El próximo lunes, 29 de abril, a las 20.00 horas, tendrá lugar el cuarto concierto del ciclo Voces del Real, protagonizado por el gran barítono alemán Matthias Goerne, que actuará con la Camerata Salzburg, bajo la dirección de Gregory Ahss.

Será el tercer concierto que ofrecerá el cantante en el Teatro Real, donde ha participado también en la ópera L’upupa, de Hans Werner Henze, en 2004; Parsifal, de Richard Wagner, en 2017; y Elías, de Felix Mendelssohn, en 2018.

Si en el último concierto en el Teatro Real, en 2013, Matthias Goerne ha dejado su impronta y veteranía en la interpretación de Des Knaben Wundernhorn, de Gustav Mahler, junto a la Orquesta Titular del Teatro Real, bajo la dirección de Teodor Currentzis, en esta ocasión volverá a la hondura del lieder alemán, con una selección de canciones de Franz Schubert, que interpretará bajo las órdenes del violinista y director Gregory Ahss (ver programa y biografías adjuntas).

En la segunda parte del concierto se interpretará la deliciosa Serenata para cuerda, Op. 48, de Piotr Ilich Chaikovski, pequeña obra sin pretensiones, heredera de las serenatas dieciochescas y estrenada en San Petersburgo en 1881, cuyo célebre vals se ha hecho popular como una pequeña pieza independiente.

imagen de la ópera The Indian Queen

Y por fín llega Purcell al Teatro Real. Lo hace con una de sus obras menos conocidas y representadas, The Indian Queen. Y, como no, rodeada de polémicas previas. Sobre todo por parte de quienes presumen en esta producción segundas o terceras intenciones. Descontextualizar la historia, la de hace 500 años, como la de hace 70, es una tarea pendiente para muchos.

Conviene decir que el público de la función de estreno tiene sus propias peculiaridades. Son muchas las ocasiones en las que el veredicto final es muy diferente al resto de representaciones. Y así ha sido también en esta ocasión. Los abucheos al final de la primera parte de esta función, se tornaron aplausos en representaciones posteriores. Es este un misterio que podría ser objeto de estudio. Desde aquí lanzo esta hipótesis por si algún curioso se interesa por el tema.

The Indian Queen es la última obra del compositor inglés Henry Purcell en 1695. Se trata de una obra inacabada. El compositor murió helado en la calle una noche de borrachera después de que su mujer no le dejara entrar en casa. Fue su hermano quien se encargó de finalizarla con un estilo mozartiano poco afortunado. Desde entonces son varias las ocasiones en las que se ha querido dotar a esta obra de otro final que no siempre ha sido el más acertado.

Pero situémonos antes de valorar la verdadera proporcionalidad de la nueva versión de Peter Sellars. Purcell inició sus composiciones a una edad muy precoz, con apenas 15 años se publicaron sus primeras obras y pronto inició una brillante carrera profesional. La Inglaterra de los primeros años de Purcell era la de la época de los puritanos. Estaban prohibidas casi todas las expresiones artísticas y los teatros permanecían cerrados. El joven Purcell se limitaba entonces a composiciones de carácter litúrgico ya que la ópera, como tal, no se conocía aún en Inglaterra. Sería Haendel quien introdujese las primeras óperas de estilo italiano. Con la restauración monárquica y la llegada al trono de Carlos II, se reabrieron los teatros y la vida cultural y social regresó a las ciudades inglesas. En esta inédita situación, la demanda de nuevos “productos” culturales fue extraordinaria. Y las inquietudes de Purcell por la música, el teatro o la danza, le llevaron a realizar las primeras composiciones. Nacen así las llamadas semióperas, dramas musicales interpretados por personajes secundarios, a menudo alegóricos, mientras la acción principal es relatada oralmente.

The Indian Queen, cuya partitura original apenas dura 50 minutos, es una semiópera formada por las llamadas masques o divertimentos que reúne poesía, música y complicados decorados donde la danza y otras expresiones artísticas tienen cabida. La versión que Peter Sellars ha creado tras más de 25 de admiración y profundización en esta obra, ha tenido un colaborador necesario, Teodor Currentzis. Con él coincidió cuando ambos ensayaban Iolanta y descubrieron su pasión común por el compositor inglés y por esta obra en concreto. El resultado responde casi milimétricamente al concepto clásico de semiópera. Con una duración de casi cuatro horas tras la incorporación de himnos y salmos del propio compositor, en su mayoría litúrgicos, pero perfectamente imbricados en la nueva literatura de la obra, proporcionando equilibrio y coherencia dramática. Ese dramatismo oscuro y desgarrador con el que Purcell se despide del mundo. Sellars ha transformado también el libreto original con una reescritura encargada para la ocasión a Rosario Aguilar. Escritora nicaragüense, autora de “La niña blanca y los pájaros sin piel”. Esa niña blanca es Leonor, hija de Teculihuatzin (Doña Luisa) y el conquistador Don Pedro de Alvarado. Ambos protagonistas de la historia.

La obra comienza con el dinamismo del cuadro de bailarines evolucionando en silencio hasta que comienza la música. Dinamismo que será una constante en la obra. Como lo serán también los silencios, esos silencios valorativos a los que Sellars recurre como elemento reflexivo entre interludios. El escenario es sencillo y limpio. Tan solo las obras expresionistas de Gronk visten el escenario de lado a lado llenando de fuerza y simbolismo cada una de las masques. La discreta y delicada iluminación de James F. Ingalls dota de vida y movimiento estos inmensos lienzos que embellece a su vez con los efectos de los juegos de sombras.

El cuadro de bailarines formado por Burr Johnson, Takemi Kitamura, Caitlin Scranton y Paul Singh es uno de los distintos planos artísticos que se desarrollan a la vez sobre el escenario. Tienen un peso y un protagonismo extraordinario. El estadounidense Christopher Williams, ha creado una coreografía actual, elegante y precisa, basada en las danzas barrocas cortesanas y es ejecutada con una brillantez magistral por estos cuatro artistas. Resaltar la exquisitez de movimientos de Caitlin Scranton.

La obra es narrada por Leonor, la niña blanca, interpretada por la actriz puertorriqueña Maritxel Carrero. Su presencia es escena, discreta pero rotunda, va presentando los interludios donde las mujeres, conquistadoras e indígenas, son las protagonistas. Poner en primer plano la importancia de la mujer, siempre omitida por la historia, es uno de los propósitos de esta obra, otorgándoseles un papel mediador entre los conflictos que entablan los protagonistas masculinos. Pero tanta narración resulta excesiva y, a pesar de un inglés perfectamente entendible, y de una muy buena proyección de voz sin amplificación alguna. Mucho público acabó desertando de los subtítulos. La historia narra la tragedia que se vivió durante las conquistas españolas en el Nuevo Mundo, Sellars se ha centrado en el drama de la conquista espiritual. Despojar a un pueblo de sus dioses para obligarles a adorar a otros. Argumento en sintonía con los cuestionamientos más profundos que Purcell se planteaba a través de su música, y que van abriéndose paso a través de los himnos y salmos escogidos por Sellars para completar la obra.

El cuadro de jóvenes cantantes está encabezado por Jilia Bullock, que interpreta a la reina Teculihuatzin o Doña Luisa, una vez cristianizada. Con un físico y una presencia muy adecuada al personaje, su voz extensa y consistente, acompañó en todo momento una muy buena dramatización. Muy bien en las escenas finales de su enfermedad y muerte, a pesar de la lentitud, al borde del aburrimiento, que en ese momento alcanzó la obra.

La soprano bielorrusa Nadine Koutcher dio vida a una extraordinaria y serena Doña Isabel con una voz redonda y pulida. Su “O solitude”, de un dramatismo sobrecogedor y un maravilloso pianissimi en “See, even night herself is here” que resultó conmovedor.

El contratenor coreano Vince Yi, dueño de un exótica y hermosa voz, impresionó por su ligereza en la coloratura y extraordinarios agudos. No le acompañó, como a la mayoría de protagonistas, el vestuario.

El otro contratenor de la noche, el francés Christophe Dumaux como Ixbalanqué, interpretó algunas de las piezas más conmovedoras, interpretadas con un exquisito gusto y timbre dramático como en “Music for a while”.

Los protagonistas masculinos, Markus Brutscher, como Don Pedrarias Dávila y Noah Stewart, Don Pedro de Alvarado, que solo canta en la segunda parte, son los elementos vocales menos brillantes de la producción. Stewart no pasó de la discreción y tuvo dificultades en la emisión si su postura no era totalmente vertical. Los uniformes militares que vestían y alguna escena cervecera, deslucieron un tanto en medio de tanta belleza escénica.

Sin duda, la voz más importante de la noche fue la del coro, MusicAeterna. Unísonos impecables que solo pueden ser producto de un trabajo constante e incansable bajo la dirección du su titular, Teodor Currentzis. No hubo frialdad, todo lo contrario. La disciplina puesta al servicio de la expresión artística más elevada. Siempre atentos a las entradas, a los silencios, a una perfecta respiración acompasada. Potentes entradas en volumen o en crecendo, y todo ello envuelto en la mística de las emociones.

Currentzis es, sin duda, uno de los directores que más vertiginosamente crece en el panorama internacional y una de las batutas más caudalosas. El tempo dramático con el que llevó a la orquesta y al coro. La comunicación y conocimiento que existe entre él y los cuerpos estables de la Opera de Perm, se aprecia en cada momento de la obra. Un sonido pulcro y refinado, lleno de efectos emocionales. El sonido del continuo, dirigido por Andrew Lawrence-King, y el de los archilaúdes y el salterio. Pero el sonido extraído del laúd y la tiorba, creando una atmósfera oscura, dramática en el acompañamiento de los salmos, centrando el carácter barroco de toda la obra y el sentimiento que Purcell puso en ella. Un sonido pulido en su espesura, que invitaba al recogimiento permanente, a la exaltación contenida o, simplemente, al entusiasmo interior, ese con el que es transmitido.

Sensibilidad, dramaturgia, fuerza, equilibrio, delicadeza, belleza… Literatura, música, teatro, danza, pintura, canto… El mundo en el escenario.

The Indian Queen Henry Purcell (1659-1695)
Semiópera en cinco actos y un prólogo con música de Henry Purcell y libreto de John Dryden
Nueva versión de Peter Sellars con textos de Katherine Philips, George Herbert y otros
Testos hablados extraídos de la novela “La niña blanca y los pájaros sin pies”, de Rosario Aguilar
Nueva producción del Teatro Real, en coproducción con la Ópera de Perm y la English National Opera de Londres
D. musical: Teodor Currentzis
D. escena: Peter Sellars
Escenógrafo: Gronk
Figurinista: Dunya Ramicova
Iluminador: James F. Ingalls
Coreógrafo: Christopher Williams
D. coro: Vitaly Polonsky
Reparto: Vince Yi, Julia Bullock, Nadine Koutcher, Markus Brutscher, Noah Stewart, Christophe Dumaux, Luthando Qave, Maritxell Carrero
Bailarines: Burr Johson, Takemi Kitamura, Caitlin Scranton y Paul Singh
Coro y Orquesta de la Ópera de Perm (MusicAeterna)

Macbeth

Utilizar un zoom demasiado alejado para tratar de visualizar acontecimientos y personajes muy concretos, puede causar una pérdida de perspectiva y la descontextualización de elementos fundamentales que componen la esencia de una obra original.
La globalización, tiene entre sus aspectos negativos, ser la causante de la pérdida de identidad. También en la ópera.
El espectacular y original recurso de Google Earth, con el que nos sorprende desde el inicio Dmitri Tcherniakov, queda diluido cuando la flecha del buscador no acierta en su localización. Una ciudad cualquiera, de un país cualquiera, con una burguesía (que no realeza) cualquiera, son las nuevas referencias de una ópera a la que Verdi ya había dotado de suficiente personalidad. Sobre todo en la segunda versión de 1865, como culminación de un proceso personal y musical que se alejaba del melodrama, para adentrarse en la dramaturgia de Shakespeare y Víctor Hugo.

Tcherniakov, que tan acertadamente ha escenografiado obras más complejas – como ejemplo cercano citar su Onegin de la pasada temporada- en esta ocasión, y haciendo uso de un recurso capaz de escudriñar todos los rincones del planeta, nos asoma a una ventana donde se desarrolla un Macbeth totalmente desdibujado.
Una escenografía sombría en las escenas de exterior, y extremadamente pobre en la estancia que se nos presenta a través de la ventana, donde se desarrollan las escenas principales, limitando el espacio sin justificación. Desaprovechando tan hermoso escenario. Impidiendo con ello que en esas escenas el coro comparta espacio, teniendo que intervenir escondido, sonando a lo lejos (algo imperdonable en una obra de Verdi donde la presencia coral es fundamental). En definitiva, una ópera televisada en directo.
Pero la torsión principal llega con el tratamiento de los personajes. Tcherniakov ha dado todo tipo de explicaciones sobre qué y cómo quiere transmitir la obra de Verdi. Obra sobre la que reconoce haber tenido dificultades para elaborar su escenografía.
Todos sabemos que la necesidad de tantas explicaciones no es una buena señal. Sobre todo tratándose de una obra tan explícita. Como he dicho, un tratamiento tan generalizador descarga de relevancia a los personajes.

Un rey ridiculizado, aunque este punto pueda servir como crítica a una monarquía decadente. Un Macbeth (en adelante Sr. Cuesta) de poca presencia, pusilánime y manipulable. Rallando con el ridículo cuando es obligado a morir en calzoncillos, privándole así, de cualquier atisbo de dignidad.
Una Lady Macbeth muy de su casa, de sus cosas, de sus pijamas, dando la impresión que en cualquier momento aparecería con rulos.
Y unas brujas inexistentes, un papel al que Verdi otorgaba el mayor protagonismo, papel que aquí es usurpado por todo el vecindario.
Muy mal resuelto el asesinato de Banco, una clara demostración de que los detalles importantes de esta obra quedan empequeñecidos, y hasta ridículos, en esta producción.
Parece la historia de una familia cualquiera, sin una localización concreta, ni espacial, ni temporal. En esta escenografía puede salvarse la dirección de actores. Algo en lo que Tcherniakov es extremadamente cuidadoso.
Dimitris Tiliakos, como Macbth (o Sr. Cuesta), hace verdaderos esfuerzos por dignificar al personaje. Difícil tarea por lo antes descrito. Conoce bien el papel, pero no es suficiente para elevar la interpretación. Mal en los dúos, desafinado a veces, bien en las medias voces. No pasará Tiliakos a la historia por este Macbeth. Lo digo para su tranquilidad.

Violeta Urmana continúa siendo una excepcional cantante. Recorre con solvencia y comodidad los distintos registros del personaje, endiablado en algunos momentos. Pero sus agudos ya no son lo que eran, el sonido se estrecha en ese registro y resulta desagradablemente tirante. Pero sus graves son amplios, voluminosos y ágiles.
Ha mejorado en esta ocasión su interpretación escénica. Algo en lo que no suele destacar demasiado. Su aspecto apacible impedía trazar una Lady Macbeth malvada y manipuladora.

Dmitry Ulyanov, que parece abonado al Real, fue un Banco muy digno y contundente, con importante presencia en el escenario y buena dramatización.
Alfredo Nigro, Malcolm, fue sin duda el mejor de la noche. Así lo manifestó el público con sus aplausos. Una voz pulida y un excelente fraseo, aunque cantara su mejor aria desde el interior de un cochecito infantil.

En esta ocasión el coro no estuvo tan afortunado como otras veces. Algunos ataques fueron a destiempo. Sonó desajustado en algunos momentos y casi toda la noche hubo una diva suelta.
El Patria Oppressa del inicio del tercer acto, sonó débil, poco dramático y se fue apagando poco a poco. Pero de esto es más responsable el director que el coro.

Lo mejor volvió a ser la dirección de Teodor Currentzis. Cada vez se parece más a Valery Gergiev, con el que ha compartido maestro a la hora de dirigir. Puntualizar la falta de intensidad con el coro, pero no con la orquesta, siempre viva. Le falta ir impregnando a sus direcciones más personalidad de los autores a los que dirige, pero es una de las mejores apuestas de Mortier.

Muy bien Nicky. Sobrio y tranquilo en su aparición sobre el escenario. Su presencia, con gran soltura y gracilidad, llamó la atención del público. Nicky es, por supuesto, el perro.

MACBETH
Giuseppe Verdi
Ópera en cuatro actos
Libreto de Francesco María Piave y Andrea Maffei.
D. musical: Teodor Currentzis
D. escena y figurinista: Dmitri Tcherniakov
D. coro: Andrés Máspero
Reparto: Tiñiakos, Ulyanov, Urmana, Nogales, Secco, Nigro
Orquesta y Coro titulares del Teatro Real.

Iolanta Persephone

IOLANTA. LA GRAN MENTIRA

Siempre me han fascinado las obras que fracasaron en su estreno”. Con estas palabras justifica Peter Sellars, entre otras razones, la elección de Iolanta para esta producción. A pesar de haber sido estrenada junto al Cascanueces, Iolanta no es una ópera para niños. Es el trabajo más personal y visionario de Chaikovski. Fue su última composición unos meses antes de morir, tranquila, pero voluntariamente. Es por ello que contiene las emociones más profundas de un compositor atormentado e increíble. Y esto se corresponde con una melodía extremadamente bella.

El argumento está lleno del simbolismo romántico que impregna casi todas las artes a finales del siglo XIX.
Iolanta merecería por sus características musicales, y sobre todo por su intensidad dramática, no compartir cartel con ninguna otra. Pero su duración, apenas una hora y media, hace que esto sea imposible en las programaciones de cualquier teatro. La necesidad de completar el cartel nos lleva a la primera cuestión, ¿con qué obra acompañamos Iolanta?. Teniendo en cuenta que es una coproducción con Rusia, parece inevitable que se trate de otro compositor ruso, por lo que la elección de Stravinski parece normal. Lo que resulta un tanto desconcertante es que haya sido Perséphone la elegida. Ambas son obras de una intensidad muy desigual. La energía explosiva con la que finaliza Iolanta no tiene continuidad con la delicada sobriedad que da entrada a Perséphone. El tránsito entre ambas, un descanso de treinta minutos, no es suficiente para conseguir el equilibrio.

Ninguna de las dos obras tiene un momento de rutina. Iolanta cuenta con un libreto prodigioso, aunque pueda parecer una historia trivial o cursi. Un rey que oculta a su hija ciega que lo es, y que para ello utiliza una gran mentira de la que hace cómplice al resto de la corte.

Con estos mimbres, el director de escena Peter Sellars, ha dado forma a una escenografía con la que quiere, utilizando la línea dramática de San Francisco, transmitir un mensaje de esperanza. Sobre como vivir mejor, cambiar nuestra vida prescindiendo de lo material y la riqueza. ¿Realmente se consigue este efecto?

El escenario es de una sobriedad casi absoluta. Apenas unos marcos que, a modo de puertas, funcionan como elementos de referencia en escena. Lo completan unos paneles de fondo que se alternan a lo largo de las escenas limitándose a proporcionar diferentes colores, primero en un escenario lleno de oscuridad, y luz intensa para proyectar el final.

El equipo artístico formado por Peter Sellars y el joven director musical Teodor Currentzis, se han permitido la licencia de incorporar a la obra un pasaje que no le pertenece. Se trata de un coro sacro del mismo compositor.
Lo han situado al final de la obra, justo antes del tableu final, y, a pesar de no corresponder en absoluto a la línea musical, es todo un acierto. Está cargado de una intensidad y contención que otorga al final de la obra una fuerza aún mayor.
En algunos momentos aparece en ambas obras, un cuarteto de cuerda que acompaña a los personajes sobre el escenario haciendo especiales esos momentos en escena.

La partitura de Iolanta es increíblemente bella. Hay momentos en los que se crea una atmósfera arrebatadora, sublime. Momentos intensos y hermosos de las cuerdas, sobre todo del primer violín. O de las arpas y las voces femeninas del coro acompañando un tercetto o aria de conjunto.
La Orquesta volvió a estar muy bien, y ya nos estamos acostumbrando, de la mano de Currentzis. Un joven director que ya demuestra experiencia y solvencia.

Nos habían dicho que los cantantes son los mejores con los que actualmente cuenta Rusia. Algunos demostraron estar en esa élite, como Dimitry Ulianov, que interpreta al rey René. Un bajo muy solvente y desahogado que acompaña su voz con una gran presencia escénica.
El ya conocido, y casi de la casa, Willard White como Ibn-Hakia, acomete con dignidad su personaje. Una voz correcta, pulida y compacta con una buena proyección.
Pavel Cernoch, como Vaudémont posee un instrumento con muchos brillos, casi destellos. Una voz esmaltada que sin duda tiene que evolucionar.
Un tanto decepcionante fue la actuación de Ekaterina Scherbachenko, Iolanta, una voz de bello y encantador timbre, expresiva y redonda, hasta que llegó la menor dificultad y fracasó en unos agudos nada estratosféricos que adornaban su papel. Fuelle suficiente pero escaso apoyo.
El resto de reparto fue muy solvente contribuyendo a un cuadro de cantantes equilibrado y compacto.
Una vez más hay que rendir homenaje a un coro que no acompaña, sino que es un personaje más cada vez que participa y no un personaje menor. Brillante.

IOLANTA
Piort Ilich Chaikovski(1840-1893)
Ópera lírica en un acto
Libreto de Modest Chaikovski
Basado en La hija del rey René de Henrik Hertz
Ulianov/Markov/Cernoch/Scherbachenko/
White/Efimov/Kudinov/Semenchuk/Churilova/Singleton.
Nueva coproducción del Teatro Real con el Teatro Bolshoi de Moscú.
D. musical: Teodor Currentzis
D. escena: Peter Sellars
Escenografía: George Tsypin
Iluminación: James F. Ingalls
Coro y Orquesta titulares del Teatro Real
Pequeños cantores de la JORCAM

PERSÉPHONE. EL RENACIMIENTO

Esta es la historia de la resurección, de la renovación de la vida” según el criterio de Peter Sellars. En un momento en el que el fascismo y el stalinismo se extienden por toda Europa, Stravinski hace un esfuerzo por regresar a los mitos de la salvación. Los mitos griegos más tempranos que tienen que ver con la cosecha, con el nacimiento de la cultura. Justo en esos momento (o en éstos), en los que la civilización parece que se está destruyendo, para Sellars “Chaikovski y Stravinski crean una música llena de ternura, fragilidad y delicadeza profunda”. En este espectáculo “la música cuenta una historia, la danza otra, la parte visual otra y todo funciona para crear la riqueza de una sociedad múltiple y democrática”, concluye.

Con Perséphone se plantea la segunda cuestión, ¿puede ser considerada un ópera o es “simplemente” un espectáculo escénico? Para Sellars se trata de “un ritual, una ceremonia” sobre el personaje mitológico de Perséphone que vive entre la tierra y el infierno.

Sobre el escenario, los mismos elementos que en Iolanta. Solo una mayor actividad de los paneles móviles y el cambio de luces diferencian escénicamente los dos montajes.

La actriz francesa Dominique Blanc, toda una institución en su país, declama el texto a modo de recitativo dramatizado. El tenor canadiense Paul Groves interpreta a Eumolpe con aséptica brillantez.
La parte de danza es interpretada por un grupo de bailarines camboyanos que son una perfecta metáfora para acompañar el argumento de la obra, el pueblo que vuelve del infierno. Como hizo Camboya tras el mandato de Pol Pot que exterminó, entre otros, a todos los bailarines de danzas tradicionales. Amrita Performing Arts constituyen una nueva generación nacida de las cenizas de aquella masacre.
El coro titular, acompañado en esta ocasión de los pequeños cantores de la JORCAM, continuó en su línea de brillantez. Solo matizar el incomprensible entrar y salir del escenario del coro como si fuera un entremés.

El balance final es positivo. Si quiere ser sorprendido por una música arrebatadora y por la energía positiva que se genera en la sala del Real durante ambas representaciones, no dude en comprar una entrada o, en su defecto, escucharla por radio o asistir a ella mediante el Palco Digital que el Teatro pone a disposición de quien quiera asistir vía Internet el día 24 de enero.

PERSÉPHONE
Igor Stravinski (1882-1971)
Madrid, Teatro Real 14-1-12
Melodrama en tres cuadros
Poema de André Gide
Paul Groves/Dominique Blanc
Bailarines: Sam Sathya/Chumvan Sodhachivy/Nam Narim/Khon Chansithyvka
(Amrita Performing Arts, Camboya)