Logo Festival Castell Peralada 2'13

Como no podía ser menos en este año 2013, conmemorativo de los bicentenarios de Richard Wagner (Leipzig, Alemania, 22 de mayo de 1813 – Venecia, Italia, 13 de febrero de 1883), y Giuseppe Verdi (La Roncole, Bussetto, Parma, Italia, 10 de octubre de 1813 – Milán, Italia, 27 de enero de 1901):
El Festival del Castell de Peralada, ha dedicado una amplia programación para festejar ambos eventos. Ante todo, cabria señalar –es justo y necesario- la perfecta y modélica organización de este festival veraniego, en ese bello marco del catalán “Alt Empurdà”, ya muy cerca de la frontera francesa, y al que tuve el placer de asistir por primera vez en un ya lejano 2002, en un recital, con entrevista incluida del tenor peruano Juan Diego Florez, cuando empezaba a ser conocido y estaba perfilando el camino hacia esa gran fama que ha adquirido en años posteriores.
Esa magnífica programación lírica dedicada a ambos bicentenarios, se inició desde el mismo día de la inauguración del Festival, el 17 de julio, con la interpretación de la verdiana Messa di Requiem, interpretada por el Cor i l’Orquestra del Gran Teatre del Liceu, bajo la dirección de su titular Josep Pons, quien imprimió a la orquesta un ritmo vibrante y, al unísono, logrando ese alto tono dramático que requiere esta obra: cuyo estreno tuvo lugar en 1874, en homenaje al gran poeta Alessandro Manzoni, fallecido justamente un año antes. En esta composición puede comprobarse la capacidad de Verdi como orquestador, conseguida poco a poco, durante los treinta y cinco años de intenso trabajo que median entre su primera ópera Oberto Conte di San Bonifacio (1839) y ese año 1874 de estreno del Requiem. Los solistas vocales eran de auténtica categoría encabezados por la magnífica soprano holandesa Eva-María Westbroek, voz voluminosa y timbrada, dotada de ese <<squillo>> y rotundidad que precisa esta obra. No le fue a la zaga la prestación de la mezzo italiana Luciana D’Intino. También, buena prestación del bajo Michele Pertusi. Y, más discreto, el tenor Giuseppe Filianoti, de bonita y timbrada emisión, pero algo ligero para esta obra que requiere una voz de más rotunda; y, ello se pone de manifiesto, en su gran momento solista el “Ingemisco”, donde su interpretación resulta muy alejada de las realizadas por un Jussi Björling junto a Zinca Milanov en 1940 o Leontine Price en 1960, en sus grabaciones dirigidas respectivamente por Arturo Toscanini y Fritz Reiner.
El propio Toscanini dirigió otro Requiem histórico en 1951, en el neoyorkino Carnegie Hall, con la maravillosa voz del joven Giuseppe Di Stefano, flanqueado por otros dos grandes de la lírica: Fedora Barbieri y Cesare Siepi. Es preciso resaltar otro histórico Requiem, con la magnífica interpretación de un joven Luciano Pavarotti, con Leontine Price, la gran mezzo Fiorenza Cossotto, y un Nicolai Ghiaurov en su mejor momento vocal, todos dirigidos en 1967 por Herbert von Karajan, en una función scalígera filmada, y posteriormente remasterizada y editada en DVD, que ha llegado a convertirse en un documento imprescindible de esta magna obra religiosa verdiana.
De cualquier forma, este Requiem de Peralada resultó de bastantes quilates sobre todo por la dirección de Josep Pons, y las prestaciones vocales de Eva-María Westbroek y Luciana D’Intino.
La interpretación de esta obra era también un homenaje a la memoria del poeta, dramaturgo y novelista en lengua catalana Salvador Spriu, en el centenario de su nacimiento acaecido el 10 de julio de 1813, cien años después de Verdi y Wagner.
Y, pasamos a la segunda jornada lírica del viernes 2 de agosto, dedicada a Wagner con la Orquesta del Teatro Mariinsky de San Petersburgo dirigida por su titular Valery Gergiev, con esa fuerza y convicción que en él son habituales. Quizás, en la primera parte dedicada a la interpretación del Acto I de Die Walküre (La Valquiría), algunos instrumentistas no consiguieron unas introducciones solistas del todo ortodoxas, y me refiero a las cuerdas graves y metales. En compensación si tuvimos la fortuna de escuchar a tres cantantes rusos de voces rotundas y entonadas, con un buen dominio de la lengua alemana, algo fundamental para matizar debidamente sus respectivos roles. Muy notable la Sieglinde de la soprano Mlada Judoléi con un timbre de gran atractivo, y empastando muy bien con el Siegmund del tenor August Amonov, bastante entonado en los pasajes de mayor empuje heroico, con un fraseo pleno de intencionalidad, aunque no excesivamente refinado en los momentos más líricos de esos largos y preciosos dúos con Sieglinde.
Magnífico por presencia escénica y vocalidad el bajo Mijail Petrenko, quien realizó una gran interpretación de el celoso y malévolo Hunding.
La orquesta estuvo mucho mejor en la segunda parte, con unas excelentes interpretaciones de las oberturas de Lohengrin y Los Maestros Cantores. Aunque, los grandes momentos de este concierto, corrieron a cargo de una magnífica Eva-María Wetbroek, quien después de haber encarado con verdadera brillantez los roles más líricos wagnerianos como Elisabeth de Tannhäuser, la Eva de Los maestros cantores, Sieglinde de Die Walküre, y la Gutrune de Götterdämmerung, está preparando su debut como Isolda, ensayando este complejo rol, en sus interpretaciones de la <<Imprecación de Isolda>> y la <<Muerte de amor>>, donde estuvo impresionante por su gran capacidad dramática, rotundidad vocal, y absoluto dominio de todos los registros: graves, centro y agudos. Un público totalmente entregado aplaudió con gran fuerza tanto a Gergiev como a la Westbroek.
Al día siguiente sábado 3 de agosto tuvo lugar otro evento wagneriano con el estreno absoluto en España de Das liebesverbot (La prohibición de amar), opera juvenil de Richard Wagner estrenada 1836 en Magdeburgo –con un estruendoso fracaso- cuando su autor solo tenía veintidós años. El montaje, realizado por el director escénico Georgios Kapoglou, fue realizado por encargo del Festival de Jóvenes Artistas de Bayreuth en 2005, en una versión donde se reducen las casi tres horas y media de la partitura original, a menos de dos, realizada por el compositor Frank Böhme en clave moderna, para el conjunto camerístico Ensamble Orquesta de Cadaqués, con instrumentación adicional de guitarra eléctrica y saxofones, que supo dirigir con verdadera destreza Fausto Nardi. El arreglo musical podía recordar, por momentos, el teatro musical de Kurt Weill.
Esta versión intenta concentrar lo más esencial de la acción, con una especial atención a mostrar una defensa a ultranza del amor libre y la emancipación femenina, marcando de sobremanera, el derecho de la mujer a tener absoluta libertad para elegir al hombre que más les guste, sin cortapisas familiares o sociales. Se trata de una adaptación que el propio Wagner realizó de la obra de teatro Medida por medida de Schakespeare.
Muy interesante la puesta escena en el interior de la Iglesia del Carmen de Peralada, con la orquesta al fondo, y la acción desarrollada dentro de un graderío rectangular y cerrado donde los espectadores podían seguir la acción desde muy cerca, prácticamente escuchando la respiración de los diferentes actuantes.
Magnífica actuación vocal y teatral de jóvenes cantantes, como los barítonos Enric Martinez-Castignani y Àlex Sanmartí, las sopranos Júlia Farrés-Llongueras, Rocio Martinez y Mercedes Gancedo, y el tenor David Alegret.
Buena prestación del Coro de Cámara del Palau de la Música Catalana. Magnífica función de estreno de esta auténtica rareza wagneriana. Solamente, significar el calor sofocante en el interior de la Iglesia del Carmen donde tuvo lugar la representación.
En fin, estos tres eventos musicales reseñados, han sido la magnífica aportación del Festival de Peralada 2013, a los bicentenarios de Wagner y Verdi.

Diego Manuel García Pérez-Espejo

Mariinsky

La magnífica interpretación, el pasado 15 de enero, de La Sinfonía fantástica de Hector Berlioz por parte de la Orquesta del Teatro Mariinsky de San Petersburgo, dirigida por Valery Gergiev (uno de los grandes directores actuales, que no batutas, ya que no la usa), ha elevado a altas cotas el nivel musical alicantino.

Pero vayamos por partes: el concierto arrancó con una bella y ensoñadora ejecución del “Preludio” del Lohengrin wagneriano, con unas delicadas y casi etéreas intervenciones de la cuerda. Esta primera parte del programa continuó con el Concierto para piano y
orquesta nº 3 de Sergei Rachmaninov. Estrenado por su autor al piano, en noviembre de 1909 en Nueva York. Casi tan popular como El nº 2, aunque dotado de mayores dimensiones, y con ciertos toques vanguardistas muy propios de la época. Es de muy complicada ejecución convirtiéndose para los pianistas en un verdadero reto.

En el primer movimiento “Allegro non tanto”, El pianista ruso Denis Matsuev, supo atacar con valentía y firmeza el vertiginoso descenso de acordes martillados, alternados por las dos manos; así como, ejecutar en el segundo movimiento “Intermezzo”, tumultuosos compases que enlazan con el último movimiento “Alla breve”, donde el pianista mostró su depurada técnica, aunque, ofreciendo por momentos, un sonido un tanto metálico.
Ya en la segunda parte, y como plato fuerte de este concierto, la orquesta rusa interpretó la Sinfonía fantástica de Berlioz: después de los incomparables logros sinfónicos beethovenianos, y habiendo transcurrido dos años de la muerte del genio de Bonn, acaecida en 1828, un joven compositor francés de nombre Hector Berlioz, con apenas veintisiete años, sorprendió al público parisino con el estreno, el 5 de diciembre de 1830, de su Sinfonía Fantástica, en realidad, una ópera instrumental. De hecho, a los oyentes de esta “premiere” se les facilitó un programa de mano, para seguir un argumento sugerido por los diferentes instrumentos, reproductores de una percutante, colorista y brillantísima orquestación. El estreno de la Sinfonía Fantática (obra fuertemente romántica), casi coincidió en el tiempo con el Hernani de Victor Hugo, considerado históricamente como el “manifiesto romántico”. Puede afirmarse que Hector Berlioz, con Victor Hugo y el pintor Eùgene Delacroix, forman la “Santísima Trinidad” del arte romántico.
Todo artista inmerso en el romanticismo, se siente motivado por un amor desesperado hacia una mujer que, la mayor parte de las veces, no es correspondido. Pero, en ese período donde el artista está enfrascado en su creación, se siente eufórico y fantasea, pensando que el sentimiento que tiene por su amada va a ser correspondido cuando ella llegue a conocer la obra hecha en su honor. Sin embargo, la mayor parte de las veces, las mujeres se muestran desdeñosas con estos seres que llegan a amarlas tanto, y tan desesperadamente. Esto le ocurrió a Berlioz, cuando tuvo ocasión a los veintitrés años de ver actuar en París, a la actriz inglesa, shakesperiana Henrietta “Harriet” Constance Smithson, interpretando el papel de Ofelia en Hamlet. Esta actriz, cuentan los críticos de la época, tampoco era nada del otro mundo.
A Harriet Smithson, las cartas que le enviaba su admirador, le parecieron tan exageradamente apasionadas, que le rechazó por completo. Sin embargo fue la musa inspiradora de la Sinfonía Fantástica, que Berlioz estaba preparando en esa época.
En 1930, esta obra generada por esas emociones fue considerada “asombrosa y vívida”, pero la actriz inglesa no quiso asistir al estreno en París. En aquellos momentos la naturaleza autobiográfica de esta obra, con una música programática, se consideró con justicia: sensacional e innovadora. La crítica comenzó a decir: muerto Beethoven, con Hector Berlioz y la Sinfonía Fantástica, ha nacido su auténtico epígono.

La sinfonía que lleva por subtítulo “Episodio de la vida de un artista” , tiene un argumento muy detallado. Es esa la razón por la que es considerada uno de los mejores ejemplos de música programática. En el primer movimiento “Sueños y pasiones”, un joven músico desesperado se ha envenenado con opio, y en un largo sueño tiene una serie de visiones y pesadillas con la idea de su amada rondando continuamente en su cabeza. Recuerda las alegrías y depresiones del pasado, antes de conocerla, y luego, al neurótico celoso en que se convirtió cuando ella entró en su vida, quedándole solo el consuelo de la religión. En el segundo movimiento “El baile”, el protagonista descubre a su amada bailando una moderna danza, para aquella época, llamada vals. Este movimiento se ha llegado a escenificar para ballet, con el nombre de “La sonámbula”.
En el tercer movimiento “Escena en el campo”: unos pastorcillos entonan una melodía con sus flautas. Todo resulta tranquilo hasta que la amada aparece de nuevo, provocando tremenda inquietud en el artista. En el cuarto movimiento “Marcha al suplicio”: el protagonista sueña que ha asesinado a su amada y ha sido condenado a muerte, tomando el camino al lugar de su ejecución en la guillotina.
Como una verdadera innovación sobre el sinfonismo clásico, existe un quinto movimiento subtitulado “Sueño de una noche de aquelarre”: una salvaje orgía en una celebración demoníaca, donde la amada se ha convertido en una bruja que, finalmente, con el himno “Dies Irae”, es quemada en la hoguera.

Gran actuación de la Orquesta del Teatro Marinsky, dirigida por Valery Gergiev, quien realizó una verdadera recreación de esta obra, al menos comparable a las ejecuciones del gran maestro letón Mariss Jansons, al frente de la Filarmónica de Berlín (editada en DVD), y de Herbert von Karajan, quien también al frente de su gran orquesta berlinesa, la interpretó en muchas ocasiones, grabándola y regrabándola para el sello Deutche Grammophon, y siempre extrayendo novedosas matizaciones.

Los instrumentistas de la orquesta rusa realizan una muy brillante labor, bien conjuntados para reproducir expresivos y iferenciados
planos sonoros. Metales con hasta cuatro trompas, y la cuerda grave, brillaron sobremanera con un perfecto sonido. Dentro de una construcción sinfónica modélica, cabría destacar la ejecución de ese precioso segundo movimiento a ritmo de danza, con esa brillante coda donde los arpegios del arpa dan a este instrumento un relieve casi de solista.

El cuarto movimiento, esa “Marcha al suplicio” verdadero paradigma de orquestación, con esos reiterativos redobles de tambor, que dejan paso a la cuerda, sobre todo violonchelos y contrabajos reproduciendo un sonido de ultratumba, y esa fanfarria de unos instrumentos de metal afinadísimos, junto al buen hacer de las maderas, con esa melodía fija, expuesta por el clarinete. Este movimiento –confieso que siempre me ha impresionado- por su vibrante y brillantísima orquestación que, verdaderamente, llegó a estremecer a los oyentes.

Ya, en el quinto movimiento los trombones sonaron con brillantez y al unísono, reproduciendo efectos caricaturescos; o, esos toques de campana de carácter lúgubre y funerario, que se mezclan con los sonidos del “Dies Irae”. En fin, momentos verdaderamente sobrecogedores que impresionaron mucho a un público, que aplaudió con fuerza y durante bastante tiempo a director y orquesta. Ante estas muestras de pasión musical, hubo una propina: la brillante ejecución de la obertura de Los maestros cantores, lo que le confirió a este concierto un carácter simétrico, con la ejecución al comienzo y al final, de los dos preludios wagnerianos. No olvidemos que, en este 2013, aparte del “Año Verdi”, también es el “Año Wagner”, en ese doscientos aniversario del genial compositor alemán.