Tras un exitoso debut de crítica y público en el Festival de Salzburgo en 2005, Maite Beaumont no se ha bajado de los escenarios más importante de Europa, como Opéra national de Paris; Théâtre Royal de La Monnaie; Bayerische Staatsoper; Staatsoper unter den Linden Berlin; Théâtre du Capitole en Toulouse; Teatro Real en Madrid; Teatro della Scala en Milan; Teatro Municipal de Santiago de Chile; y Lyric Opera Chicago. Los próximos 1 y 3 de diciembre podremos volver a escucharla en el Gran Teatre del Liceu como Ottavia, de L’Incoronazione di Poppea. Un repertorio, el barroco, para el que la profundidad y calidez de su voz, acompañada de presencia escénica, han hecho de la mezzo-soprano española, una de las cantantes más solicitadas de su cuerda.

Brío Clásica: Cada vez tiene más presencia nacional e internacional y son numerosas las ocasiones que tenemos para poder disfrutar su arte, pero nos gustaría saber más sobre usted. Háblenos de sus inicios, ¿de dónde viene su afición por la música y el canto?

Maite Beaumont: Vengo de una familia de músicos. Mi madre fué directora de coros, profesora de Pedagogía Musical en la Universidad ,mi padre cantante amateur y mi hermana cantante profesional. He tenido la suerte de tener educación musical desde muy niña, respirando la pasión por la música que había en mi casa. He podido asistir a muchos ensayos de coro desde muy niña, donde mi madre dirigía y mis hermanas y padre cantaban.

Mi padre siempre ponía en casa música vocal: es un apasionado del canto. Él mismo tiene una voz excepcional, pero no se ha dedicado profesionalmente. Hemos sido dos de las cuatro hijas, que nos hemos dedicado a ello. Mi hermana me ha sabido ayudar y aconsejar en los momentos más importantes de mi vida.

B.C.: Una vez que se toma conciencia de poder dedicarse profesionalmente a la música, ¿Cómo se planifica una carrera como esta?

M.B.: Con 18 años, no me podía imaginar que pudiera dedicarme en un futuro al canto profesionalmente. Lo bueno que tenía, es que la base musical estaba. Estudié siempre Música y canto. Mi hermana fué mi ejemplo a seguir: fué ella la que se fué a estudiar a Alemania y yo, después de estudiar Sociología, me animé a irme. Y allí, es donde empezó todo.

B.C.: Muy pronto se trasladó a Alemania. Allí son habituales los ensemble de ópera. ¿Qué diferencia encuentra entre formar parte de un ensemble y ser Freelance? ¿Qué ventajas e inconvenientes tienen cada una de ellas?

M.B.: Para mí, lo bueno de un Ensemble es que adquieres una base muy buena que te va a servir para toda tu carrera. Poder probar pequeños, medianos, grandes papeles con una buena supervisión, es primordial. El poder compartir cartel con profesionales ya muy experimentados te da mucha motivación y el conocer el día a día de un cantante, con ensayos, estudio, funciones… es importantísimo.

El único inconveniente que veo, es que llegado una edad es bueno salir, conocer gente nueva, otras formas de hacer, de trabajar, de hacer música… Eso lo tiene que elegir cada uno, según su carácter y su fase en la vida.

B.C.: Estamos celebrando el 450 aniversario del nacimiento de Claudio Monteverdi y, precisamente, el 1 y el 3 de diciembre interpreta en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona a Ottavia, de L’Incoronazione di Poppea, un personaje que conoce bien. Tampoco podemos olvidar su Sesto de La clemenza di Tito, de Mozart, la temporada pasada en el Teatro Real. No es fácil abordar estos repertorios. ¿Cómo se llega al barroco? ¿Qué exigencias tiene?

M-B.: He tenido desde muy temprano una afinidad muy especial con este repertorio.

La exigencia más grande que veo, es el estilo.

B.C.: Para usted tienen gran importancia los recitativos, algo que algunos directores suelen modificar para acomodarlos a determinadas producciones. ¿Cree que en la actualidad son imprescindibles? ¿por qué?

M.B.: Para mí, el recitativo tiene importancia si sirve para entender mejor la trama de la ópera, si nos da información sobre lo que ocurre o va a ocurrir. Yo lo concibo como puro teatro, hablar cantando.

No es que sean más imprescindibles ahora que antes. La diferencia es que ahora se trabaja más la parte teatral. La dirección de escena ha evolucionado tanto, que no sólo hay que saber cantarlos bien, también interpretarlos.

Por ejemplo, el recitativo en Mozart es de una riqueza digna de una obra de teatro.

B.C.: La música barroca tiene un amplio margen para la improvisación, sobre todo el barroco italiano. La decisión de variar o adornar una aria Da capo, ¿pertenece al cantante o al director?

M.B.: En realidad pertenece al cantante. El director sugiere y es el cantante el que al final decide cuáles le vienen mejor.

Lo importante es estar en estilo, esto se aprende como cualquier otra cosa. Hay otros que les gusta tenerlo todo más controlado. Todo depende del cantante y del director. Para mí , se trata de un trabajo en equipo: una mezcla entre lo que gusta al director y los ornamentos que van bien a tu voz.

B.C.: Siguiendo con el repertorio barroco, ¿qué dificultades técnicas se pueden encontrar en una partitura que, en su origen, fue escrita para las características físicas de un hombre?

M.B.: La voz de mezzo-soprano , por su timbre y color, se asemeja o evoca la que más a una voz masculina. Para mí, físicamente tenemos la misma fuerza que podría tener un castrato. Incluso más, diría yo. Depende del temperamento de cada uno, independientemente de ser hombre o mujer. Bajo el punto de vista vocal, las mujeres podemos usar más la voz de pecho, obteniendo más potencia que un castrato. Pero bueno, todo depende. Ahora hay muchos contratenores con muy buena técnica.

B.C.: Aunque cada vez se programan más obras barrocas, ¿cuáles cree que son las razones por las que continua siendo escasa su presencia en las programaciones españolas?

B.M.: Es un público muy específico al que le gusta el barroco. Yo creo que la cultura operística en España va incrementando. Cada vez más gente se atreve a ir a una función. Es mejor empezar por repertorio más tradicional, para después crear gusto y atraer a títulos más especiales como los barrocos.

B.C.: Su repertorio no se limita al barroco. Podemos escuchar sus interpretaciones de Lied, o de obras de compositores contemporáneos como Kurt Weill. También sabemos de su gusto por el Bel canto, ¿cómo se realiza el tránsito hacia estos estilos?

M.B.: Conforme se va desarrollando la voz, se va afrontando nuevo repertorio que requiere más madurez vocal, como es el caso del Bel Canto.

B.C.: ¿Se inspira en alguna cantante a la hora de preparar un nuevo rol?

M.B.: Siempre hay una cantante a la que te gustaría parecer.Primero estudiar el papel y después comparar diferentes versiones para hacerse una idea de cómo quieres que sea tu propia versión.

B.C.: ¿Cómo ve la evolución de su voz? ¿qué repertorios se ve cantando en un futuro más lejano?

M.B.: Me encuentro en un momento, donde ya me siento segura para abordar el repertorio belcantista. Hasta ahora he hecho mucho barroco y Mozart , además de otras cosas, pero es ahora cuando me encuentro en el momento oportuno para cantar Isabella, Adalgisa, Elisabetta, Giovanna Seymour… Después de haber estado tanto tiempo en Alemania, también me siento preparada para los papeles del repertorio alemán para mezzo-soprano lírica como Oktavian y Komponist.

Dentro de unos diez años, ya veremos cómo me voy desarrollando y hacia dónde.

B.C.: ¿Cuándo podremos volver a escucharla en Madrid?

M.B.: En el 2019 voy a cantar la Meg en Falstaff de Verdi. Después, espero que en muchos más papeles interesantes, donde pueda enseñar todas mis facetas.

La clemenza de Tito en el Teatro Real de Madrid

Apartemos de nuestra vida todo lo que no sea amor…”, cantan a dúo Annio y Servilia en uno de los momentos de mayor romanticismo de esta ópera. Y muy enamorado hay que estar para adentrarse con éxito en el hielo escenográfico que proponen Ursel y Karl-Eenst-Rousset en su propuesta de la última ópera compuesta por Mozart escrita para los fastos de coronación de Leopoldo II como Rey de Bohemia.

El tiempo pasa para esta producción que resultó un éxito en su estreno, allá por 1982. Ya había envejecido cuando se llegó a este mismo teatro en 2012, y ahora ha envejecido aún más. Sigue pareciendo la sala de espera de un geriátrico de la antigua Unión Soviética, como contamos en 2012.

Una caja escénica de un blanco radiantemente iluminado que no permitía a los espectadores de patio de butacas leer los subtítulos, terminó aburriendo y enfriando, no solo al público, también a unos cantantes a los que les costaba seguir el ritmo de la obra. En parte por el contagio del ártico escenario, y en parte por los eternos silencios para realizar mínimos cambios escénicos en los que Roma, una de las protagonistas del libreto, apenas se insinúa con la aparición de alguna columna. No es mala la intención de los directores de escena al querer resaltar los aspectos más psicológicos de los personajes potenciando la ausencia de elementos en el escenario, pero no era necesario llegar a tanto.

Los recitativos se convierten en rutinarios cuando no existe nada en lo que apoyarse, ni visual ni escénicamente. Menos mal que Mozart acudía permanentemente al rescate de todos, público y cantantes, quedando inmediatamente confortados por la música del genio.

La dirección musical de Christophe Rousset, buen conocedor de este repertorio y experto clavecinista, fue haciéndose lenta tras una buena obertura. Los recitativos, acompañados por el propio Rousset al fortepiano, resultaban pobres, si tenemos en cuenta su virtuosismo, y se hacían eternos. Sobre todo en una segunda parte algo tediosa.

Sin duda el conjunto vocal de esta producción mejora el de 2012. Bernard Richter es un tenor lírico con un buen volumen de voz y la agilidad suficiente para construir un Tito resuelto. Sus medios y agudos son potentes y brillantes. Más dificultades tuvo con los graves y con el tempi de los recitativos.

La canaria Yolanda Auyanet estuvo espléndida en su papel de Vitellia. Una voz que está madurando con gran calidad. Limpia y sin artificios. Buen fraseo que recorría con agilidad su particella. Pero brilló aún más en la parte interpretativa. Puso la chispa y la intención en el desangelado escenario.

También brilló la pamplonesa Maite Beaumont como Sesto. Se esforzó sobremanera para que se escuchara su voz. Mejor en boca de escenario.

Anna Palimina, nacida en Moldavia, se desenvolvió muy bien en el papel de Servilia. La pena fue el vestuario que le pusieron, sobre todo los zapatos.

Otra sorpresa agradable de la noche fue la mezzosoprano canadiense Sophie Harmsen como Annio. Voz ligera y de hermoso timbre. Sus agudos bien podrían hacerle pasar por soprano.

El barítono italiano Guido Loconsolo tiene una buena presencia escénica, pero su Publio se sentía muy incómodo fuera de los registros más graves. Como al resto, los lentos y aburridos recitativos fueron más un problema que un desahogo.

El Coro Titular del Teatro Real como siempre, magnífico. Se esperaba su participación como agua de mayo para romper la rutina escenográfica.

Una reposición que ha servido para rendir homenaje al recordado Gerar Mortier, quien encargó esta producción. Fuera de esta conmemoración, esta Clemenza no da para mucho más.

LA CLEMENZA DE TITO
Wolfgang Amadeus Mozart
Ópera seria en dos actos
Libreto de Pietro Metastasio, adaptado por Caterino Mazzolà
Estrenada en el Teatro Nacional de Praga el 6 de septiembre de 1791
Estrenada en el Teatro Real el 12 de marzo de 1999
D. musical: Christophe Rousset
D. escena: Ursel y Karl-Ernst Herrmann
Escenógrafo, figurinista e iluminador: Karl-Ernst Herrmann
D. coro: Andrés Máspero
Reparto: Bernard Richter, Yolanda Auyanet, Maite Beaumont, Anna Palimina, Sophie Harmsen, Guido Loconsolo
Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real

Texto: Paloma Sanz
Fotografías: Javier del Real
Vídeos: Teatro Real