Doña Francisquita

La producción del Teatro de la Zarzuela ‘Doña Francisquita’ dirigida y adaptada por Lluís Pasqual, ha sido galardonada hoy con el Premio Max de las Artes Escénicas al mejor espectáculo Musical o Lírico, en la XXIII edición del certamen promovido por la Fundación SGAE que se ha celebrado en el Teatro Cervantes de Málaga.

Este montaje de la obra de Amadeo Vives, considerada como una de las partituras más brillantes de nuestro patrimonio musical, fue estrenado en el coliseo de la plazuela de Jovellanos en mayo de 2019 y coproducido con el Gran Teatre del Liceu y la Opera de Lausanne. El libreto, de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, está inspirado en ‘La discreta enamorada’ de Lope de Vega y ha sido adaptado para esta versión por el propio Pasqual.

El director de escena afirma que la zarzuela es en sí un episodio alegre: el público acude al teatro con buen humor, y por lo general abandona la sala con una generosa sonrisa. De ahí que su propuesta tenga como principio y finalidad ungir cada detalle de ese espíritu de alegría y emociones felices, dejando también, como es habitual en sus trabajos, un espacio para la reflexión útil.

En su estreno de Madrid, el Maestro Óliver Díaz se encargó de la dirección Musical al frente a la Orquesta de la Comunidad de Madrid (Titular del Teatro). El reparto, que compartió la escena con el Coro Titular del Teatro de la Zarzuela, contó con dos colaboraciones especiales de altura: la de la inmensa maestra de las castañuelas Lucero Tena y la del actor Gonzalo de Castro. Los elencos estuvieron integrados, en su mayoría, por voces habituales en los más importantes recintos líricos como las sopranos Sabina Puértolas y Sonia de Munck, los tenores Ismael Jordi y José Luis Sola, las mezzosopranos Ana Ibarra y María Rodríguez, los tenores Vicenç Esteve y Jorge Rodríguez-Norton, la mezzosoprano María José Suárez o los barítonos Santos Ariño y Antonio Torres. También participaban 12 bailarines y 12 actores, completando el elenco de esta comedia lírica en tres actos y amor a cinco bandas.

La escenografía y el vestuario están firmados por Alejandro Andújar, la iluminación por Pascal Mérat, la coreografía es de Nuria Castejón y el diseño audiovisual de Celeste Carrasco. Asimismo, en las funciones intervino la Rondalla Lírica de Madrid «Manuel Gil».

Quienes aún no hayan podido disfrutar de esta ‘Doña Francisquita’, tienen la ocasión de hacerlo en las cuentas de YouTube y Facebook del Teatro.

Un gran Clásico

Que ‘Doña Francisquita’ es uno de nuestros grandes clásicos de la lírica no hay quien lo ponga en duda. A punto de cumplir cien años (lo hará en 2023), hasta la fecha se han visto grandes producciones en el escenario del Teatro de la Zarzuela donde llegó por vez primera en 1924, con la misma producción del estreno de cuatro meses antes en el vecino Teatro Apolo, firmada por Manuel Fontanals, y casi con idéntico reparto. Desde entonces, la obra de Amadeo Vives se ha representado en numerosas ocasiones en este recinto.

En 1934, ‘Doña Francisquita’ se había transformado ya en una comédie lyrique en trois actes en el escenario de la Ópera de Montecarlo, y poco después en una opérette à grand spectacle en el del Teatro Real de la Moneda de Bruselas, para en 1954 pasar a ser un Spiel aus Spanien en la Volksoper de Viena. ¡La internacional Francisquita!

Esa fue precisamente la razón por la que en 1956 fue el título seleccionado para la gala de reinauguración de la sala del Teatro de la Zarzuela con dirección de escena de José Tamayo. En 1972 volvería a subir a estas tablas nuevamente de la mano de Tamayo, aunque con una nueva propuesta escénica dirigida al público de Madrid. Pero 1985 fue realmente un año excepcional para ‘Doña Francisquita’ en el Teatro de la Zarzuela: la versión escénica de José Luis Alonso viajó a las ciudades belgas de Amberes y Gante —en el marco del Festival Cultural Europalia 85: España— y volvió a este mismo escenario de la plazuela de Jovellanos con el Ballet Nacional de España que la estrenó como un espectáculo de danza, con música de Vives, arreglos de Antón García Abril y coreografía de Alberto Lorca.

En 1998 ‘Doña Francisquita’ estuvo en Buenos Aires y Washington DC con una nueva y espectacular coproducción del Teatro de la Zarzuela dirigida por Emilio Sagi. Y en 2019 volvió a Madrid con esta nueva propuesta escénica dirigida por Lluís Pasqual, que luego viajó con éxito a Barcelona y Lausanne, coproductores del montaje.

Cine y Filmoteca Española

El Teatro de la Zarzuela y la Filmoteca Española firmaron con ocasión de esta producción un convenio de colaboración para la restauración de la película ‘Doña Francisquita’ de Hans Behrendt (1934). Es la primera vez que ambas instituciones se unen para abordar un proyecto conjunto de recuperación de patrimonio cultural español, en este caso cinematográfico y musical. Algunos de los fragmentos de dicho largometraje forman parte de la producción premiada hoy.

En 1992 la Filmoteca Española encontró en el fondo de la Cinémathèque Française de París un negativo de imagen y sonido de una película hasta el momento desaparecida; se trataba de Doña Francisquita (1934), del director alemán Hans Behrendt, producida por la compañía Ibérica Films en los Estudios CEA de Madrid. En 1993 se logra, como intercambio entre ambos organismos, que se enviara la copia a Madrid para su restauración. Primero se restauró físicamente y luego, entre 1995 y 1996, se realizaron nuevos trabajos con el Laboratorio Polisitem de Barcelona: el duplicado del negativo de imagen, el negativo de sonido y una copia estándar. Y en 2018 el Teatro de la Zarzuela colabora con la Filmoteca Española en el tiraje de una nueva copia digital.

La película, rodada íntegramente en Madrid en el año 34 con Raquel Rodrigo (Francisquita), Fernando Cortés (Fernando), Matilde Vázquez (Aurora) y Antonio Palacios (Cardona) en el reparto, es un importante ejemplo del cine sonoro del periodo republicano en España. El promotor del proyecto original fue el hijo de Amadeo Vives, José Vives Giner, quien ejerció de supervisor artístico de esta adaptación de la popular zarzuela.

Para su segunda versión cinematográfica ‘Doña Francisquita’ se vestirá de colores y fantasía —con el nuevo Cinefotocolor— de la mano de otro director exiliado, el húngaro Ladislao Vajda, en 1952. El reparto está formado por Mirtha Legrand (Francisquita), Armando Calvo (Fernando), Emma Penella (Aurora) y Antonio Casal (Cardona). En esta ocasión la película llegará hasta las pantallas del Festival de Cannes como Mascarade d’Amour en 1953.

https://teatrodelazarzuela.mcu.es/es/

Fotografía: Javier del Real

 

Una Doña Francisquita llena de contradicciones
Doña Francisquita
Amadeo Vives (1871-1932)
Comedia lírica en tres actos
Libreto de Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, inspirado en
La discreta enamorada de Lope de Vega. En una adaptación de Lluis Pascual.
Teatro de la Zarzuela Madrid 14 de mayo de 2019
D. musical: Oliver Díaz
D. escena: Lluis Pascual
Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar
Iluminación: Pascal Mérat
Coreografía: Nuria Castejón
Diseño audiovisual: Celeste Carrasco
Orquesta de la Comunidad de Madrid Titular del Teatro
Coro Titular del Teatro de la Zarzuela, Director: Antonio Fauró
Rondalla Lírica de MAdrid “MAnuel Gil”, Director: Enrique García Requena
Reparto: Sabina Puértolas, Ismael Jordi, Ana Ibarra, Viçent Esteve, María José Suarez,
Santos Ariño, Antonio Torres, Graciela Moncloa, Mathew Loren Crawford,
Francisco José Prado, ALicia Martínez, Francisco Javier Alonso
Con la colaboración especial de Lucero Tena y Gonzalo de Castro
Esta nueva producción de Doña Francisquita del Teatro de la Zarzuela me ha sorprendido y desconcertado. No he entendido nada, no hay diálogos, apenas escenografía, un narrador me distrae e interrumpe constantemente justo en los momentos más arrebatadores de la obra y, sin embargo, pocas veces salgo tan estimulada de una representación. No, no entiendo nada.También sirve para darse cuenta de lo turbador que puede llegar a ser la ausencia de diálogos y escenografía en una obra como esta. Como dice Lluis Pascual, una Bohéme puede ser cantada en versión concierto por los mejores cantantes, y no decir nada, o ser representada por los peores, y decirlo todo. A Doña Francisquita le ocurre algo parecido.Los tres actos en los que se divide la obra son completamente distintos, escénicamente hablando. El primero es aburrido y confuso, el segundo entretenido y lleno de romanticismo y el tercero, sublime.Lluis Pascual, hombre de teatro como ninguno, es el responsable de la puesta en escena y la adaptación del texto de esta nueva versión de Doña Francisquita. No es tarea fácil abordar, para modificar, una obra de referencia conocida desde su más tierna infancia. Y el resultado es realmente sorprendente. Queda a la elección del espectador en qué lado de la balanza pone su sorpresa.

Para justificar la adaptación del texto, Pascual alude al que, a su modo de ver, es el problema de la zarzuela: el libreto, y una manera de escribir e interpretar, que llega hasta los años 30 y que se llama “costumbrismo”. Un estilo teatral que ya nadie hace y, del que parece, se han perdido las claves para su interpretación, tanto desde el escenario, como desde el patio de butacas.
El primer acto es el más desconcertante. Se trata de un estudio de grabación de los años 30 en el que aparecen los cantantes y el coro como si de una versión de concierto se tratara. Falta la escenografía, que en este acto es fundamental para la comprensión de la obra. Tal vez sea esa la razón por la que los protagonistas parecen no hallarse sobre el escenario. Se pierde frescura en la interpretación, que queda en un segundo plano. Algunos de los momentos más líricos de este primer acto pierden toda su brillantez, como “la canción del ruiseñor”, interpretada por Sabina Puértolas, que queda bastante desdibujada.

Llegamos al segundo acto, situado en un plató de televisión en los años 60, de la mano del nuevo personaje que nos intenta guiar desde el principio, el narrador. El actor Gonzalo de Castro se encarga de dar vida a un nuevo rol, definido para tratar de introducir y explicar el argumento de la obra, a falta de diálogos. De Castro tiene un papel muy destacado, es brillante en lo suyo, pero su personaje no deja de cortar el ritmo. Aparece incluso para interrumpir los momentos en los que se había logrado la atmósfera más romántica y lírica. Creo que él mismo fue consciente de ello en algunos momentos.

El tercer acto nos lleva a una sala de ensayo actual y vacía. Con una inmensa pantalla al fondo sobre la que se proyectan imágenes de una Doña Francisquita rodada en 1934 por Hans Behrent, un director alemán que llegó a Barcelona, junto a otros cineastas, huyendo del nazismo. El nieto de uno de ellos, descubrió en el desván de su casa en Canadá, un baúl que contenía ocho películas grabadas por su abuelo. Siete de ellas estaban tan deterioradas que no se pudieron recuperar y solo se salvó una de ellas. Se trataba de Doña Francisquita. Las imágenes son de una gran belleza y evocadoras de aquel Madrid castizo y siempre dispuesto a la fiesta. Este tercer acto es el más emotivo, sobre todo, cuando apareció en escena Lucero Tena para tocar con “su pequeño instrumento”, las castañuelas, el fandango que después interpretó el cuerpo de baile. Tal vez este haya sido uno de los momentos más inolvidables de toda la temporada.

Todas las funciones están dedicadas a Alfredo Kraus en el 20 aniversario de su muerte. Con su recordado Fernando, Kraus reinauguró este Teatro en 1956 con esta misma obra.

La dirección musical, a cargo del titular del Teatro, Oliver Díaz, hizo grandes esfuerzos para encajar la música con lo que se estaba desarrollando sobre el escenario. Lo consiguió en gran medida, con una dirección enérgica, a veces algo excesiva en el volumen de sonido, pero siempre sabiendo acompañar a los cantantes en esta obra de grandes peculiaridades y difícil escritura orquestal, que hace que cada uno de sus números sean diferentes y con su propio estilo. Como dice Díaz, “Doña Francisquita es una sucesión de grandes éxitos”.

Una de las razones que hacen que esta Francisquita sea especial, a pesar de la desconexión de escena y música, es el cuadro de cantantes que intervienen en ella. Ismael Jordi aborda el dificilísimo y extenso rol de Fernando con la delicadeza y determinación que exige el personaje. Su voz ha ganado en densidad y amplitud. Ofreció uno de los momentos más románticamente líricos al interpretar su romanza “Por el humo…”, para la que se pidió el bis sin éxito. Su fraseo está bordado con elegancia y la línea de canto es exquisita.

Sabina Puértolas creó una Francisquita sofisticada y sin caer en ñoñerías. Su personaje fue de más a menos, tal vez contagiada por la falta de referencias escénicas. Su voz está llena de frescura y su línea de canto tersa y brillante. Su canción del ruiseñor quedó difuminada en ese perturbador primer acto.
La Aurora de Ana Ibarra fue el personaje de mayor personalidad sobre el escenario. Rotunda en la interpretación de esta Beltrana cuyos graves podían haber sido más intensos. Junto al Cardona de Vincenç Esteve, protagonizó el dúo del tercer acto. Ella, sobradamente castiza y brava, mientras Esteve rapeaba más que declamaba.

María José Suárez tiene un oficio y unas cualidades interpretativas que hacen que cualquier pequeño personaje se convierta en grande cuando ella lo viste. Eso hizo con su Doña Francisca. Es toda una garantía en cualquier producción lírica.

Otra garantía que aporta casticismo y personalidad a esta Francisquita, es la participación de Santos Ariño como Don Matías, y de Antonio Torres como Lorenzo Pérez. Saben estar y decir como se está y se dice una zarzuela.

Las coreografías elaboradas por Nuria Castejón, realizan una función casi balsámica para un público deseoso de conectar con la obra. Las imágenes que en directo se proyectan del cuerpo de baile sobre la gran pantalla, son de una plasticidad y estética notables.

Todos estos artistas, respaldados por el Coro Titular del Teatro de la Zarzuela, centran la obra y la llenan de referencias. Con ellos y la música del maestro Vives, se bastan y sobran para para dar vida a esta zarzuela. No hay que temer por nuestra lírica, es demasiado grande. Y el Teatro de la Zarzuela, su fortaleza.

Texto: Paloma Sanz
Fotografías: Javier del Real