Billy Budd

Didficil de entender que una de las obras más importantes del siglo XX no se hubiera representado hasta hoy en Madrid. Billy Budd, la obra más colorista de Benjamin Britten, llegaba al Teatro Real de la mano de una de las más prestigiosas directoras de escena, Deborah Warner, que ha presentado una radiografía perfecta de las intenciones de un Britten que trata con sutileza uno de sus temas más recurrentes, esa dualidad que para él existe entre el bien y el mal.

Se ha ofrecido la segunda versión revisada formada por dos actos más prólogo y epílogo. Esta versión siempre fue la preferida del compositor. Después de ver esta producción, sin duda también es nuestra preferida.

Después del Holandés errante, donde la proa de un barco protagonizaba la escena, llegamos a un Billy Budd en el que el planteamiento es mucho más evocador. El Indomable, un barco de guerra del siglo XVIII, llena el escenario de cabos, maromas y agua. Donde la sensación de movimiento es permanente y a veces real, como ocurre en el último acto. Y es que para Deborah Warner el teatro y el mar están conectados, “Cuando los barcos dejaron de ser de vela y desaparecieron las maromas, aparecieron en los teatros”.

Britten es, sin duda, un gran compositor, pero sobre todo es uno de los más grandes genios dramáticos en términos operísticos. Su sensibilidad a la hora de captar la profundidad del ser humano y construir personajes es extraordinaria, y Deborah Warner es su mejor intérprete. Ha escudriñado cada una de las capas con las que Britten ha cubierto sus personajes para presentarlos al público tal como los ideó el compositor y sin emitir juicios sobre ellos. El resultado no es una compleja producción, inalcanzable a los ojos del espectador de la que tanto gustan algunos directores de escena, sino una genialidad alejada de la superficialidad y cargada de los elementos justos e imprescindibles.

Con plataformas móviles que delimitan los espacios mediante complejos mecanismos escénicos aparentemente sencillos. Con personajes que se describen a sí mismos a través de diálogos íntimos y con un cuadro de cantantes cuyo nivel interpretativo está por encima del de su timbre, algo que en esta ocasión, es casi la clave del éxito.

La obra comienza cuando el público aún no ha terminado de tomar asiento. Aparece en el prólogo y en el epílogo el primero de los tres personajes principales, un anciano Capitán Edward Fairfax Vere que, a modo de flashback, narra la historia. Este papel fue escrito por Britten para su pareja, Peter Pears. Y tal vez no fuera el papel más indicado para él, pues requiere una voz de tenor más amplia y lírica que la que poseía Pears. Aquí está interpretado por el británico Toby Spence, que construye un personaje angustiado e inconsistente martirizado por haber acusado injustamente a un inocente. Bien en sus arias más desgarradoras y profundas.

El segundo protagonista es el joven y cándido Billy Budd. Un marinero lleno de atractivos que encandila a sus compañeros y superiores. El personaje requiere de un barítono con cierta agilidad. Tal vez no sea el caso de Jacques Imbrailo, que da vida al protagonista. Pero su capacidad dramática, incluso atlética (fue capaz de subir a pulso la cuerda mientras cantaba), sirvieron para ofrecer alguno de los momentos de mayor lirismo de la noche. Su última aria antes de morir es como una canción de cuna, evocadora y sencilla, de hondo calado que sobrecogió al público.

El tercer protagonista es el malvado John Claggart. Un personaje lleno de enrevesadas aristas interpretado brillantemente por Brindley Sherratt. Este bajo británico defendió con soltura un hombre torturado y fascinado por Billy Budd al que consigue destruir a base de mentiras. Tiene escenas memorables, en las que transmite a la perfección el dramatismo de un individuo tenebroso y lleno de contradicciones.

El escenógrafo Michael Levine ha realizado un trabajo extraordinario, potenciado por la iluminación de Jean Kalman y la fantástica dirección de actores, con más de cien personajes sobre el escenario, todos hombres. Un barco, el Indomable, en el que se ha conseguido una atmósfera asfixiante y cargada de testosterona y agresividad en el que no se han echado de menos las voces femeninas. Tal vez por la enorme carga emocional que posee la obra y la ternura que comparten alguno de sus personajes, o por la tremenda riqueza orquestal que posee la partitura, con gran variedad de colores en números y voces solistas.

La actuación del coro merece una mención especial, una más. Su profesionalidad y la calidad de sus voces es conocida e indiscutible, pero siguen teniendo la capacidad de sorprender y deleitar. Se mueven a decenas por el escenario con ritmo y soltura, con una capacidad dramática Imprescindible para crear la atmósfera conseguida en ese barco-carcel, para generar movimiento, para creerme la obra y para que la energía que produce la potencia de sus voces acelere las pulsaciones del patio de butacas.

Apareció por fin en el Teatro su director musical Ivor Bolton, y lo hizo para ofrecer una brillante versión de una obra que conoce bien, aunque solo sea por idioma. Se trata de una partitura con una escritura muy ajustada, de gran densidad, con muchos detalles de conjunto en una amplia orquesta en la que se otorga un gran protagonismo a los solistas.

Bolton establece una perfecta comunicación entre el foso y el escenario y el resultado es brillante. Pasa de momentos orquestales de gran intimidad a otros protagonizados por la intensidad y potencia orquestal, como el momento en el que se preparan para la batalla. También es la orquesta la encargada de narrar alguno de los momentos más importantes de la obra. Cuando el capitán Vere comunica a Billy Budd su sentencia, el relato está confiado a la orquesta que lo ejecuta a través de 34 acordes que se repiten y en los que los modos mayores y menores tienen un efecto narrativo asombroso y revelador.

La obra termina casi como empezó, conectando el epílogo con el prólogo a través del recuerdo que de la historia tiene el capitán Vere. El final se diluye y parece querer volver a empezar en un da capo permanente. Es una sensación real, la de querer volver a ver este Billy Budd insuperable que es, sin duda, lo mejor que he visto en este teatro en mucho tiempo.
Texto: Paloma Sanz
Fotografías: Javier del Real
Vídeos: Teatro Real

BILLY BUDD
Benjamin Britten (1913-1976)
Ópera en dos actos con libreto de Edward Morgan Foster y
Eric Crozier, basado en la obra homónima de Herman Melville
Nueva producción del Teatro Real, en coproducción con la
Opéra national de Paris, Ópera Nacional de
Finlandia (Helsinki) y el Teatro dell´Opera di Roma
D. musical: Ivor Bolton; D. escena: Deborah Warner
Escenógrafo: Michael Levine; Figurinista: Chloé Obolensky
Iluminador: Jean Kalman; Coreógrafo: Kim Brandstrup
Vídeo: Álvaro Luna; D. coro: Andrés Máspero
D. pequeños cantores: Ana González
Coro y Orquesta titulares del Teatro Real
Pequeños Cantores de la Comunidad de Madrid
Reparto: Jacques Imbrailo, Toby Spence, Brindley Sherratt,
Thomas Oliemans, David Soar, Torben Jüngens,
Christopher Gillett, Duncan Rock, Clive Bayley,
Sam Furness, Francisco Vas, Manel Esteve, Gerardo Bullón,
Tomeu Bibiloni, Borja Quiza, Jordi Casanova, Isaac Galán.
Teatro Real de Madrid 9 de febrero de 2017

Billy Budd

Uno de los propósitos de la programación del Bicentenario del Teatro Real es ofrecer al público títulos imprescindibles del repertorio operístico que todavía no figuran en el acervo musical del Teatro Real, sobre todo clásicos del siglo XX. En este caso se encuentra Billy Budd, una de las mejores óperas de Benjamin Britten (1913-1976) que nunca se presentó en Madrid y que pasará a formar parte de la ya nutrida lista de óperas del compositor británico que se han ofrecido en el Real desde su reapertura: Peter Grimes (1997), El sueño de una noche de verano (2006), La violación de Lucrecia (2007), Una vuelta de tuerca (2010) y Muerte en Venecia (2014); y las óperas infantiles El pequeño deshollinador (2005, 2006 y 2008) y El diluvio de Noé (2007).

LA NUEVA PRODUCCIÓN DEL TEATRO REAL

Entre los días 31 de enero y 28 de febrero, se ofrecerán 10 funciones de Billy Budd, obra maestra de Benjamin Britten que se estrenará en Madrid con una nueva producción del Teatro Real, en coproducción con la Ópera Nacional de París, la Ópera Nacional de Finlandia y la Ópera de Roma. La dirección musical será de Ivor Bolton ─reconocido experto en la música del compositor inglés─, y la puesta en escena de Deborah Warner, gran dama de la escena teatral británica.

https://youtu.be/PrVQuE7Hb88

La ópera, con un elenco exclusivamente masculino ─5 tenores, 8 barítonos, 1 bajo-barítono y 3 bajos─ estará encabezada por el barítono Jacques Imbrailo, el tenor Toby Spence y el bajo Brindley Sherratt, a los que secundarán los restantes solistas, mayoritariamente anglosajones.

Las magníficas partes corales serán interpretadas por las voces masculinas del Coro Titular del Teatro Real ─con el rigor que caracteriza el trabajo de su director, Andrés Máspero─, y por niños de los Pequeños Cantores de la Comunidad de Madrid preparados por su directora Ana González.

La Orquesta Titular del Teatro Real interpretará Billy Budd por primera vez, después de sus aplaudidas lecturas de otras óperas de Britten ─como Otra vuelta de tuerca, El sueño de una noche de verano, La violación de Lucrecia o Muerte en Venecia─, en esta ocasión bajo la batuta del director musical del Teatro Real, Ivor Bolton.

Deborah Warner, muy admirada en España por sus montajes teatrales ─Happy Days de Samuel Beckett, The Waste Land de T. S. Eliot, Julio César de William Shakespeare, etc.─, es todavía desconocida en nuestro país el ámbito de la dirección operística, pese a su amplia carrera en mundo lírico internacional. Debutó en 1993 con Wozzeck, de Alban Berg, y desde entonces dirige ópera con regularidad en los más importantes teatros del mundo, de La Scala de Milán al Metropolitan de Nueva York, con producciones muy aplaudidas, incluyendo tres óperas de Benjamin Britten: Una vuelta de tuerca (Royal Opera House), La violación de Lucrecia (Ópera de Baviera) y Muerte en Venecia (English National Opera, La Monnaie y La Scala).

La directora británica afrontará su cuarto título de Britten con la colaboración del reputado escenógrafo canadiense Michael Levine ─conocido del público del Real por sus decorados para Diálogo de carmelitas (con Robert Carsen) y Rigoletto (con Monique Wagemakers)─, quien ha creado un espacio escénico de gran simbolismo y enorme complejidad técnica, transformando el tumultuoso barco de Billy Budd en una inmensa cárcel flotante. Completan el equipo artístico la prestigiosa y muy premiada figurinista griega Chloé Obolensky, que debuta en el Teatro Real, y el veterano iluminador Jean Kalman, ambos colaboradores habituales de grandes directores teatrales, de Peter Brook a Deborah Warner.

Respetando precisamente los espacios más velados e inescrutables del cuento de Melville que sirve de base a la ópera, tratados con pudor y rigor por Benjamin Britten y los libretistas de la ópera, Deborah Warner concibe la puesta en escena sin juzgar a los personajes y rehuyendo la separación más simplista entre buenos y malos.

La fragata de guerra de Billy Budd es una terrible metáfora de tantos espacios donde la opresión y tiranía siembran los instintos más viles e irreprimibles, capaces de aflorar en cualquier momento. Este sentimiento de inestabilidad y tensión latente preside la concepción de la escenografía de Michael Levine, una inmensa jaula de cuerdas marinas, donde las escenas se suceden en balanceantes plataformas suspendidas, que sugieren el permanente peligro que se esconde en el seno del universo claustrofóbico de la armada británica, cuando los vientos revolucionarios de Francia alentaban a los marinos oprimidos al motín. En las fisuras de ese terrible microcosmos emergen sentimientos y pulsiones desconocidos.

BILLY BUDD, LA ÓPERA

Cuando Benjamin Britten (1913-1976) se dispuso a componer una nueva ópera encargada por la Royal Opera House para su Festival of Britain de 1951, encontró en el inquietante relato póstumo e inconcluso Billy Budd, Sailor, de Herman Melville (1819-1891) ─el célebre autor de Moby Dick─, los temas que le fascinaban: el mar ─presente en toda su biografía─ y el mundo de los marinos, los dilemas éticos y morales, el inefable poder de la belleza juvenil, la arrebatadora y reprimida atracción homosexual; y también las dicotomías recurrentes a lo largo de toda su obra: la confrontación entre el bien y el mal, la justicia y la ley, la transgresión y el orden, la culpa y la expiación.

Para la realización del libreto ─uno de los más perfectos de toda la literatura operística─, Britten contó con la vena literaria del escritor Edward Morgan Forster (1879-1970) –cuyas novelas Una habitación con vistas, Howard’s End, Pasaje a la India, o Maurice lograron famosas versiones cinematográficas–, y la sabiduría y sensibilidad dramatúrgicas del director teatral Eric Crozier (1914-1994), ambos amigos y fieles colaboradores del compositor.

El enigmático cuento de Melville ─cuya riqueza originó distintas versiones editoriales, un sinfín de interpretaciones hermenéuticas y hasta la famosa adaptación cinematográfica de Peter Ustinov, de 1962, titulada en España La fragata infernal─, transcurre en un navío de guerra británico, el Indomable, en 1797, durante el conflicto bélico con la Francia revolucionaria. En él embarca Billy Budd, un atractivo y cándido marinero, cuya frescura y belleza son un revulsivo para la tripulación oprimida, desestabilizando igualmente a los mandos superiores ─el respetado capitán Vere y el pérfido maestro de armas John Claggart─, desconcertados con los sentimientos contradictorios que les provoca la irrupción del bondadoso efebo en su sórdido mundo. La compleja trama entre estos tres personajes, y sus relaciones con el resto de la tripulación desencadena el fatal destino de Billy Budd, víctima de una perversa maquinación, en un microcosmos infectado por la injusticia, la humillación, la revuelta y el odio.

Britten da voz a los integrantes de este buque infernal con una admirable escritura vocal y una magistral orquestación. Utiliza la gran orquesta como si fuera una agrupación de música de cámara, buscando el color sonoro más apropiado para cada momento dramatúrgico, en detrimento de la utilización de la masa orquestal, que incluye arpa, clarinetes bajos, contrafagot, saxofón, un nutrido grupo de metales y muchos y variados instrumentos de percusión (seis intérpretes).

Una vez más el compositor recurre a los interludios orquestales, como en su ópera Peter Grimes, que adquieren especial transcendencia cuando la música llega donde no alcanzan las palabras.

La primera versión de Billy Budd, de cuatro actos, se estrenó en el Covent Garden el 1 de diciembre de 1951, con dirección musical del compositor. Pese al éxito del estreno, la ópera tuvo un corto recorrido hasta la presentación, en 1964, también en el Covent Garden, de una nueva versión revisada, en dos actos, dirigida por Georg Solti y registrada en disco en 1967, bajo la batuta de Benjamin Britten. Será ésta la versión de la partitura que el Teatro Real desvelará, finalmente, al público de Madrid.

ACTIVIDADES PARALELAS

10 de febrero, a las 20.00 horas | Fundación Albéniz, Auditorio Sony

Recital de Felicity Palmer

Felicity Palmer, mezzosoprano

Simon Lepper, piano

Programa:

Parte I

Benjamin Britten / Henry Purcell: Mad Bess

Johannes Brahms: Wie Melodien / Alte Liebe / Von Ewiger

Piotr Illich Chaikovski: Nyet tolko tot kto znal / Ne sprashivay / Noc / Atchevo?

Parte II

Joseph Horovitz: Lady Macbeth: a Scena

Benjamin Britten: French Folksongs (Quand j’etais chez mon père, La belle est au jardín d’amour, etc.)

Michael Head: Foxgloves

Marshall Palmer: Music when soft voices die

Alan Murray: I’ll walk beside you

Carrie Jacobs-Bond: When you come to the end of a perfect day

May Brahe: Two little words

12 de febrero, a las 12.00 horas | Teatro Real, sala principal

Domingos de Cámara

Solistas de la Orquesta Titular del Teatro Real

Programa

Parte I

Johann Sebastian Bach: El arte de la fuga, BWV 1080

Benjamin Britten: Cuarteto fantasía en fa menor, op. 2

Johann Sebastian Bach: El arte de la fuga, BWV 1080

Parte II

Benjamin Britten: Simple Symphony, op. 4

Benjamin Britten: Serenata para tenor, trompa y cuerdas, op. 31