en profundidad desde las canciones de amor hasta las canciones de muerte, transitando de una emoción a otra de manera magistralmente descriptiva. Modula y expresa el carácter de cada uno de los poemas con su voz baritonal que ha crecido en densidad y expresividad. Una voz profunda y tersa que asciende con facilidad a las notas altas y llena de volumen y tensión los registros más graves.

Acompañado al piano por Markus Hinterhäuser, quien parece estar discretamente en una esquina, sin necesidad de protagonismo que recae, casi en su totalidad, en la voz de Goerne, pero que traza las líneas por las que la voz se desenvuelve con la soltura que da la confianza del conocimiento mutuo.

Si no han tenido la suerte de asistir a este recital, el Teatro de la Zarzuela y el CNDM les ofrece dos nuevas oportunidades. Completando el ciclo de F. Schubert, Winterreeise, el 30 de abril y Schwanengesang. El 8 de mayo. Yo no me lo perdería por nada. Avisados quedan.

Piotr Beczala

Era la primera vez que el tenor polaco Piotr Beczala participaba en el Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela, en colaboración con el Centro Nacional de Difusión de la Música y del Instituto Polaco de Cultura. Sin duda, la participación de uno de los más solicitados tenores del momento eleva el ya altísimo nivel de este Ciclo de Lied.

Beczala es un tenor atípico. Su vocación por la música fue tardía, llegó mientras cursaba estudios de ingeniería y cantaba en un coro para descansar de los libros. A los 19 años y sin prisa, se decantó por una carrera musical que le está proporcionando grandes momentos.

El repertorio seleccionado para el Teatro de la Zarzuela puede dividirse en dos partes bien diferenciadas, tres, si contamos las propinas. La primera parte se inició con tres obras, de gran vocación melódica, de Stefano Donaudy. De Ermanno Wolf-Ferrari interpretó cuatro Rispetti, pertenecientes al poema anónimo popular en lengua toscana Rispetto. De Anttonino Respighi ofreció tres breves piezas de las que hay que resaltar la sobrecogedora interpretación de Nebbie. Para finalizar esta primera parte, tres obras de Francesco Paolo Tosti y poner con ello el acento romántico a esta exposición de canción popular italiana.

La segunda parte estuvo compuesta por obras de compositores polacos. Una novedad que supone también un enriquecimiento para unos recitales de lied que tienden a la uniformidad programática. Seis Lieder de Karol Szymanowski, cuyas composiciones se inspiran en la tradición centroeuropea. Las canciones de Mieczyslaw Karlowicz, nos acercaron a un compositor que vio truncada su brillante carrera a causa de su repentina muerte. Para terminar, cuatro lieder de Stanislaw Moniuszko. Un compendio de hermosas y sencillas melodías que muestran las tradiciones y costumbres de la sociedad polaca del siglo XIX.

La interpretación de Piotr Beczala es de una pulcritud extraordinaria. Linea de canto elegante y un cambio de registro que parecía fácil. Se notó pérdida de brillo en los pianos, a los que les faltó la tensión que los sujeta. Pero son indiscutibles su hermoso timbre, una perfecta afinación y una dicción impecable.

Las mejores características de voz de Beczcala se vieron multiplicadas cuando pasó del lied a la ópera en las tres arias que ofreció como propina. La primera, la Mattinata, de Leoncavallo. Siguió con un emotivo Pourquoi me reveiller? del Werther de Massenet. Un rol que le está proporcionando muchos éxitos y un aria que trasladó a parte del público a otros momentos vividos en este Teatro. Terminó con Tosca, de Puccini y un E lucevan le stelle que puso al público en pie.

Estuvo muy bien acompañado al piano por Helmut Deutsch quien, a pesar de algún pequeño despiste, realiza una lectura perfecta de la partitura y del cantante.

Ars Atlántica

No es esta la primera temporada en la que el Teatro de la Zarzuela programa su ciclo Notas del Ambigú. Ya el año pasado colgó el cartel de “no hay billetes” en todas las actuaciones del ciclo. Poder ver y escuchar a escasos metros a intérpretes de calidad indiscutible, es un regalo al que no siempre se tiene acceso. Si, además, el precio de la localidad es 10€, el regalo es literal.

El pasado lunes 11 de diciembre, en el Ambigú del Teatro tuvimos la ocasión de asistir a una de estas joyas musicales, la que protagonizaron la mezzosoprano Marta Infante y el arpista Manuel Vilas que forman el dúo Ars Atlántica. Ofrecieron un repertorio de tonadas y zarzuelas barrocas españolas de compositores como Juan Hidalgo o Sebastián Durón. Obras creadas para ser interpretadas en los salones de la época y que en el Ambigú del Teatro adquieren un carácter especial. La voz y el arpa barroca de Infante y Vilas transportaron al público recreando a la perfección la atmósfera renacentista del siglo XVI y XVII. Ilustraron cada obra, como expertos conocedores que son, con comentarios que desvelaban su historia y los secretos de su composición, no en vano son, además de grandes intérpretes, expertos buceadores en un repertorio poco conocido. Su labor de investigación y recuperación de estas obras en los lugares más insospechados, es encomiable y nunca suficientemente reconocida.

La voz de Marta Infante es generosa, sus graves y cambios de registro son fluidos gracias a un apoyo sólido que le permite transitar el pasaje con naturalidad. La gran amplitud de su voz y un fraseo cargado de intención y expresividad, hacen de Marta Infante una de las mejores intérpretes españolas de este repertorio. Manuel Vilas, conocedor como nadie del arpa de dos órdenes y un incansable estudioso del renacimiento y barroco español, fue la pareja perfecta para la voz de Infante. Su dominio del instrumento y gusto en la interpretación trasportaron al público a un universo del que resultó difícil regresar.

Un acierto y un regalo del Teatro de la Zarzuela la programación de estos recitales. Acercan al púbico repertorios menos habituales en un entorno más cercano y acogedor.

Javier Camarena

Quien no estuvo la tarde del 19 de noviembre en el Teatro de la Zarzuela, es posible que se haya perdido uno de los acontecimientos líricos de la temporada. Era la primera vez que el tenor mexicano abordaba un recital compuesto íntegramente por zarzuela. Un género considerado “menor” históricamente y que el propio Javier Camarena se encargaba de desmentir: “no entiendo esa tendencia para hacer de la zarzuela un género menor, no la tiene, no lo encuentro, no lo percibo así y no lo voy a proyectar así. Para mi es tan importante cantar Flor roja como cantar Una furtiva lágrima”.

Recibido en escena con una ovación de agradecimiento, empezó nervioso, como él mismo reconoció, “he salido de mi área de confort y quiero hacerlo lo mejor posible”. Y ya lo creo que lo hizo. Quedó demostrado en cada una de las ocho romanzas que interpretó, que éste es un género para avezados. Precisa de un instrumento de calidad, como lo es sin duda el de Camarena, dominio de las dinámicas, gusto en la interpretación y una apropiada lectura de la fuerza y tradición que contiene este género. Su voz de tenor lírico-ligero ofreció unas versiones llenas de originalidad. Solventando las dificultades que sin duda tienen estas aparentemente asequibles arias, dándolo todo en la interpretación. Transitando por distintos registros sin perder metal, brillando en los agudos, con un fraseo cargado de intención y una tersa línea de canto.

Empezó con bravura interpretando “De este apacible rincón de Madrid”, de Luisa Fernanda y “Por el humo se sabe”, de Doña Francisquita, para continuar con una de sus obras preferidas en este repertorio, “Flor roja”, de Los gavilanes. Antes de interpretarla advirtió al público que tenía “algo rasposito en la garganta”. Se notó en algún momento, dada la dificultad, por la sutileza en la interpretación, que atesora esta romanza. Esperemos que llueva pronto, o muchos cantantes dejarán de venir a Madrid.

La segunda parte la inició con un “Adiós Granada” lleno de sentimiento y emoción que dedicó a “Paquita”, esposa del tenor Pedro Lavirgen, fallecida recientemente, ya que fue la versión de Lavirgen en la que se inspiró para preparar la romanza de los Emigrantes.

Terminó con “Paxarín, tú que vuelas” y “No puede ser”, que remató con un sobreagudo que llevó al público al delirio. Al frente de la Orquesta de la Comunidad de Madrid el joven Iván López-Reinoso. Dirigió con soltura y ritmo el Preludio de La revoltosa y El tambor de granaderos, el Interludio de La boda de Luis Alonso y el Intermedio de La leyenda del beso. Brillante fue también la propina del maestro mexicano Arturo Márquez, Danzón nº 2.

El recital terminó con otras dos propinas, un “Granada”, de Agustín Lara en la que derrochó cualidades y sobreagudos y la repetición del “El Trust de los Tenorios”.

Extraordinaria velada que terminó con una larguísima ovación de un público entusiasmado que se resistía a abandonar la sala. Esperemos ver pronto a Javier Camarena interpretando en este mismo Teatro una ópera o zarzuela del repertorio español.

Magdalena Kožená

El Teatro Real hacía este viernes un nuevo intento de fusión entre barroco y flamenco. Bajo el título de Amor: entre el cielo y el infierno, se presentaban obras, entre otros, de José Marín, Juan Serqueira de Lima, Jean Battiste Lully, Juan Hidalgo o Sebastián Durón. Hay que decir que el resultado de este intento de fusión ha sido nulo. Gerard Mortier decía que el flamenco debía estar sobre el escenario del Teatro Real, como correspondía a un arte elevado como éste. Pero creo que Mortier no se refería exactamente a esto. Empeñarse en fusionar barroco y flamenco requiere, a mi modesto entender, más elaboración y fluidez para que el resultado no parezca forzado.

El gran reclamo para este recital ha sido la mezzosoprano checa Magdalena Kožená, y quizá por ello ha sido también la mayor decepción. El repertorio era totalmente ajeno a ella. Al igual que el idioma, un pésimo fraseo del que apenas se entendía nada de lo que decía, supuestamente en castellano. Estática sobre el escenario y con una línea de canto plana, como de bajo continuo, deslucieron un repertorio barroco español que sobre el papel resultaba atractivo. Todo ello adornado de un torpe, aunque meritorio, intento de lo que quería parecer baile flamenco.

Sí cabe destacar la actuación del grupo barroco Private Musicke, formado por Manuel Villas Rodríguez, arpa española, Jesús Fernández Baena, Tiorba, Richard Myron, viola de gamba, Pierre Pitzl, guitarra barroca española y dirección y el percusionista David Mayoral, que aportó fantasía a la interpretación de conjunto.

El siguiente reclamo de la velada era el coreógrafo y bailaor Antonio El Pipa. Acompañado a la guitarra por Juan José Alva y Daniel Ramírez, y al cante por Toñi Nogaredo, Sandra y Estefanía Zarzana. Impecables en el acompañamiento de un Antonio El Pipa al que le costó calentar al gélido público del Teatro Real, poco acostumbrado a estos espectáculos. Elegante en el gesto, El Pipa tuvo además la misión de arropar en el baile a la Kožená cuando ésta intentó acompañarle.

Una noche interesante en algunos momentos y deslucida en lo que se suponía el principal atractivo de un espectáculo que ha visitado los principales teatros europeos. Pero no perdemos la esperanza de ver este repertorio de canción cortesana española realizado con mayor acierto.

Gregory Kunde

El veterano tenor norteamericano Gregory Kunde (Kankatee, Illinois, 24 de febrero de 1954), debutó a principios de los años ochenta del pasado siglo con una voz de lírico-ligero, que le permitió afrontar roles mozartianos y belcantistas. Aquejado de un cáncer en 1994, diagnosticado después de unas representaciones de L’italiana en Algeri de Rossini, en el Teatro de la Zarzuela, logró superar la grave enfermedad y retomar su carrera en 1996. Con el paso de los años su voz ha ido cambiado y adquiriendo mayor corporeidad y volumen, derivando a la tesitura de tenor lírico-spinto. A partir de 2009 se inició una nueva etapa de su carrera al incorporar a su repertorio su primer papel verdiano, el Arrigo de Las Vísperas Sicilianas. En 2012 cantó por primera vez el Otello de Verdi, papel con el que ha triunfado en los últimos años en los principales teatros europeos, siendo uno de los poquísimos tenores en la historia que han abordado los dos Otello, el rossiniano y el verdiano, y ello tuvo lugar sucesivamente en los meses de julio y agosto de 2015, en el Teatro alla Scala y en el Festival de Peralada. En los últimos cinco años ha ido debutando en otros papeles verdianos: Radamés de Aida, Manrico de Il Trovatore, Don Álvaro de La forza del destino, Rodolfo de Luisa Miller, Riccardo de Un ballo in maschera. También ha afrontado con éxito otros roles como Turiddu de Cavalleria rusticana, Canio de I Pagliacci, Des Grieux de Manon Lescaut, Andrea Chènier y Pollione de Norma. Durante los últimos años ha cantado de manera más esporádica roles belcantistas como Roberto Devereux, que interpretó en el Teatro Real de Madrid en 2015 y el mozartiano Idomeneo en el Palau de Les Arts de Valencia en 2016; en ellos -obviamente- ha perdido capacidad para las agilidades, al estar abordando con asiduidad repertorios mucho más dramáticos.

En su recital de Peralada, acompañado por el pianista valenciano José Ramón Martín, se ha podido constatar cierto cansancio vocal dada su incesante actividad. En la actualidad, la voz resulta ciertamente voluminosa, con gran facilidad para el canto en forte, dificultades para las medias voces, unos graves problemáticos, y tendencia, por momentos, a una emisión irregular con cambios de color en la voz. Todo ello queda paliado por su gran capacidad teatral, para matizar al máximo sus interpretaciones.

El recital comenzó con un bloque dedicado a Vincenzo Bellini compuesto por tres bellas y suaves canciones: “Vaga Luna che inargenti”, “Malinconia, ninfa gentile” y “Vanne, o rosa fortunate”, bien interpretadas y que sirvieron para que el tenor calentara la voz y seguidamente abordara con gran brillantez el aria-cabaletta de Pollione “Meco al altar di Venere…..Me protege, me difende” en Norma, insertando en el aria el Do4 y las pertinentes variaciones en la repeticiones de aria y cabaletta. El recital continuó con la interpretación de dos canciones de Rossini: “La lontananza” y “Tiranna alla Spagnola”, en ambas con excelentes intervenciones del pianista José Ramón Martín, y dónde Kunde ofreció un canto lleno de musicalidad y gran expresividad. La primera parte del recital concluyó con la compleja aria de Arnold “Asile Heréditaire” de Guillaume Tell de Rossini, que Kunde afrontó con valentía y buena línea de canto, emitiendo vibrantes agudos, aunque no con la brillantez de antaño –los años no pasan en balde- y me refiero a la interpretación que ofreció de Guillaume Tell en La Coruña, en 2010, dirigido por Alberto Zedda, tristemente desaparecido este mismo año. Entonces, su interpretación de “Asile Heréditaire” resultó magistral, seguida de la cabaletta “Amis, amis” (omitida en Peralada) con excelentes subidas al Do4 sostenido.

La segunda parte del programa comenzó con un bloque dedicado a Verdi con tres canciones: “Il Tramonto”, “Il Mistero” y “Brindisi” donde el cantante tuvo ciertas dificultades en su intento de emitir medias voces. Magnífica resultó su interpretación del recitativo-aria de Riccardo “Forse la soglia attinse….Ma se m’è forza perderti” de Un ballo in maschera, cantada en el mejor estilo verdiano, con un fraseo elegante e incisivo. La inclusión en este recital del aria “Che gélida manina” de La Bohème de Puccini no resultaba demasiado adecuada, ya que la voz de Kunde, en la actualidad, carece de ese timbre juvenil que precisa el romántico Rodolfo. Sin embargo, el cantante la interpretó muy notablemente y sin utilizar partitura, aunque pasó sobre ascuas en el Do4, rápidamente cortado y bajado de tono. Ya, para concluir el recital, resultó de gran brillantez su dramática interpretación llena de expresividad, del aria de Canio “Recitar!….Vesti la giubba” de Pagliacci, sin duda, su mejor intervención. Resaltar la magnífica actuación del pianista José Ramón Martín, muy compenetrado con el cantante.

Gregory Kunde ofreció un par de bises interpretando de manera impecable las canciones “What a wonderful world” y “My way”, que respectivamente popularizaron en los años sesenta del pasado siglo Louis Amstrong y Frank Sinatra.

Se hecho en falta que no se incluyera en este recital algún aria del Otello verdiano, papel que tantos triunfos ha supuesto para el tenor norteamericano en los últimos años y que ha interpretado muy recientemente en el Covent Garden londinense, alternando reparto con el mediático Jonas Kaufmann, con una prestación muy superior la ofrecida por el tenor alemán.

Julia Lezhneva

El Festival Castell de Peralada, ha celebrado su treinta y una edición, ofreciendo una variada programación que incluía varios recitales líricos, entre ellos, los ofrecidos por la joven soprano rusa Julia Lezhneva y el veterano tenor norteamericano Gregory Kunde, que tuvieron lugar respectivamente los días 5 y 6 de Agosto en la Iglesia del Carmen de Peralada.

Julia Lezhneva (Isla de Sajalin, Rusia, 5 de diciembre de 1989) es una de las grandes figuras de la lírica actual. Especialista en los repertorios barroco, mozartiano y rossiniano. Su carrera está resultando meteórica, desde su actuación en la gala inaugural del Festival Rossini de Pesaro en su edición de 2008, cuando solo contaba diecisiete años. En mayo de 2010 fue invitada por Kiri Te Kanawa a la gala de entrega de premios “Classical Brit Awards” en el londinense Royal Albert Hall. La gran soprano neozelandesa al presentarla dijo de ella: “De vez en cuando aparece un talento verdaderamente excepcional y pienso que Julia Lezhneva es precisamente eso. El brillo de la voz y su técnica impresionan profundamente”. En octubre de 2010 se produjo su triunfo en el Concurso Internacional de Ópera en Paris, y desde entonces su carrera ha adquirido especial relevancia, actuando en multitud de recitales por todo el mundo, y también interpretando diferentes papeles operísticos como la Asteria de Tamerlano de Händel, dirigida por Mark Minkowski (uno de sus mentores) que supuso su debut en el Festival de Salzburgo en 2012. Ha cantado la Rosina de El barbero de Sevilla de Rossini, así como roles mozartianos como Fiordiligi de Così fan tutte y Zerlina de Don Giovanni con el que debutó el pasado junio en el Liceu de Barcelona.

Voz de precioso timbre y con una extraordinaria capacidad para la coloratura, junto a un excelente fraseo. Todo ello se puso de manifiesto en su recital de Peralada, acompañada al piano por Mikhail Antonenko. Inició el programa con la dificilísima aria “Agitata da due venti” de la ópera Griselda de Antonio Vivaldi, donde mostró auténtico virtuosismo con absoluto dominio del canto de agilidad y una emisión segura y límpida, solamente alterada por algún agudo forzado o cierta dificultad en los saltos de octava con graves un tanto artificiosos. Como contrapunto a este aria dominada por la pirotecnia vocal, la cantante brilló de sobremanera en su siguiente intervención “Carmelitarum ut confirmet ordinem….O nox dulcis” del motete Saeviat tellus inter rigores de Händel, donde brilló su voz auténticamente angelical, verdaderamente de ensueño, sobre todo en la sección final “O nox dulcis, quies seren” con magníficas regulaciones del sonido y un fiato casi inextinguible. En el recitativo-aria “Exulta, exulta a cor…..Care deus cordis amantis” del motete In caelo stelle clare de Nicola Porpora, volvió a mostrar su virtuosismo, aunque con una línea de canto de cierta monotonía expresiva. Resaltar su interpretación del “Alleluia” conclusivo del aria, con una brillante resolución de la coloratura, destacando las ejecuciones de notas picadas-ligadas. La primera parte del recital concluyó con su interpretación del Andante “Tu virginum, corona” seguido del Allegro final “Alleluia” pertenecientes al motete Exultate, jubílate de Mozart, realizando una buena interpretación del Andante, con excelente fraseo y magnífica ejecución de trinos, volviendo a mostrar su maestría en la resolución de la compleja coloratura del “Alleluia” final.

Ya, en la segunda parte, interpretó La regata veneciana, conjunto de tres canciones: “Anzoleta avanti la regata”, “Anzoleta co passa la regata” y Anzoleta dopo la regata”, compuestas por Rossini hacia 1857, con texto atribuido a Francesco María Piave en dialecto veneciano. En su interpretación, Lezhneva siguió exhibiendo su impoluta línea de canto, aunque carente de la necesaria expresividad, para mostrar el humor y gracejo que requieren están canciones rossinianas. Seguidamente, abordó tres lieder de Franz Schubert: “Nacht und Träume”, “Die junge Nome” y “Im Frühling”, bien cantados, con un buen dominio idiomático, aunque sin el necesario estilo y expresividad que requieren estas obras. Su mejor prestación se produjo en el bellísimo “Im Frühling”, con una excelente compenetración de voz y piano.

Ya, en la conclusión del recital, la soprano rusa volvió a brillar de sobremanera en la preciosa aria “Tanti affetti” de La Donna del Lago de Rossini, con excelente dominio del canto legato, y un magnífico fraseo, destacando, su interpretación de la sección final “Fra il padre, e fra l’amante”, introduciendo las pertinentes variaciones en sus cuatro repeticiones. Buena actuación del pianista Mikhail Antonenko, como acompañante y en sus interpretaciones solistas de la Partita nº 2 de Johann Sebastian Bach y el Impromtu nº 3 de Franz Schubert.

Ante los continuos aplausos, la cantante ofreció tres bises, el primero de ellos un aria del compositor barroco Carl Heinrichs Graun, contenido en su última grabación discográfica, repitió el “Alleluia” del motete de Porpora, para concluir con la preciosa canción “Daisies” de Sergei Rachmaninov.

Juan Diego Flórez

El pasado 13 de junio se ponía fin esta temporada al ciclo Las voces del Real. Y lo hacía por todo lo alto, con un recital del tenor Juan Diego Flórez. No se prodiga en exceso el tenor peruano, menos aún lo hace en representaciones operísticas, y sus últimas apariciones en el Real no habían dejado una huella demasiado profunda.

Flórez posee unas características vocales que pueden resultar adictivas, al menos para la gran mayoría de los aficionados que llenaban el Teatro. Y esta vez si, se puede decir que Juan Diego Flórez, ha vuelto…

En esta ocasión el repertorio estaba salpicado de dificultades y de compositores que no había abordado hasta ahora. Ha perdido la frescura y naturalidad de sus inicios, a cambio, su voz es más densa, continua dominando como nadie las agilidades y es muy difícil competir con sus agudos. No obstante, cada vez más, debe compensar el centro. Ha perfeccionado casi hasta el extremo su técnica respiratoria, como corresponde al heredero natural de la escuela clásica de los García. El resultado es una línea de canto sin fisuras, un bien definido legato y ese hermoso y soleado timbre que es marca de la casa.

No es Flórez un tenor mozartiano, pero en esta ocasión ha sorprendido interpretando dos arias llenas de dificultad, “Ich baue ganz auf deine Stärke”, de Die Entfübrung aus dem Serail (El rapto del serrallo) y “Vado incontro al fato estremo”, de Mitriadate, re di Ponto. En ambas hizo gala de su extraordinaria facilidad para las agilidades. Lástima que su relación con el idioma alemán restara brillantez en el fraseo.

Esta primera parte terminó con “Che ascolto? Ahimé… Ah, come mai non sentí”, de Otello, un aria elegante y briosa con numerosos agudos.

Tras el descanso, continuó con tres obras de Leoncavallo, incluida la hermosa Mattinata. Siguió con Puccini y el “Avete torto… Firenze è come un´albero florito”, de Gianni Schicchi, donde un fraseo exquisito completó una magnífica dramatización de este personaje que se alaba a si mismo.

La otra sorpresa llegó con la también puccuniana La bohéme, de la que interpretó “Che gélida manina”, con emisión transparente y fácil, sin aparente esfuerzo y con una elegancia que mantuvo hasta el do de pecho final.

Para terminar, Verdi, dos arias de I lombardi y La traviata. De la primera “La mia letizia… Come poteva un angelo”, delicadísima y llena de matices. De La traviata “Lunge da lei… De´miei bollenti spiriti… O mio rimorso”, del que repitió el do final al no quedar satisfecho con el primero.

Una vez concluido el recital llegaron los numeroso bises. Apareció con la guitarra, algo que se ha convertido ya en tradición y que el público celebra, por ser quien es. “Contigo Perú”, “Sólo le pido a Dios” y “Cucurrucucú Paloma” fueron las elegidas, una vez más.

Terminó con sus imprescindibles do de pecho de La fille du regiment de Donizetti y un Granada, de Agustín Lara, que pusieron el broche final y al público en pie.

Joyce DiDonato

Una paciente Joyce DiDonato observa, sentada desde el fondo del escenario, como el público entra en la sala y toma asiento. Se está poniendo de moda esta entrada a porta gayola, que requiere de cierta valentía para arrancarse a cantar si haber calentado previamente.

La mezzosoprano estadounidense presentaba en el Teatro Real de Madrid su nuevo espectáculo (y disco) “En guerra y paz: armonía a través de la música”. Un proyecto cargado de buenas intenciones en el que DiDonato ha puesto todas sus energías. Buscar la paz y la armonía a través de la música y hacer de ello un proyecto humanitario. Este es el gran desafío que plantea DiDonato con su nuevo espectáculo.

El programa está dividido en dos partes bien diferenciadas, la primera dedicada a la guerra, en la que se interpretan obras de G. F. Händel (1685-1759), Leonardo Leo (1694-1744), Emilio de Cavalieri (1550-1602), Henry Purcell (1659-1695) y Carlo Gesualdo (1566-1631). La segunda parte, mucho más coherente, estuvo dedicada a la paz, con obras de Purcell, Händel y Arvo Pärt (1935), del que se interpretó la estremecedora obra Da pacem, Domine. Composición que fue encargada por Jordi Savall en memoria a las víctimas del atentado de Madrid de 2004.

 

 

La actuación de Il Pomo d´Oro fue, simplemente, magistral. Es sin duda una de las mejores formaciones que pueden escucharse en la actualidad. La genial dirección de Maxim Emelyanichev, también al clave, llenaron de energía y musicalidad un recital en el que el acompañamiento musical estuvo por encima del de la interpretación de una DiDonato que posee un gran magnetismo sobre el escenario, pero que ayer no consiguió transmitir tanta carga dramática. Tal vez el exceso elementos visuales impidió el recogimiento que requerían las obras.

Se trata de un espectáculo muy visual, con efectos de luz y proyección de vídeos y una coreografía ejecutada por el bailarín Manuel Palazzo, que acompañan la interpretación de DiDonato. Cuando los elementos que acompañan a este tipo de espectáculos no aportan nada al mismo, simplemente, son innecesarios. Eso es lo que ocurrió anoche en esta guerra y paz. La sencilla, aunque elegante, coreografía de Palazzo, no aportaba nada al espectáculo. Tampoco las proyecciones de video de Yousef Iskandar, aunque no por ello dejaron de ser hermosas. La música barroca no necesita de ningún adorno ni aditivo más allá de su propia interpretación. Y si ésta, además, corre a cargo de Il Pomo d´Oro, nada se puede echar en falta.

El recital terminó con un agradecido discurso de Joyce DiDonato y dos excelentes propinas, el aria Par che di guibilo, de Attilio Regolo, de Niccolò Jommelli (1714-1774) y un intimista Morgen!, de Richard Strauss (1864-1949), para terminar una noche en la que recibió el calor del público de Madrid.

Franco Fagioli

A pesar de vivir en Madrid y de ser una de las voces de contratenor más reclamadas en la actualidad, el argentino Franco Fagioli no había debutado aún en esta ciudad. Esa puede ser una de las razones por las que había tantos asientos libres. Y es que Fagioli era, al menos hasta el miércoles, un desconocido para el gran público. Quien no asistió el 22 de marzo al recital de Fagioli en el Teatro Real simplemente se perdió una de las sorpresas de la temporada.

Se presentaba en Madrid con un programa cargado de dificultades, pues las arias escritas para Caffarelli por el poeta italiano Metastasio son extraordinariamente complicadas. Interpretó Obras de Domenico Sarro, Nicola Antonio Porpora, Johann Adolph Hasse, Leonardo Leo, Leonardo Vinci, Giovanni Battista Pergolesi, Angelo Ragazzi, Pasquale Cafaro y Gennaro Manna.

La voz de Fagioli es diferente a la de cualquier otro cantante de su cuerda. Más cerca de una contraalto que de un contratenor. Capaz de alcanzar tres octavas, ofreció un recital que fue de menos a más, alcanzando la apoteosis del virtuosismo en la segunda parte, donde llegó al sobreagudo. Su técnica es precisa, de vertiginosa coloratura. Su voz posee una elasticidad que le permite transitar de graves formidables a sobreagudos con gran facilidad, y generar siempre un sonido resplandeciente, gracias a un hermoso timbre. Carismático sobre el escenario, fue sintiéndose cómodo a medida que avanzaba en el programa y ofreció varias propinas que concluyeron con ‘Ombra mai fu’, de Händel, que provocaron el delirio del público. Tiene un grave problema con la dicción que debería solucionar. Pero su pésimo fraseo no estropearon en ningún momento sus dos horas y media de concierto en el que estuvo acompañado por Dimitry Sinkovsky, al frente de Il Pomo d´Oro, que fueron la compañía perfecta para la pirotecnia vocal de Fagioli.

Cecilia Bartoli

Los amantes del barroco estamos de fiesta con la programación que el Teatro Real ha preparado para esta primavera. Cecilia Bartoli y Franco Fagioli en su ciclo de “Voces del Real”, para preparar el estreno de Rodelinda, la obra de Händel que llega por primera vez a este teatro.

Cecilia Bartoli llegaba acompañada del siempre original Sergio Ciomei al piano. “Un viaje por 400 años de música italiana” es el nombre de la gira que la mezzosoprano italiana realiza estos días por España. No resulta fácil hacer una selección de 20 obras de un período tan amplio, ni mucho menos tener la capacidad de interpretar tan variado repertorio. Pero Cecilia Bartoli tiene el poder de la versatilidad, entre otros.

Lo ha demostrado una vez más este domingo en el Teatro Real, ofreciendo un recital de largo recorrido que tuvo como protagonistas a Giulio Caccini (1551-1618), Alessandro Scarlatti (1660-1725), Antonio Caldara (1670-1736), Antonio Vivaldi (1678-1741), Georg Friedrich Händel (1685-1759), Mozart (1756-1791), Gioacchino Rossini (1792-1868),
Vincenzo Bellini (1801-1835), Gaetano Donizetti (1797-1848), Giacomo Puccini (1858-1924), Francesco Paolo Tosti (1846-1916), Stefano Donaudy (1879-1925), E.A. Mario (1884-1961), Salvatore Gambardella (1871-1913), Ernesto de Curtis (1875-1937) y el mismísimo Domenico Modugno (1928-1994).

La Bartoli aborda este variado programa otorgando a cada obra el carácter y personalidad que le corresponde. Y lo hace como siempre, con maestría y sin aparente esfuerzo. Profundiza como nadie en las arias dramáticas e intensifica las de bravura, en ese repertorio barroco que conoce a la perfección.

Las cualidades de Cecilia Bartoli no son solo vocales. La singularidad en su forma de interpretar, su capacidad de transmitir y comunicarse con un público que la adora y al que mantuvo en efervescente tensión durante las dos horas que duró el recital, son habilidades que la cantante romana gestiona con la misma destreza que la coloratura o unos pianísimos que encandilaron a todos.

El público le pidió verla en una ópera completa. Esperemos que así sea.

Christian Gerhaher

Ofrecía Christian Gerhaher su ya tradicional recital en el Ciclo de Lied del CNDM en el Teatro de la Zarzuela. Lo hacía, también como siempre, acompañado de su fiel Gerold Hubert. En esta ocasión una selección de obras de Schumann del Liederbuch (Libro de canciones). Obras que Schaumann compuso en 1840, su año más fértil en cuanto a composición de este tipo de obras, que tan buena aceptación comercial tenían en la época. La felicidad del matrimonio Schumann, a pesar de las penurias económicas, supuso una caudalosa fuente de inspiración en este tipo de repertorio.

Considerado uno de los mejores liederista de la actualidad, Christian Gerhaher confirma en cada actuación la calidad de su instrumento y de su técnica. Sin aparente esfuerzo es capaz de pasar del piano a la media voz y de esta a una enérgica voz plena que sobrecoge por su intensidad. La claridad de su timbre, poco habitual en un barítono lírico como él, rebosa matices y colores. Su dicción y fraseo son impecables y elegante su línea de canto. Transita del dramatismo más contenido al más desbordado y siempre con una admirable expresividad. El texto más trivial quedará siempre lleno de contenido.

El pianista Gerold Hubert, siempre pendiente de él, en ese tándem perfectamente compenetrado que ambos han construido, tienen la capacidad, uno a la voz y otro al piano, de acentuar cada frase con el carácter adecuado. Ofreciendo siempre un trabajo de una minuciosidad extraordinaria.

Sábata

Hace dos años se produjo el debut en Peralada de Xavier Sabata (Avià, Barcelona, 1976), quien obtuvo un gran triunfo con el concierto que llevaba por título “Furioso o tras los pasos de Orlando”. Su vuelta a Peralada, ha constituido uno de los máximos atractivos en la programación de la treinta edición del festival ampurdanés. El contratenor barcelonés nos mostró de nuevo sus inquietudes musicológicas, al elaborar un programa alrededor de la figura de Alejandro el Magno, a través de diferentes títulos del repertorio operístico barroco, que centran su temática en la figura del gran conquistador griego. Con el título “Alejandro el Grande, el hombre que conquistó el mundo” el concierto tuvo lugar en la Iglesia del Cármen de Peralada, el pasado 7 de agosto, donde Xavier Sabata, estuvo acompañado por una orquesta de cámara con miembros del conjunto polaco Capella Cracoviensis, formado por los violinistas Zofia Wojniakiewick y Tomasz Góra junto al viola Mariusz Grochowski, la violonchelista Agnieszka Oszańca, el contrabajo Zenon Skiba y los oboés Taka Kitazato y Alayne Leslie, todos dirigidos por Tomasz Adamus también a cargo del clavecin. El mérito de Xavier Sabata es haber recuperado una serie de óperas barrocas que no habían vuelto a ser escuchadas desde las fechas de sus correspondientes estrenos como La superbia d’Alessandro (1690) de Alessandro Steffani. Abdolomino (1711) y L’Euleo festeggiante nel ritorno d’Alessandro Magno dall’Indie (1699) de Giovanni Battista Bononcini. Alessandro il Grande in Sidone (1706) de Francesco Mancini. Alessandro nell’Indie (1732) de Giovanni Battista Pescetti. Alessandro e Poro (1744) de Carl Heinrich Graun. Alessandro nell’Indie (1729) de Leonardo Vinci y Alessandro in Persia (1741) de Leonardo Leo.

El programa también incluía páginas de dos óperas más conocidas y representadas: Poro (1731) y Alessandro (1726) ambas de Georg Friedrich Händel. El concierto comenzó con sendas páginas orquestales bien interpretadas por la Capella Cracoviensis, pertenecientes a las óperas La superbia d’Alessandro de Alessandro Steffani y Abdolomino de Giovanni Battista Bononcini, y de otra ópera de este mismo autor con el largo título L’Euleo festeggiante nel ritorno d’Alessandro dall’Indie, que incluía dos arias con las que se inició la actuación de Xavier Sabata: en la primera de ellas “Da tuoi lumi”, un aria de bravura con la típica estructura da capo, el cantante mostró su dominio técnico de la coloratura con una gama de graves bien emitida; y, en contraposición, la segunda “Chiare faci” de carácter claramente intimista, donde Sabata mostró un canto pleno de fino melodismo, con el solo acompañamiento del violonchelo, que convierten esta página en un auténtico lamento. En esa misma línea intensamente melódica, se encuadra la bellísima aria “Servati a grande” de la ópera Alessandro nell’Indie de Giovanni Battista Pescetti, con una preciosa introducción orquestal, donde el cantante mostró su dominio de las complejas ejecuciones de milismas ligados, para concluir su interpretación en piano con trino incluido. La primera parte del concierto finalizó con la interpretación de otra aria de bravura “Spirti fieri alla vendetta” de la ópera Alessandro il Grande in Sidone de Francesco Manzini, en cuya primera sección, Xavier Sabata mostró un canto lleno de furia con notas emitidas vertiginosamente, así como su gran capacidad teatral, llegando incluso a enfrentarse a la partitura pasando violentamente sus páginas.

Sábata2

La interpretación realizada por la Capella Cracoviensis del andante de la sinfonía perteneciente a la ópera Alessandro e Poro de Carl Heinrich Graun, marcó el inicio de la segunda parte del concierto, dando paso a Xavier Sabata para afrontar el aria “Servati a grandi impresa” con el mismo texto y título de ópera Alessandro nell’Indie pero de otro autor Leonardo Vinci, donde, de nuevo, el cantante nos mostró su dominio estilístico y gran capacidad para resolver las dificilísimas agilidades de una página sumamente ornamentada, mostrando también su elegante fraseo y magnífico legato. A continuación en “Possono tanto due luci” de la ópera Poro de Händel, iniciada con una brillante introducción orquestal, Sabata volvió a ofrecer una línea de canto que resaltaba el tono intimista y melancólico del aria, para concluirla ensanchando la voz y dotando a su interpretación de fuerte dramatismo. El aria “Dirti, ben mio, vorrei” de Alessandro in Persia de Leonardo Leo, se convierte en una verdadera declaración amorosa de Alejandro a su amante, con frases de carácter tan intimista y sugerente como “che t’amo, che t’adoro, Ma non lo posso dir” cantadas por Sabata con gran estilo y auténtico apasionamiento. El concierto concluyó con la interpretación del aria bravura “Vano amore” perteneciente a la ópera Alessandro de Händel, donde el cantante volvió a mostrar su excelente técnica para afrontar complejas coloraturas, con pasajes ejecutados a gran velocidad, mostrando un amplio fiato para la ejecución de larguísimos melismas y perfectos saltos de octava, con un gran dominio de todos los registros y aportando a su interpretación un alto grado de teatralidad.

Ante los continuos aplausos de un público enfervorizado, Xavier Sabata interpretó dos arias de sendas óperas Händel: “Cedo a Roma e cedo a tè” de Scipione y “Vibra cortese amore” de Alessandro. En la primera, con la alternancia de pasajes lentos y rápidos, junto a las reiteradas repeticiones de la frase que da título al aria, efectuadas con diferentes entonaciones, donde el cantante volvió a demostrar su arte interpretativo. En la segunda, Sabata volvió a deleitarnos con ese canto intimista y de gran delicadeza ya ofrecido en diferentes momentos de este concierto. Buenas interpretaciones de la Capella Cracoviensis en la Sinfonía perteneciente a la ópera Alessandro il Grande in Sidone de Francesco Mancini, donde resultan magníficos los diálogos de los violines con la cuerda grave, ensamblados por el sonido del clave. Momento especialmente brillante en la actuación de la orquesta de cámara polaca, fue la interpretación de la Obertura de la ópera de Händel Alexander’s Feast. Buena actuación de Jan Tomasz Adamus tanto en su labor directorial como en la de interprete al clavecin.

En suma, un concierto de verdadera altura, que muestra de nuevo, la gran capacidad de Xavier Sabata a la hora de elaborar atractivos programas temáticos, junto a su excelente calidad como cantante, y también, como un consumado actor capaz de establecer un alto grado de comunicación con el público.

Gerhaher

Era la octava vez que Christian Gerhaher participaba en el Ciclo de Lied del CNDM en el Teatro de la Zarzuela. En esta ocasión para interpretar Winterreise (viaje de invierno), que Franz Schubert compuso en 1827 para voz y piano. En él expresa los sentimientos de un caminante a través de un paisaje invernal y gélido, tras conocer el rechazo de su amada. Desgrana su melancolía a través de un viaje en el que solo existe la desesperanza.

Alejado de su familia, sin pareja estable, enfermo y sin haber conseguido ningún éxito como compositor, Schubert transmite a través de este conjunto de 24 canciones los dos temas fundamentales de los poemas de Wilhem Muller, el sentido de viaje y el de soledad. Y lo hace a través de un viaje íntimo en el que utiliza como eje principal el paisaje exterior, la naturaleza, como símbolo de su propio interior. El invierno es aquí el elemento descriptor de los sentimientos más profundos y sombríos. Nos habla claramente de la muerte. Muerte que le acechaba y que llegó apenas fue publicada esta obra casi póstuma.

Schubert resaltó la parte pianística y eliminó cualquier tipo de adorno vocal. la sencillez, que no simplicidad, son un elemento común a destacar en esta obra. Es aquí donde Gerhaher añade una contención desprovista de cualquier exceso de teatralización dramática. Profundizando en la sobriedad de los sentimientos más desgarrados.

Este tipo de composiciones, aparentemente sencillas, requieren de una depurada técnica instrumental. Y es Christian Gerhaher uno de sus mejores exponentes en la actualidad. Se nota la magistral influencia tanto de Fischer-Dieskau, como de Elisabeth Schwarzkopf y es evidente la evolución de su voz y la capacidad de matización en obras de tanta exigencia comunicativa por su contención. Los cambios de tonalidad y de dinámicas son perfectamente expresados por un Gerhaher que ha perfeccionado sus graves y que regula el volumen y los cambios de tono con seguridad y acierto. Como demostró en Irrlicht (Fuego fatuo) donde la amplitud de registro y tonalidad obliga a transitar de agudos a graves y de fortes a delicados pianos.

Acompañado por Gerold Huber, establecen entre ambos ese diálogo íntimo entre voz y piano con el que Schubert concibió Winterreise. Un viaje interior en el que el dramatismo del proceso anímico solo puede conducir a la nada. A la soledad más absoluta del propio compositor.

Fue una hora y media en la que Gerhaher desgranó una a una estas 24 delicadezas del romanticismo. No ofreció bises, no eran necesarios. Nada faltó en esa hora y media de un recogimiento interior del que tan profundamente se puede llega a disfrutar.

https://youtu.be/dIwo6cxcWDE

Angela Denoke

El recital que ha ofrecido la soprano alemana Angela Denoke en el Teatro Real el pasado 15 de junio, ha sido sin duda el complemento perfecto de Moisés y Aarón de Schönberg, El emperador de la Atlántida de Viktor Ullmann y Brundibár de Hans Krása.

Con el Ciclo Bailando sobre el volcán, el Teatro Real ha puesto en valor la música de entreguerras y a los compositores que, capitaneados por Kurt Weill, trataban de dejar a un lado esa música cargada del dolor wagneriano de la época, y resaltar el lado más lúdico de una música que narraba la vida cotidiana bajo la denominación de Gebrauchmusik, música de uso.

Ver la Guerra y la crisis económica desde un punto de vista satírico, era uno de los objetivos de este grupo de compositores nacidos en la última década del siglo XIX, que tuvieron que exiliarse a Estados Unidos después de trabajar en los cabarets de Berlín durante los años veinte y que, a excepción de Weill, regresaron a Europa una vez terminada la Guerra.

Sobre el escenario, una Angela Denoke elegantísima, de voz vibrante y luminosa, fue desgranando obras de Weill, Walter Kollo, Werner Richard Heymann, Hanns Eisler, Friedrich Hollander y Mischa Spoliansky.

Estuvo acompañada por músicos de gran altura. Al piano, el también compositor israelí Tal Balshai. Clarinete y saxofón a cargo del alemán Norbert Nagel y el neoyorkino, de origen coreano, Tim Park, al violonchelo.

Hay que hacer una mención especial a Reinhard Bischel, que realizó un diseño de iluminación y proyecciones que ayudaron a crear esa atmósfera decadente del cabaret berlinés. El resultado final fue una velada exquisita en la que solo se ausentó un público gélido, que únicamente apareció en la última tanda de aplausos.

Susan Graham

Era el último recital del ciclo Las voces del Real, y esta vez a cargo de la mezzosoprano Susan Graham. Nacida en Nuevo México, Graham marcó grandes diferencias con las dos divas estadounidenses que la han precedido en las últimas fechas en Madrid. La primera, la elegancia, respondiendo con ello a los cánones y formas más pragmáticos en esto del canto liederístico. Nada que ver, por ejemplo, con la dicharachera Renée Fleming.

La siguiente diferencia es la elección del repertorio. Muy acertado en su elaboración, su disposición y criterios, que fueron explicados por la propia Graham nada más pisar el escenario, en perfecto castellano y de manera pedagógica y divertida. Un programa representado por canciones de amor de 17 compositores diferentes, dividido en bloques temáticos y perfectamente equilibrado. Un repertorio adaptado pulcramente a las características de su voz, brillante en los agudos. Con pianos exquisitos y suavizando unos graves en los que se maneja con mayor dificultad.

El público disfrutó de una interpretación sentida y delicada. Dramatizando cada frase y dotándola del sentimiento más acertado para cada palabra, cada nota. Una voz timbrada y con un centro bien apoyado para llenar de intención y sutileza sus filatos más sobrecogedores. Ya desde el inicio con “Seit ich ihn gesehen”, hasta llegar a un delicado final con “Nun hast du mir den ersten Schmerz getan”, ambas obras de Robert Schumann.

Estuvo acompañada al piano por Malcolm Martineau. Magistral en todo momento, sobre todo en esa intuición a la hora de acompañar, no solo en tempis, sino en sentimientos y delicadezas para expresar en conjunto.

Un final de temporada magnífico para este ciclo que terminó con un esperanzador “Hello young lovers”. Seremos jóvenes mientras amemos. Y felices asistiendo a estos despliegues de sensibilidad infinita.

Scholl

Diez años son muchos si de lo que se trata es de volver a escuchar a Andreas Scholl en el Teatro Real. Lo hizo el pasado 22 de abril. Acompañado esta vez por su mujer, Tamar Halperin, al clave, y por Tiziano Bagnati, laud y Marco Frezzato, violonchelo. Todos ellos capitaneados por el violinista Stefano Montanari cuyo virtuosismo mágico le llevó a la más pura interpretación barroca realizando variaciones y fraseos imposibles llenos de originalidad. Su dominio del instrumento es absoluto. No en vano es autor del Metodo di violino barocco.

El repertorio estuvo dedicado en su parte instrumental a Salvatore Lanzetti, con su Sonata para violonchelo y bajo continuo en Sol mayor, op. 1 núm. 7. Vivaldi, con dos Sonatas en trío en Do mayor, RV 82 y RV 85. Y la Sonata para violín y bajo continuo en Re mayor, op. 5 núm. 1 de Arcangelo Corelli. Momento este en el que Stefano Montanari asombró a todos, incluido el propio Scholl, con su dominio endiablado del instrumento.

La parte vocal del recital estuvo compuesta por obras de Händel, Cantata Nel dolce tempo, HWV 135b y Cantata Sento la che ristretto, HWV 161a. De Caldara, Cantata Da tuoi lumi y Cantata Vaghe luci y los anónimos L´ocasión delle mei pene, La biondina, que fue repetido en el único bis de la noche, y La farfalle.

Tres palabras definen la interpretación de Andreas Scholl en este recital, técnica, fraseo y expresividad. Un fraseo generoso y bien perfilado, perfecta dicción, importante volumen de voz y de extensión considerable. Una voz purísima y cálida, de gran sensibilidad interpretativa y facilidad para el matiz más sutil. Por algo está considerado, so sin razón, uno de los mejores intérpretes de su cuerda.

Renée Fleming

Muchos son los admiradores que la soprano norteamericana Renée Fleming tiene en España. Así al menos quedó demostrado en su recital del anoche en el Teatro Real.

Con obras que van desde el barroco al siglo XIX, realizó un recorrido por el amplio repertorio que le ha dado fama internacional.

En la primera parte, dedicada al barroco, interpretó obras de Mozart, Händel y Schumann. Una primera parte del recital no demasiado bien elegida a la vista de los resultados. Su voz sigue siendo espléndida, sobre todo esas tonalidades oscuras que adornar unos agudos que continúan llenos de brillo. Pero los tonos medios y lo que ha sido siempre su punto débil, los graves, han perdido textura y parece que emitieran con sordina.

Esta primera parte mejoró con las Frauenliebe und-lben de Schumann. El carácter más íntimo de estas obras y su gran expresividad le aportaron la seguridad que no encontró en las primeras arias.

La segunda parte resultó mucho más interesante que la primera. Las obras de Donaudy, Paolo Tosti, Arrigo Boito, Leoncavallo, Massenet, Saint-Saëns y Straus, con las que se sintió mucho más cómoda, le sirvieron para poner esa intimidad y emoción en la que se desenvuelve tan bien últimamente. Se evidenciaron sus dificultades para apianar, pero su impresionante trayectoria le proporciona tablas suficientes para emocionar a un público que la esperaba.

Fue muy generosa en las propinas. Sin mucho insistir ofreció seis bises en los que estuvo muy simpática y con esas ganas de agradar que muestran los artistas del continente americano. Propinas de lo más variado, haciendo gala de un polifacético repertorio que evocaba la riqueza musical de su país. Los matices de su voz así lo indican.

Estuvo fantásticamente acompañada al piano por Hartmut Höll. Uno de los mejores pianistas en la interpretación de lieder. No en vano acompañó entre 1982 y 1992 al legendario barítono Dietrich Fischer-Dieskau.

Bejun Mehta

Che puro ciel es el título del recital que ha ofrecido el pasado 16 de diciembre el contratenor Bejun Mehta en el ciclo Grandes Voces del Teatro Real. También es el título de un aria de Orfeo de Gluck. Tristemente no la pudimos escuchar. Pero el repertorio que preparó para este recital y sobre todo, la música de la Akadamie für Alte Musik Berlin, colmaron con creces las expectativas del público que ocupaba no mucho más de la mitad del aforo del Teatro.

Una de las orquestas más prestigiosas de su género, la Akadamie für Alte Musik Berlin, dirigida por Elfa Rún Kristinsdóttir, interpretó con sus instrumento de época obras de Mozart, Bach y Hasse de manera exquisita. Alcanzó su culmen en la obertura de Ezio, de Adolph Hasse, que entusiasmó a un público ya entregado.

La elegancia de Bejun Mehta en sus interpretaciones le sitúa entre los mejores de su cuerda. Con obras de Gluck y Bach, Mehta se fue creciendo a medida que avanzó el recital. Sus mejores arias fueron las de la ópera Ezio, de Gluck. Brilló en las coloraturas, pero tuvieron mayor intención las obras dramáticas. El público, sin embargo, sigue prefiriendo el estrépito de la coloratura frente a la calma del aria dramática, mucho más elaborada y compleja.

JD. Flórez

Un relajadísimo Juan Diego Flórez ofrecía el pasado 16 de noviembre un recital en el Teatro Real de Madrid. Un Real abarrotado, para el que no quedaban entradas desde hacía tiempo, recibió al tenor peruano con la ansiedad que solo produce una adicción.

El recital comenzó con tres canciones de Henri Dupartc que dedicó a las víctimas de los recientes atentados de París. Esta nueva incursión en el repertorio francés es una esperanzadora oportunidad de ampliar horizontes bocales.

La primera parte brilló con obras de Mozart como “Il mio tesoro”, de Don Giovanni, en la que hizo gala de un extraordinario fiato. Siguieron obras de Donizetti y Rossini. La segunda parte, algo más inconsistente, finalizó con un más que aceptable “T´amo qual s´ama”, de Lucrezia Borgia.
Regaló al público, a esas alturas ya enardecidamente entregado, cinco propinas. La primera, su ya célebre “Ah! mes amis” de La Fille du Régiment de Donizetti. Después, guitarra en mano, una canción popular peruana, “José Antonio”, magistralmente interpretada. Una simpática “Au Mont Ida”, de La bella Hélène, de Offenbach, “Una furtiva lagrima” de L´elisir d´amore de Donizetti, para terminar con “La donna e mobile”.

A una voz como la de Juan Diego Flórez y a un Teatro como el Real hay que exigirle un programa más exigente y equilibrado que el que nos han ofrecido. Se notaba cierta improvisación. También en la coordinación con el pianista Vincenzo Scalera, que subsanó, con maestría y unas poderosas tablas, las idas y venidas de Flórez en escena. Unas ausencias tal vez motivadas por la sequedad de los aires de Madrid, tan de moda últimamente, que le obligaron a utilizar un inhalador.

Posee sin duda uno de los mejores instrumentos de su cuerda. A su hermoso timbre se unen un fraseo perfecto, un brillo metálico en los agudos que multiplica los armónicos y un gusto exquisito en la interpretación. Aunque mucho más suelto y relajado que en otras ocasiones (se le ve feliz) sigue siendo la rigidez una de sus dificultades en escena. Su voz no es grande, pero si suficiente. Aunque fue necesario mantener el piano casi cerrado.

Seguimos esperando su participación en Madrid en una ópera representada. El éxito está ya asegurado.

NatalieDessay

Empezaba el ciclo de Grandes Voces del Teatro Real con un recital de Natalie Dessay. No regresaba al Teatro desde un anterior recital en 2007 y estaba casi obligada tras la cancelación de “La hija del regimiento”, la pasada temporada. Es una lástima que haya decidido dedicar sus energías vocales y artísticas sólo en conciertos, abandonando las interpretaciones operísticas. Le sobran energías y cualidades vocales. Así lo dejó de manifiesto el pasado 29 de septiembre.

Mantiene casi intacta la frescura de su voz, el volumen y una perfecta afinación. Aunque su repertorio habitual está compuesta por arias de compositores y óperas francesas, domina otros territorios. La primera parte, un tanto fría hasta que entró en materia, estuvo compuesta canciones de Schubert y Mendelssohn.
La segunda parte interpretó a Duparc y cinco canciones sobre textos de Víctor Hugo. A parte de una extraordinaria interpretación al piano del Soneto 104 de Petrarca, de Liszt, a cargo de Philippe Cassard. Que acompañó a Dessay magistralmente. Dos bises cerraron la noche, el segundo de ellos una canción española.

Sobre todo en la segunda parte del recital, Natalie Dessay pasó algún apuro con su garganta. La sequedad del ambiente, quizá. Al final voy a tener que darle la razón al estirado de Roberto Alagna.

KlausFlorianVogt

Ante esta magnífica representación de Otello, palidece bastante el recital del tenor alemán Klaus Florian Vogt, acompañado por el pianista Jobst Scheneiderat, que tuvo lugar la víspera en la Iglesia del Carmen, de Peralada. Con un programa que incluía cuatro lied: “Das Wandern”, “Halt!”, “Am Feirerabend” y “Des Müllers Blumen” del Ciclo Die schöne Müllerin (La bella molinera) de Franz Schubert, cantadas con corrección por el tenor alemán, lejos de las interpretaciones realizadas por los barítonos Dietrich Fischer-Dieskau y Hermann Prey; y, por supuesto, de la antológica creación del tenor Frich Wunderlich junto al pianista Hubert Giesen. Su actuación mejoró sensiblemente con su magnífica interpretación de “Dies Bidnis ist bezaubernd schön” de La flauta mágica de Mozart, seguida de “Winterstüme” de la wagneriana La Walkiria, donde ensanchó considerablemente la voz, ofreciendo contundentes sonoridades, que contrastan con aquellos momentos en que la voz del tenor suena en exceso dulce, amielada, y con un color blanquecino. La primera parte del concierto concluyó con su notable interpretación de “In fernem Land” del también wagneriano Lohengrin, su título más famoso de este repertorio. En ambas páginas, sus interpretaciones quedan lejos de las ofrecidas en la actualidad por su colega Jonas Kaufmann.

En la segunda parte interpretó de manera notable dos lied de Johannes Brahms “Sonntag” y “Da unten im Tale”. Continuando con su excelente interpretación de “Ein Lied geht um die Welt” tema central de la película musical del mismo título de 1933, dirigida por Richard Oswald con música de Hans May. Todo el último tramo del concierto estuvo dedicado a páginas de opereta, donde el tenor ofreció sus mejores interpretaciones mostrando su afinidad con este género: “Mein Wein” de la opereta Gräfin Mariza de Emmerich Kalman; y, sobre todo, las canciones de operetas de Franz Lehár: “Oh Mädchen, mein Mädchen” de Friederike, junto a “Immer nur lächeln” de Das Land des Lächelns, y de esta misma opereta la famosísima “Dein ist mein gances Herz”, donde el tenor mostró una exquisita línea de canto.
Ante los aplausos del público cantó dos propinas: una discreta versión de “Maria” de West Side Story de Leonard Bernstein y, finalmente, una brillante interpretación de otra página de Franz Lehár “Freunde, das leben ist lebenswart! de la opereta Giuditta. El pianista Jobst Schneiderat realizo una buena labor de acompañamiento. A la salida del concierto, rayos y truenos, como preámbulo de una intensa y prolongada tormenta, que hizo temer a los organizadores del festival por la representación de Otello del día siguiente, que, felizmente, pudo realizarse.

Diego Manuel García Pérez-Espejo

Lemieux

El pasado 13 de abril, el Teatro de la Zarzuela ofreció su Recital VII dentro del Ciclo de Lied. Estuvo a cargo de la simpatiquísima contralto canadiense Marie-Nicole Lemiex, acompañada al piano por Roger Vignoles.

Un recital dedicado al repertorio francés más intimista. Compositores menos conocidos que los Debussy, Ravel, Satie o Fauré, pero de similar peso musical y literario. Aunque algunas obras de Fauré y Debussy han formado parte de este recital, los protagonistas han sido Guillaume Lekeu, Reynaldo Hahn, Charles Koechlin y Herri Duparc.

Marie-Nicole Lemiex ya no es solo una promesa y cada vez consolida más su carrera musical. Su voz potente se sitúa en el arco central, con facilidad para las agilidades y las notas agudas y unos graves correctos. El repertorio en este caso era muy uniforme y más bien plano, pero cuando pudo soltarse en los bises echó mano de su simpatía y registros y quiso agradar al público con un guiño español. Bien acompañada al piano por Roger Vignoles . No en vano es uno de los más reconocidos y experimentados acompañantes en este tipo de recitales.

Dentro de la anécdota hay que dejar constancia del cada vez más preocupante estado de salud de parte del público que asiste al Teatro de la Zarzuela. La propia Lemeix bromeó en un momento dado a cuenta de los ataques de tos generalizados. Unos caramelos repartidos junto a las entradas no estarían de más. Aunque puede que fuera peor el remedio que la enfermedad.

Philippe Jaroussky

La voz de contratenor ha estado siempre asociada al repertorio barroco ampliamente conocido por el público aficionado. Es esta la razón por la que sorprende que una de estas voces, la del francés Philippe Jaroussky, vuelva al Teatro de la Zarzuela, a su XXI Ciclo de Lied en esta ocasión, con un recital de música francesa de compositores del siglo XX. Con el nombre de Green nos presenta su trabajo más personal y ambicioso.

Paul Verlaine, uno de los más importantes poetas franceses, ha sido la inspiración para Jaroussky. Igual que lo ha sido para distintas generaciones de compositores que han versionado sus poemas. Y este ha sido el nexo común de este recital, los poemas de Verlaine a través de las partituras de Fauré, Reynaldo Hahn, Poldowski, Charles Bordes, Debussy, Déodat de Séverac, Ernest Chausson, Emmanuel Chabrier, Léo Ferré, Saint-Saëns o Arthur Honegger.

El resultado es un recital mucho más intimista de lo que nos tiene acostumbrados Jaroussky. Sin la pirotecnia de las arias barrocas, pero con la inspiración y el recogimiento de la poesía.
Magistralmente acompañado al piano por un Jérôme Ducros, que maneja con delicadeza y solidez el teclado y el tempo. Atento en todo momento y perfectamente acompasado con un Jaroussky que cuenta por legión sus seguidores en Madrid. Su interpretación de estos nuevos repertorios mantienen la frescura y el refinamiento que constituyen una de sus principales características. Adapta su voz y su técnica extraordinariamente a este tipo de obras gracias a sus recursos vocales y su capacidad interpretativa.

Audra McDonald

“Make Someone Happy”, Haz a alguien feliz. Ese fue uno de los temas que interpretó este 31 de enero Audra McDonald en el Teatro Real. Un título y un propósito que la diva de Broadway supo cumplir con creces.

Se presentaba en el Real un nuevo ciclo denominado “Sesiones golfas”. Llamado así porque se dedicarán sobre todo a la música de cabaret y a los grandes musicales. Y ha sido con una de sus voces principales con las que ha dado comienzo este ciclo. Audra McDonald es una de las artistas más originales y versátiles del panorama actual. Formada en la Juillar School, actriz y estrella de la televisión norteamericana y ganadora de seis premios Tony y dos Grammy.

Es la primera vez que actuaba en España y ha prometido volver. Mujer cercana y asequible, como pudieron comprobar las decenas de fans que la esperaron a la salida, cordial y cargada de sensibilidad que sabe transmitir muy bien al público. Con gran sentido del humor introducía todos sus temas, creando una atmósfera acogedora y predisponiendo al público, entregado desde el inicio, a soñar y disfrutar.

Realizó un recorrido por los mejores números de los más importantes musicales de Broadway. Autores consagrados, como Harold Arlen o George Gershwin, y otros actuales como Terry Shand. Con una voz extensa, potente y ágil. Llena de recursos y registros y con una gran capacidad para agitar y estremecer, divertir y emocionar. Como corresponde a una extraordinaria soprano como ella. Solo algo sobró, por innecesario, el micrófono.

Acompañada siempre de sus formidables músicos: Andy Einhorn, director musical y piano; Mark Vanderpoel, bajo y el batería Gene Lewin. Destacaron sus interpretación de “Summertime”, del musical Porgy and Bess, de Gershwin, el único tema que interpretó sin micrófono. Un sentidísimo “Maybe this time”, de John Kander, de Cabaret. Un emocionante “Climb Ev´ry Mountain”, de Richard Rodgers para The sound of music. Y como propina un “Over the rainbow” de Harold Arlen para el Mago de Oz, como punto final a una noche llena de melodías para soñar.

Gerhaher-Huber

Extraordinario recital el que ofreció el pasado 21 de diciembre el barítono alemán Christian Gerhaher, acompañado de su fiel pianista Gerold Huber, en el Teatro de la Zarzuela.

Lo primero que capta la atención es su claro color de voz, poco común en un barítono. Esta cualidad le permite alcanzar notas agudas con gran facilidad y ligereza. El recorrido de sus registros es amplio, la dicción perfecta, variedad de matices. Capaz de expresar un suave pero intenso dramatismo, como demostró en las Kindertotenlieder (Canciones para los niños muertos) que no estaban programadas, pero que ofreció en sustitución de las Rückert-Lieder.

Una voz clara, elegante, expresiva, sutil. De líneas impecables y de discreta expresividad. Siempre magistralmente acompañada al piano por Gerold Huber, con el que forma un equipo perfecto. La exquisitez de Huber al piano contribuye y acompaña, acentuando o llenando de matices o energía los requerimientos de cada canción y de Gerhaher.

Si la máxima aspiración de Gerhaher es la profundización en la interpretación de la canción de arte alemana, su camino en esta dirección es, inequívocamente, impecable.

Teatro de la Zarzuela 21-12-14
Centro Nacional de Difusión de la Música (CNDM)
XXI Ciclo de Lied
Christian Gerhaher, barítono
Gerold Huber, piano

Gustasv Mahler (1860-1911)
Lieder eines fahrenden Gesellen (Canciones del aprendiz errabundo)
Des Knaben Wundehorn (El cuaderno maravilloso del muchacho)
Kindertotenlieder (Canciones para los niños muertos)

Albelo

El Teatro de la Zarzuela no ha descansado estas navidades y ha programado, como plato fuerte, un concierto de año nuevo el 2 de enero con el tenor canario Celso Albelo. El repertorio, muy del agrado del público habitual de la Zarzuela, empezó con la obertura de “Orfeo en los infiernos”, de Jacques Offenbach. Una fabulosa versión instrumental que preparó al público para recibir a un Celso Albelo que comenzó con el aria de Edgardo, de “Lucia de Lammermoor” de Donizetti. Tras este aria, la romanza de Nemorino en “L´elisir d´amore”, “una furtiva lagrima”. Muy celebrada fue la romanza de Fernando en Doña Francisquita, “Por el humo se sabe donde está el fuego”, que Albelo cantó con gran gusto y agilidad. Se encuentra el tenor canario en un momento bocal magnífico. Un hermoso timbre realzado por unos armónicos que lo llenan todo. Una voz pulida y radiante. Un fraseo claro y exquisito. Aunque comenzó un poco estático, disfrutó en el bis de “La donna è mobile” de Rigoletto, que había interpretado antes, en el que se marcó un impecable Do, como impecables fueron los del otro bis, “a mes amis”, de “la hija del regimiento”, que hicieron las delicias de un público a esas alturas entregado y a los que la escasa propina supo a poco.
El programa se completó con otras obras instrumentales como la Obertura de Nabucco, el Preludio del Tambor de granaderos, de Ruperto Chapí, Danza del fuego de Benamor, de Pablo Luna y el intermedio de La boda de Luis Alonso, de Gerónimo Giménez. Obras clásicas y que siempre se agradece escuchar. Se echa en falta un público más joven en este tipo de recitales, y en el Teatro de la Zarzuela no es el precio de la localidad el principal responsable. Ellos se lo pierden, pero no deberían.

Logo Festival Castell Peralada 2'13

Como no podía ser menos en este año 2013, conmemorativo de los bicentenarios de Richard Wagner (Leipzig, Alemania, 22 de mayo de 1813 – Venecia, Italia, 13 de febrero de 1883), y Giuseppe Verdi (La Roncole, Bussetto, Parma, Italia, 10 de octubre de 1813 – Milán, Italia, 27 de enero de 1901):
El Festival del Castell de Peralada, ha dedicado una amplia programación para festejar ambos eventos. Ante todo, cabria señalar –es justo y necesario- la perfecta y modélica organización de este festival veraniego, en ese bello marco del catalán “Alt Empurdà”, ya muy cerca de la frontera francesa, y al que tuve el placer de asistir por primera vez en un ya lejano 2002, en un recital, con entrevista incluida del tenor peruano Juan Diego Florez, cuando empezaba a ser conocido y estaba perfilando el camino hacia esa gran fama que ha adquirido en años posteriores.
Esa magnífica programación lírica dedicada a ambos bicentenarios, se inició desde el mismo día de la inauguración del Festival, el 17 de julio, con la interpretación de la verdiana Messa di Requiem, interpretada por el Cor i l’Orquestra del Gran Teatre del Liceu, bajo la dirección de su titular Josep Pons, quien imprimió a la orquesta un ritmo vibrante y, al unísono, logrando ese alto tono dramático que requiere esta obra: cuyo estreno tuvo lugar en 1874, en homenaje al gran poeta Alessandro Manzoni, fallecido justamente un año antes. En esta composición puede comprobarse la capacidad de Verdi como orquestador, conseguida poco a poco, durante los treinta y cinco años de intenso trabajo que median entre su primera ópera Oberto Conte di San Bonifacio (1839) y ese año 1874 de estreno del Requiem. Los solistas vocales eran de auténtica categoría encabezados por la magnífica soprano holandesa Eva-María Westbroek, voz voluminosa y timbrada, dotada de ese <<squillo>> y rotundidad que precisa esta obra. No le fue a la zaga la prestación de la mezzo italiana Luciana D’Intino. También, buena prestación del bajo Michele Pertusi. Y, más discreto, el tenor Giuseppe Filianoti, de bonita y timbrada emisión, pero algo ligero para esta obra que requiere una voz de más rotunda; y, ello se pone de manifiesto, en su gran momento solista el “Ingemisco”, donde su interpretación resulta muy alejada de las realizadas por un Jussi Björling junto a Zinca Milanov en 1940 o Leontine Price en 1960, en sus grabaciones dirigidas respectivamente por Arturo Toscanini y Fritz Reiner.
El propio Toscanini dirigió otro Requiem histórico en 1951, en el neoyorkino Carnegie Hall, con la maravillosa voz del joven Giuseppe Di Stefano, flanqueado por otros dos grandes de la lírica: Fedora Barbieri y Cesare Siepi. Es preciso resaltar otro histórico Requiem, con la magnífica interpretación de un joven Luciano Pavarotti, con Leontine Price, la gran mezzo Fiorenza Cossotto, y un Nicolai Ghiaurov en su mejor momento vocal, todos dirigidos en 1967 por Herbert von Karajan, en una función scalígera filmada, y posteriormente remasterizada y editada en DVD, que ha llegado a convertirse en un documento imprescindible de esta magna obra religiosa verdiana.
De cualquier forma, este Requiem de Peralada resultó de bastantes quilates sobre todo por la dirección de Josep Pons, y las prestaciones vocales de Eva-María Westbroek y Luciana D’Intino.
La interpretación de esta obra era también un homenaje a la memoria del poeta, dramaturgo y novelista en lengua catalana Salvador Spriu, en el centenario de su nacimiento acaecido el 10 de julio de 1813, cien años después de Verdi y Wagner.
Y, pasamos a la segunda jornada lírica del viernes 2 de agosto, dedicada a Wagner con la Orquesta del Teatro Mariinsky de San Petersburgo dirigida por su titular Valery Gergiev, con esa fuerza y convicción que en él son habituales. Quizás, en la primera parte dedicada a la interpretación del Acto I de Die Walküre (La Valquiría), algunos instrumentistas no consiguieron unas introducciones solistas del todo ortodoxas, y me refiero a las cuerdas graves y metales. En compensación si tuvimos la fortuna de escuchar a tres cantantes rusos de voces rotundas y entonadas, con un buen dominio de la lengua alemana, algo fundamental para matizar debidamente sus respectivos roles. Muy notable la Sieglinde de la soprano Mlada Judoléi con un timbre de gran atractivo, y empastando muy bien con el Siegmund del tenor August Amonov, bastante entonado en los pasajes de mayor empuje heroico, con un fraseo pleno de intencionalidad, aunque no excesivamente refinado en los momentos más líricos de esos largos y preciosos dúos con Sieglinde.
Magnífico por presencia escénica y vocalidad el bajo Mijail Petrenko, quien realizó una gran interpretación de el celoso y malévolo Hunding.
La orquesta estuvo mucho mejor en la segunda parte, con unas excelentes interpretaciones de las oberturas de Lohengrin y Los Maestros Cantores. Aunque, los grandes momentos de este concierto, corrieron a cargo de una magnífica Eva-María Wetbroek, quien después de haber encarado con verdadera brillantez los roles más líricos wagnerianos como Elisabeth de Tannhäuser, la Eva de Los maestros cantores, Sieglinde de Die Walküre, y la Gutrune de Götterdämmerung, está preparando su debut como Isolda, ensayando este complejo rol, en sus interpretaciones de la <<Imprecación de Isolda>> y la <<Muerte de amor>>, donde estuvo impresionante por su gran capacidad dramática, rotundidad vocal, y absoluto dominio de todos los registros: graves, centro y agudos. Un público totalmente entregado aplaudió con gran fuerza tanto a Gergiev como a la Westbroek.
Al día siguiente sábado 3 de agosto tuvo lugar otro evento wagneriano con el estreno absoluto en España de Das liebesverbot (La prohibición de amar), opera juvenil de Richard Wagner estrenada 1836 en Magdeburgo –con un estruendoso fracaso- cuando su autor solo tenía veintidós años. El montaje, realizado por el director escénico Georgios Kapoglou, fue realizado por encargo del Festival de Jóvenes Artistas de Bayreuth en 2005, en una versión donde se reducen las casi tres horas y media de la partitura original, a menos de dos, realizada por el compositor Frank Böhme en clave moderna, para el conjunto camerístico Ensamble Orquesta de Cadaqués, con instrumentación adicional de guitarra eléctrica y saxofones, que supo dirigir con verdadera destreza Fausto Nardi. El arreglo musical podía recordar, por momentos, el teatro musical de Kurt Weill.
Esta versión intenta concentrar lo más esencial de la acción, con una especial atención a mostrar una defensa a ultranza del amor libre y la emancipación femenina, marcando de sobremanera, el derecho de la mujer a tener absoluta libertad para elegir al hombre que más les guste, sin cortapisas familiares o sociales. Se trata de una adaptación que el propio Wagner realizó de la obra de teatro Medida por medida de Schakespeare.
Muy interesante la puesta escena en el interior de la Iglesia del Carmen de Peralada, con la orquesta al fondo, y la acción desarrollada dentro de un graderío rectangular y cerrado donde los espectadores podían seguir la acción desde muy cerca, prácticamente escuchando la respiración de los diferentes actuantes.
Magnífica actuación vocal y teatral de jóvenes cantantes, como los barítonos Enric Martinez-Castignani y Àlex Sanmartí, las sopranos Júlia Farrés-Llongueras, Rocio Martinez y Mercedes Gancedo, y el tenor David Alegret.
Buena prestación del Coro de Cámara del Palau de la Música Catalana. Magnífica función de estreno de esta auténtica rareza wagneriana. Solamente, significar el calor sofocante en el interior de la Iglesia del Carmen donde tuvo lugar la representación.
En fin, estos tres eventos musicales reseñados, han sido la magnífica aportación del Festival de Peralada 2013, a los bicentenarios de Wagner y Verdi.

Diego Manuel García Pérez-Espejo

Sir Simon Ratle

Con La Flauta Mágica de Mozart se iba a presentar la Berliner Philharmoniker en Madrid, dirigida por Sir Simon Rattle. Pero, lamentablemente, la precariedad del presupuesto del Teatro Real, llevaba a principio de temporada a tomar la decisión de “liquidar” esta producción. Se decidió entonces el cambio en la programación y aprovechar la estancia en España de la mejor Orquesta del mundo para interpretar la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven.

Sir Simon Rattle se lamentaba en rueda de prensa de no haber podido llegar a dirigir una ópera en este Teatro. Esperemos que surjan otras oportunidades, aunque de sus palabras no se desprendía esa sensación. Desde luego ya no será con esta orquesta, pues próximamente abandona este puesto para poder abordar otros proyectos, como él mismo avanzó.

Poder escuchar hoy en Madrid a la Filarmónica de Berlín dirigida por Sir Simon Rattle es, dadas las circunstancias, un milagro. Milagro que ha sido agradecido por el público durante algo más de diez minutos de aplausos y vítores. Aplausos a una orquesta en la que habita algún músico que no fue admitido por la Orquesta Nacional de España por no tener el nivel exigido. Apenas un mes después era seleccionado para tocar en la Filarmónica de Berlín. Probablemente quien le descartó aquí “tenía toda la razón”.
Sir Simon, que dirige sin partitura, pues la tiene en la cabeza, da las entradas a cada cuerda apenas con la mirada. Con una precisión extraordinaria, sin marcialidad, con armonía, con la confianza de quien se sabe seguido por unos músicos excepcionales. Con una capacidad técnica e interpretativa a la que se suma algo más. Esa capacidad de poder hacer magia, en este caso, con sus instrumentos.
El resultado es una comunicación fluida de todo el conjunto que queda siempre de manifiesto. Impresionantes los vientos y su caudal de sonido. Magníficos los pianissimi del conjunto de contrabajos al inicio del tercer movimiento. Eran violines en esas manos. La potencia controlada del conjunto. Controlada, que no contenida. Una batuta sensible, dinámica, siempre atenta a músicos y cantantes. Un espectáculo.

El Coro Titular del Teatro Real se sumó al lujo. No sorprende a quienes tenemos la fortuna de escucharles a lo largo de la temporada. Volvieron a sonar homogéneos y resueltos. Potentes de volumen y emociones.
Muy equilibrado resultó el cuarteto formado por Camilla Tilling, soprano, Nathalie Stutzmann, contralto, Joseph Kaiser, tenor y Dmitry Ivashchenko, bajo. Unas voces importantes sin erigirse ninguna en protagonista. Lo que enriqueció el conjunto de esta Novena que será retransmitida por RNE y por las pantallas gigantes de la Plaza de Callao el viernes en directo.

Goerne

Inolvidable recital de Matthias Goerne en el Teatro de la Zarzuela. Una indisposición del barítono alemán, obligó al cambio de fechas, del 5 de febrero al 30 de mayo. A tenor del resultado, el aplazamiento y la espera han merecido la pena.
Un recital cuidadosamente elaborado, donde las obras de R. Schumann y G. Mahler se alternan con milimétrica perfección. Un programa coherente en lo profundo, cargado de melancólicos textos de amor y despedidas. Y una interpretación magistral como vehículo del verdadero y exacto carácter de cada una de las obras.

Apareció Goerne en el escenario sobre el que se concentró unos minutos. Silencios como obertura a los noventa minutos que, sin descanso, y perfectamente agrupados por temáticas, fue ofreciendo de manera continua cada uno de los títulos programados. Con una intensidad que fue creciendo y arrebatando al propio Goerne y con él, al público. Una interpretación sentida, delicada y enérgica, según el requerimiento de la obra en cada momento. Pero siempre cargada de emotividad. Esa emotividad que una siempre espera y que tan pocas veces llega. Esa expresión intensa en la interpretación emocionada que derriba cuanto encuentra a su paso para alojarse en el cuarto de las cosas que no se olvidan.

Ich bin der Welt abhanden gekommen”, (Me he retirado del mundo), es el título de una de las más emocionantes lied de Mahler que interpretó Matthias Goerne, y sí, durante noventa minutos, nos retiró del mundo…

María Bayo

La visita de María Bayo es siempre muy esperada por el público de Madrid. En esta ocasión la cita ha sido en el Teatro Real, y el repertorio, las Chants d´Auvergne, de Josehp Canteloube. Una antología de canciones populares que fue recopilada, armonizada y orquestada a lo largo de numerosos viajes por su región natal, Auvernia.
Formada por cinco series publicadas entre 1923 y 1925, son canciones esencialmente naturalistas con una inventiva paisajística en su orquestación de primer orden.
El recital, dividido en dos partes, ambas francesas, comenzó con Le carnaval romain, de Hector Berlioz. El extraordinario éxito de esta obra en sus estreno parisino, producto de su virtuosismo, animó a Berlioz a incluirlo como preludio en su ópera Benvenuto Cellini.
A continuación, Pelléas et Mélisande, de Gabriel Fauré, suite de concierto llena de dramatismo y simbolismo dividida en cuatro movimientos. Estas dos obras, junto a Le chasseur moudit, de César Franck, formaron la primera parte sinfónica dirigida por el Maestro Titus Engel. El dinamimo de su dirección y su extraordinaria sensibilidad, reflejaron certeramente la exquisita musicalidad de unas partituras cargadas de delicadeza y variadas texturas.
La segunda parte fue el momento de María Bayo. Con las Chants d´Auvergne demuestra que su repertorio nunca se acomoda. Siempre trata de ir un paso más allá en sus interpretaciones y en la elección de nuevas obras. Lo que desemboca en un crecimiento de sus facultades vocales e interpretativas. Paralelamente, descubre al público nuevas músicas, con todo lo que esto supone de enriquecimiento en ambas direcciones. Tal vez sea esta una de las razones por las que su voz está en un permanente buen momento.

Las Chants d´Auvergne sorprendieron inicialmente al público, acostumbrado tal vez al repertorio más clásico y habitual de María Bayo. Pero la frescura de su interpretación y de la dirección de Titus Engel, trasladaron inmediatamente al público a la naturaleza y la campiña de Auvernia.
Con una voz liberada, resuelta, homogénea, eficaz y con un timbre siempre hermoso y delicado, trasladó a todos al verde césped del campo en primavera de la mano de su voz.
En un momento vocal excepcinal, con un fraseo exquisito y emocionado, se trabajó desde el primer momento a un público que acabó entregado, entusiasmado y agradecido cuando lo que recibe son emociones y altísima calidad.

DiDonato

Un mes de marzo muy activo en el Teatro Real. Tras Così fan tutte de Mozart y Haneke, un Roberto Devereux de Donizetti, para volver a escuchar a Edita Gruberova, una Noche del Real para el lucimiento de Joyce DiDonato y, sin solución de continuidad, Les pêcheurs de perles de Bizet, con un deseado Juan Diego Flórez junto a Patrizia Ciofi. Todo esto para dar entrada, ya en abril, a un Don Giovanni mozartiano en el que debuta, por segunda vez, Ainhoa Arteta.
Semanas de vértigo en las que la cantidad viene acompañada por la calidad.

Tras el estreno de la ópera de Glass, y el “Così fan tutte” mozartiano bajo la dirección escénica de Haneke, el Teatro Real se toma un respiro programando para el mes de marzo y abril algunas de las obras más atractivas de la temporada. En esta ocasión el atractivo reside, únicamente, en la música y los intérpretes, algo muy de agradecer.

ROBERTO DEVEREUX
Tres representaciones en versión concierto de “Roberto Devereux” de Donizetti, han sido la oportunidad de escuchar a la incombustible soprano eslovaca Edita Gruberova, tras 10 años de ausencia en este teatro. Conserva, a sus 66 años, una voz poderosa que no dejaba pisarse por la orquesta, y unos pianissimi magníficos, aunque es evidente el declive de su voz, pero tiene la capacidad de vestir sus personajes del drama, la ternura y la personalidad que solo la experiencia otorga y que tanto escasea sobre los escenarios hoy en día.
En la réplica tuvo a José Bros.
Incluso para una versión concierto resulta poco expresivo, pero toda la noche se mostró seguro, sobre todo en los dúos. Su voz sonó potente y voluminosa, incluso emotiva en algunos momentos.
Vladimir Stoyanov fue muy aplaudido por el público. Su actuación fue muy correcta, consiguió estar a la altura del resto de las voces. Su voz es de una gran belleza.
Sonia Ganassi fue la más aplaudida. Con gran dramatización y una voz potente y convincente, dio vida a una grandísima Sara.
La Orquesta, bajo la dirección de Andriy Yurkevych, sonó casi atronadora, briosa y ágil, en equilibrio con los cantantes. Bien dirigido también el coro, delicado y emocionante, sobre todo en los volúmenes de sonido que consiguió alcanzar. Magnífica noche de ópera.

Gaetano Donizetti
Tragedia lírica en tres actos
D. musical: Andriy Yurkevych
D. coro: Andrés Máspero
Gruberova, Stoyanov, Ganassi,
Bros, Atxalandabaso, Orfila,
San Antonio, Stánchev

JOYCE DIDONATO
“Estuve aquí como un muchacho y me encanta volver como una reina”. Con estas palabras, en italiano, se presentó la mezzosoprano estadounidense el pasado 8 de marzo en el Teatro Real de Madrid. Hacía así referencia a su anterior actuación en el coliseo madrileño en 2010, interpretando al joven Octavian, en el Caballero de la Rosa.

“Reinas” es el propósito de este recital y ellas son las protagonistas. Y como una auténtica reina se ha mostrado sobre el escenario DiDonato. Vestida con un espectacular vestido rojo de varias piezas que iba intercalando, arropada por Il Complesso Barroco, bajo la dirección del violín de Dmitry Sinkovsky, Joyce DiDonato ha desplegado todas sus virtudes canoras e interpretativas, transmitiendo la intensidad de las obras con una energía formidable. El público ha disfrutado con ella y ella con el público en un intercambio de emociones que ha terminado con cuatro bises.
Dominadora de la coloratura y del exigente cambio de registros de algunas de las arias que ha interpretado, sin duda son las arias dramáticas en las que mejor se desenvuelve y con las que ha alcanzado un nivel interpretativo excepcional. Una noche llena de emociones gracias a una mujer encantadora sobre el escenario que se ha metido al público en el bolsillo.