Cuentos de Hoffman en el Teatro Real

E. T. A. Hoffmann (1776-1822), ese escritor, compositor, director de orquesta, tenor y notable jurista, obtuvo su mayor reconocimiento artístico por su faceta de escritor. Formó parte del movimiento romántico y sus obras, de un estilo inquietante entre el humor y el terror, influyeron sobre la obra de otros reconocidos escritores como Allan Poe o Gautier.
Fueron precisamente algunas de sus narraciones las elegidas por el compositor francés Jacques Offenbach (1819-1880), para ser musicadas. Concretamente tres de sus cuentos: “El hombre de arena”, “El consejero Krespel”, y “Aventuras de la noche de San Silvestre”, sirvieron de inspiración para Los Cuentos de Hoffmann.
Offenbach murió cuando apenas había terminado un tercio de la obra, pero dejó mucha música escrita, suficiente para al menos tres óperas más. Es esta la principal razón por la que son múltiples las versiones que existen de Los cuentos. En opinión del director Cambreling, algunas de las versiones que se han hecho hasta el momento no son del todo respetuosas con el libreto original. Para él la obra es como un gran collage, elementos pegados entre sí. Historias en paralelo que no tienen que ver, necesariamente, unas con otras. Con esta premisa han realizado esta nueva adaptación de la versión de Fritz Oeser. El empeño principal era respetar al máximo el surrealismo del libreto original. Y lo han conseguido, no sé si respetar el libreto, pero sí elaborar una obra surrealista, llena de contenidos y detalles inconexos que hacen más difícil seguir un argumento que ya es, de por sí, endiabladamente enrevesado.

La inspiración la ha encontrado en esta ocasión Marthaler en las salas del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Lugar en el que fueron citados por Mortier para comenzar a trabajar sobre la obra, por ser este un lugar donde las distintas disciplinas artísticas se entrelazan de una manera sugerentemente caótica. Y es partiendo de este delicado desconcierto sobre el que se construye el collage añorado por Cambreling y Marthaler. Si el propósito era la confusión, el resultado es excelente.
La obra se desarrolla en un único escenario donde se reflejan distintos espacios del Círculo de Bellas Artes. La cafetería, el salón de juego, la sala de pintura, por la que desfilan modelos para ser retratadas y un incesante trasiego inicial del coro que recorren el escenario como visitantes del Círculo. Todo ello en los casi diez minutos iniciales que transcurren sin música.
El escenario, aunque cargado de todo tipo de elementos que distraen: cantantes, figurantes, atrezzos, entre otros detalles, tiene un aspecto decadente, desangelado y triste que se debe principalmente a la iluminación de Olaf Winter. Esto acentúa el trasfondo trágico de la obra, a la vez que se han restado casi todos los aspectos humorísticos, que no son pocos en esta obra, y que aligeran el drama subyacente. Tampoco se han tenido en cuenta claves escénicas importantes, como la escena de Olimpia, a la que se ha privado de sus problemas mecánicos que aportaban fantasía y cuento a la escena. El gran espacio vacío hacia arriba, muy industrial y muy del gusto de Marthaler, termina de enfriar el ambiente.

El cuadro de cantantes es equilibrado y homogéneo. Una obra tan coral (nunca mejor dicho) precisa de un buen plantel de voces secundarias, y en esta producción se cumple esta exigencia.
El primer personaje que interviene es Anne Sofie von Otter, que se divide entre La Musa y Niklausse. Siempre es un placer escucharla, aunque en alguna ocasión quede tapada por la orquesta. Sus personajes son algo insípidos pero conserva su elegancia en escena y un hermoso timbre que, a estas alturas de su carrera, será mucho más interesante en recitales que en óperas completas.
Eric Cutler interpreta un Hoffmann pusilánime que a veces parece vagar por el escenario. Su emisión es desigual a lo largo de la representación, pero en general, solventa con acierto su personaje. A sus agudos les faltó intensidad, pero fue de menos a más, sobre todo en el segundo acto.
Measha Brueggergosman afrontó los papeles de Antonia y Giulietta. Consiguió dotar a cada uno de los personajes de los matices y personalidad suficiente para diferenciarlos. Creó una profunda Antonia y una Giulietta cargada de sensualidad. Sus amplios registros le permiten oscurecer la voz al gusto y esta vez no hubo exceso de potencia. Su capacidad de dramatización realza la expresividad en sus personajes.

Ana Durlovski
fue la más ovacionada con su endiablada Olympia. Aunque ligeramente estridente en el timbre, domina la coloratura de su aria, a la que no le faltó ni una nota. Lástima que el dramaturgo Ubenauf decidiera despojar al personaje de sus elementos más soñadores.
Vito Priante luchó con sus cuatro villanos y sus buenas caracterizaciones, creíble en todas ellas. Su voz es polivalente sin ser excesivamente oscura. Se fue diluyendo a medida que avanzaban los actos.
Jean-Philippe Lafont, como Maestro Luther y Crespel, se movía en escena con cierta dificultad y su voz está casi tan cansada como él.

Christoph Homberger
solventó muy correctamente sus cuatro personajes que, por culpa de la deslucida escenografía, quedaron pobres y aburridos.
La ocurrencia de que Spalanzani haya sido interpretado por un actor (Graham Valentine) y no por un cantante, podría no haber sido una mala idea si no le hubieran tenido deambulando sin más por el escenario. Un actor muy mal aprovechado y un cantante de ópera desperdiciado.
Gerardo López no tiene una voz grande pero sus agudos tienen un bonito metal. Debe corregir la nasalidad en sus tonos medios.

No ha sido esta la mejor actuación del coro, estuvo mucho mejor la parte actoral y bastante tenían con moverse extrañamente con sus ridículas caracterizaciones.
La Orquesta en manos de Till Drömann sonó con precisión y energía. Acelerado en algunos momentos, tampoco pasará a la historia del Teatro.

Era la última ópera escenificada que programó Gerard Mortier. En ella ha querido dejar su sello, si se puede identificar así, a través del poema de Pessoa (bajo el nombre de Álvaro de Campos) “Ultimatum” que recitado por la costarricense Altea Garrido, apenas llamó la atención más allá de la extrañeza.

Les contes d´Hoffmann
Jacques Offenbach (1819-1880)
Opéra fantastique en cinco actos (1881)
D. musical: Till Drömann
D. escena: Christoph Marthaler
Iluminación: Olaf Winter
Dramaturgo: Malte Ubenauf
Coreógrafa: Altea Garrido
D. coro: Andrés Máspero
Reparto: Eric Cutler, Anne Sofie von Otter, Vito Priante, Christoph Homberger, Ana Durlovski, Measha Brueggergosman, Altea Garrido,
Lani Poulson, Jean-Philippe Lafont, Gerardo López, Graham Valentine, Tomeu Bibiloni, Isaac Galán.